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Este miércoles 21 de enero, festividad litúrgica de san Fructuoso, los diáconos catalanes han celebrado un año más su día. Entre los primeros mártires documentados de la Península hay dos diáconos: Augurio y Eulogio fueron quemados vivos en el anfiteatro romano de Tarragona, junto con el obispo Fructuoso el 21 de enero del año 253.

Han tenido que pasar siglos, hasta la celebración del Concilio Vaticano II, para que la Iglesia católica recuperase esta figura como un grado permanente y para hombres casados, y no solamente como un ministerio previo a la ordenación sacerdotal.

Cataluña es uno de los lugares donde se ha extendido más el diaconado permanente. Pero a pesar de que en Barcelona ya fue ordenado el primer diácono permanente en 1980, todavía pasarían 30 años para que en todas las diócesis hubiera diáconos.

Es una muestra de las dificultades y las dudas que ha generado la implantación de este ministerio ordenado compatible con el matrimonio. Una novedad importante y que valoran, en el número de enero de 2015 de Vida Nueva Catalunya, algunos de los diáconos que han respondido a esta llamada centrado en el servicio. Más que dificultados, ellos viven la riqueza de una nueva manera de ejercer el ministerio ordenado que compaginan con la vida familiar y laboral.

En este número debaten tres diáconos permanentes de tres generaciones diferentes: Josep Anton Clua (Terrassa, profesor, casado con tres hijos), Aureli Ortín (Barcelona, profesor jubilado, casado con cuatro hijos) y Josep Maria Gómez del Perugia (Sant Feliu de Llobregat, técnico de transporte, viudo y con un hijo).

Además, recogemos el testimonio de Montse Roset, esposa de Ignasi Miranda, un periodista que lleva tres años preparándose para el diaconado.

Este número de Vida Nueva Catalunya lo reciben esta semana los subscriptores de la revista en Cataluña. Los suscriptores de Vida Nueva pueden, a través de sus claves personales, descargarse en PDF todos los suplementos publicados.