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Ante la proximidad del curso universitario 2015-2016 y el consiguiente acceso de nuevos estudiantes, se han celebrado, por toda Cataluña, varias ferias con el fin de presentar la correspondiente oferta formativa. En nuestro país, sin duda, la más lograda por su amplitud temática, el número de expositores y de visitantes, etc., es el ya tradicional Saló de l’Ensenyament de Barcelona. Este año sus responsables han manifestado un alto grado de satisfacción por el significativo incremento del público participante (más de un 10%). Algunos medios de comunicación han querido explicar este aumento por la situación de enorme desorientación en la que viven muchos de los futuros universitarios. En efecto, el número de grados y de universidades de nuestro sistema, la actual estructuración de los estudios, la evolución de las profesiones, las nuevas competencias requeridas en los diferentes sectores, los cambios y la competencia en el mercado laboral, las nuevas culturas, valores e instrumentos en el ámbito de los emprendedores o la ocupabilidad, etc., ciertamente no hacen nada fácil este entorno de transición y de decisión. Uno puede hablar de una realidad muy compleja.

La gestión de esta complejidad pasa —según mi opinión— por la correcta combinación de cuatro importantes factores. El primero consiste en reconocer y asumir un proceso de trancisión y esto supone una cierta conciencia del hecho y de los cambios, tiempo para madurar y evolucionar, valoración de las cosas, diálogo, etc. El segundo radica en la extrema importancia de una orientación de calidad basada en tres ejes: la información, el autoconocimiento y las experiencias. La calidad de esta orientación tiene una íntima relación con los instrumentos (presenciales y digitales) y con los agentes implicados (padres, tutores, orientadores de los centros educativos, servicios específicos de las universidades, etc.). El tercero hace referencia en favorecer y educar para una cultura de la decisión y del acompañamiento en contextos de incertidumbre. El joven debe tomar decisiones y esto comporta un aprendizaje mediante un conocimiento directo de las cosas, la ponderación y la argumentación, la valoración de los riesgos, la confianza en las personas y las instituciones, el convencimiento personal y, evidentemente, la capacidad de reconducir procesos. Finalmente, la voluntad y la ilusión en la construcción de un proyecto que comportará un desarrollo personal y profesional, es decir, una mirada y una implicación en el propio futuro y el de los demás. Las relaciones que se establecen con el conocimiento y la investigación, las personas de la comunidad universitaria, las instituciones cercanas y los sectores profesionales, las prácticas, etc., configuraron progresivamente un entorno vital donde se irán incardinando nuevas opciones y nuevos proyectos. Un escenario privilegiado por el nacimiento o la consolidación de la vocación que merece la máxima confianza. ¡Más que un «salto»!

Publicado en Catalunya Cristiana, núm 1857, de 26 de abril de 2015, p.12