Vayamos por partes

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En publicaciones anteriores hemos hablado del misterio pascual como elemento central de la Eucaristía, del gesto de la paz y del domingo como origen de esta celebración litúrgica. También hemos hablado de la importancia de dedicar cierto tiempo a la preparación de la celebración, de darle profundidad.

Teniendo en cuenta que este blog hace ya cinco meses que se inició y que la Eucaristía es la celebración/sacramento más importante de la comunidad cristiana nos ha parecido necesario dedicarle una serie de artículos. Se pueden tratar muchos elementos en estos textos: la música, el silencio, los gestos, los símbolos… Pero en el CPL preferimos ir por partes y hablar de su estructura. Así pues, ¡empecemos!

Las partes

Como en cualquier celebración, la Eucaristía tiene diferentes partes.

La primera son los ritos iniciales que empiezan constan del canto de entrada, el saludo, el acto penitencial, el Gloria y la oración colecta.

La segunda parte, y una de las principales, es la Liturgia de la Palabra donde se leen las diferentes lecturas, la homilía, la profesión de fe y termina con la oración de los fieles.

La tercera, también muy importante, es la Liturgia Eucarística, donde se hacen las ofrendas, la plegaria eucarística y la comunión.

Y la cuarta y última parte son los ritos de conclusión, con los avisos (si hay), la bendición, la despedida y el canto final.

Los ritos iniciales, situémonos

Estos ritos, precisamente por el hecho de ser los primeros que se realizan al iniciar la Eucaristía, en ocasiones pueden pasar desapercibidos; y sin embargo tienen sus funciones concretas: por un lado crean el clima propio de la celebración; y por el otro, realizan pedagógicamente el paso de cada cristiano desde su situación en la vida cotidiana a la nueva situación de asamblea reunida en torno a Cristo.

Antes de empezar puede ser que el monitor esté dando las últimas instrucciones, o que aún se esté ensayando alguno de los cantos; así pues, es conveniente hacer una pequeña pausa, un momento de silencio, convidar a los asistentes a levantarse o hacer algún tipo de señal para que se note que empieza la celebración.

En el momento que la asamblea está situada se hace el canto de entrada (ya hablaremos más delante de las características de los cantos en la celebración) y la llegada del celebrante en la procesión de entrada. Al llegar al presbiterio, el celebrante besa el altar, o se inclina (o ambas cosas), e inciensa el altar si se utiliza incienso: el altar es signo de Jesucristo presente en medio de la comunidad. Luego se va a su sitio, a la sede, que debe estar situada de modo suficientemente visible, como aglutinante.

Terminado el canto de entrada, el sacerdote y toda la asamblea hacen la señal de la cruz. A continuación el sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Después del saludo ritual, será normalmente deseable decir unas palabras más situadas y dirigidas a la asamblea concreta. Estas palabras iniciales, la monición de entrada, tienen como función: 1) establecer una comunicación personal y cordial entre presidente y asamblea; 2) ayudar a situarse ante la celebración a una asamblea que acaba de llegar de la calle y necesita hacer el paso de la vida cotidiana a la celebración; 3) ayudar a situarse ante el sentido peculiar del domingo o fiesta concreta.

Aún no hemos terminado de hablar de los ritos iniciales, pero dejamos el artículo de hoy en este punto, porque no queremos saturar con demasiada información. Así pues, la semana que viene ¡continuamos!