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La lucha y la conquista de los derechos humanos han sido unas características de nuestra contemporaneidad. De hecho, vivimos en un escenario de reivindicación permanente de estos derechos. Esto puede tener varias explicaciones. Una de ellas —seguramente la principal— consistiría en la reacción a su incumplimiento sistemático o, simplemente, en la no-consecución de estos derechos en determinados colectivos o sectores de la población. Exigir los derechos es, sin duda, el primer paso para hablar de justicia y de equidad. Otra situación casiconstante es la sensibilidad y, en muchos casos, el fuerte compromiso a apoyar a personas y situaciones que requieren nuestra atención. Ésta es una alta expresión de la solidaridad entre los humanos. Cabe decir, también, que la tendencia a pedir «mis derechos» se ha convertido en un hábito no siempre acompañado de todas las consecuencias que se derivan de ello. Por tanto, nos encontramos en un momento donde la pretendida ética de mínimos a menudo pasa principalmente por la denuncia, reclamación o exigencia de los derechos. Todo esto no tendrían ninguna «fisura» si no se detectara al mismo tiempo un importante desequilibrio real entre un verdadero compromiso por los derechos y, también, una verdadera implicación en los deberes. Ambas cosas van íntimamente unidas porque forman parte de un mismo guión. El guión de la dignidad humana.

Más allá de la denuncia y de la vergonzosa constatación del reiterado incumplimiento de los deberes de un buen puñado de políticos actuales, también los individuos y las instituciones tenemos necesidad de levantar el listón en la priorización de «nuestros deberes». Deberes, por ejemplo, vinculados al ejercicio de la buena paternidad, la relación de pareja, el aprovechamiento de los entornos de formación, el proceder en la carretera, las conductas como aficionados de un determinado deporte y también en su práctica, el cuidado de nuestro cuerpo y la salud, la selección de las entidades bancarias, la sostenibilidad económica de los negocios, la generación de un entorno más ecológico en el día a día, etc. Y en este contexto, también hay que situar la importancia de la Responsabilidad Social Corporativa de las instituciones. En efecto, cuando una empresa u organización desarrolla una actividad en cualquier ámbito es evidente que se produce un impacto. Este impacto, que habitualmente es positivo, también tendrá algún elemento negativo —que puede ir desde el consumo de papel, la realización de ruido, el gasto energético, una determinada participación en la contaminación ambiental, etc. La RSC es aquel instrumento que debe potenciar el impacto positivo de la organización y debe menguar al máximo el impacto negativo. Necesitamos una visión de conjunto y reducir los impactos no deseables de la propia actividad humana para disfrutar de un mejor presente y garantizar el futuro. Hoy en día seguir trabajando por los derechos significa proclamar que ha llegado el momento de los deberes. ¡Un buen propósito para 2015!

Publicado en Catalunya cristiana, núm. 1842, de 11 de enero de 2015, p.12