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Gran parte de la población aspiramos a transformar el actual modelo económico basado principalmente en la economía de mercado. El sistema contemporáneo no sirve al bien común y principalmente favorece el enriquecimiento de aquellos que ya tienen más. ¿Podemos hacer algo? Sí, tejer y favorecer en todo el mundo otro modelo económico: la economía social. La economía social es el conjunto de las actividades económicas y empresariales que, en el ámbito privado, llevan a cabo aquellas entidades que persiguen prioritariamente el interés colectivo de sus miembros, el interés general económico o social, o ambos. Por tanto, son organizaciones donde la primacía de las personas y de la finalidad social queda por encima del capital y de la ganancia individual; donde la aplicación de los resultados obtenidos de la actividad económica queda canalizada principalmente en la finalidad social de la entidad; y donde la promoción de la solidaridad interna o con la sociedad, el desarrollo de valores, y el compromiso por el desarrollo local, la igualdad de oportunidades, la cohesión social, etc., forman parte del talante de estas empresas. Nos referimos, por ejemplo, a organizaciones como las cooperativas, las mutualidades, las fundaciones, las sociedades laborales, las empresas de inserción, etc. La economía social de ninguna manera está reñida con la calidad de los productos o de los servicios ni tampoco con la ganancia económica. El beneficio es totalmente necesario para la sostenibilidad de un proyecto pero el quid es su destinación colectiva o social. Por otra parte, la calidad es la mejor carta de presentación de la validez del modelo.

Ahora bien, tenemos un grave problema. La empatía o la vocación a la economía social no puede nacer —como pasa en muchos casos— a los 35 o 40 años una vez constatado qué da de sí el actual sistema o después de un fracaso laboral. Si la economía social quiere ser fermento de transformación debe estar presente en todos los ciclos de la vida. En efecto, en el ámbito de la familia cuando los padres explican a sus hijos unos criterios de selección de los productos o servicios basado en las personas y, evidentemente, que los apliquen en su hogar. En la escuela con mínimas nociones de economía para diferenciar los diferentes modelos y favorecer metodologías como los trabajos cooperativos y grupos colaborativos. Estigmatizar la economía como se ha hecho muchas veces en la escuela no sirve de nada. Debe promoverse una economía al servicio del bien común con propuestas concretas y desarrollando actitudes y competencias acordes. La universidad representa un lugar fundamental, el epicentro en la formación sobre esta cuestión, por su potencialidad en la formación sobre los modelos económicos desde cualquier carrera, proponiendo las prácticas en empresas de economía social, manteniendo relaciones institucionales con este tipo de empresas, generando un espíritu emprendedor hacia esta economía, favoreciendo bolsas de trabajo, servicios de alumni e instrumentos de financiación empresarial que potencien este modelo. Y, finalmente, en las propias empresas de economía social dandovisibilidad a sus valores y garantizando un retorno a las familias, a las escuelas y a la universidad. En definitiva, una especie de círculo virtuoso.

Publicado en Catalunya Cristiana, núm. 1847, de 15 de febrero de 2105, p. 12.