Redescubrir las palabras que pronunciamos

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Cuando era pequeña ya sentía cierta fascinación por las palabras: quería descubrir sus curiosidades, su origen, qué relación tenían con las demás palabras, me gustaba cómo sonaban y podía estar un buen rato repitiendo una palabra concreta, gozando de sus sonidos... Pero después de estar demasiado rato pensando en ella, llegaba un momento que esa palabra se hacía extraña y era difícil volver a asociarla con el objeto correspondiente: sin saber cómo, esa palabra había perdido su significado. En ese punto necesitaba descansar y volver a descubrir la palabra.

Ya de mayor (y abandonada la obsesión repetitiva) descubrí que la pérdida de significado no me pasaba solo a mí, lingüistas y psicólogos han investigado este fenómeno y todos hemos sido sus víctimas alguna vez. La propuesta en el artículo de hoy consiste en recuperar dos materiales publicados en el Bloc MD, de la revista Misa Dominical, para ayudarnos a redescubrir dos palabras que repetimos muy a menudo en los ámbitos cristianos.

Redescubrir: conversión (Metanoia)

«Conversión» es una palabra muy significativa del tiempo de Cuaresma. Es una palabra latina que significa «girarse». Girarse hacia Dios, hacia  hacia la manera de vivir que nos ha enseñado Jesús… Pero si miramos el evangelio, que está escrito en griego, la palabra que encontramos tiene aún un sentido más interesante. La palabra es «metanoia», y quiere decir «cambiar de manera de pensar»: «noia» es «manera de pensar» y «meta» es un prefijo que indica un cambio. O sea, que lo que se nos propone es cambiar nuestra manera de ver las cosas, y pasar a verlas tal como las ve Jesús. Verlo todo según los criterios de Jesús, y, naturalmente, actuar en consecuencia.

Redescubrir: comunión / comunicación

Nuestras celebraciones litúrgicas apuntan a la comunión: comunión entre los miembros del mismo cuerpo, la Iglesia, y comunión con Dios en el Espíritu Santo por Jesucristo.

Pero quizá con frecuencia la comunión no ha sido ni es más que una palabra, una palabra fácil de la que a veces se abusa sin rubor. Vieja ilusión cristiana si alguien cree que basta con nombrarla para que exista. Esto es solo privilegio de Dios: «dijo… y así fue» (Génesis 1); para nosotros, los humanos, esto funciona de otra manera. Si queremos que la comunicación sea realidad, hay que pasar por el camino humilde y realista del aprendizaje de la comunicación.

Dios, desde el momento en que ha querido comunicarse con los hombres lo ha hecho a través de palabras y de «signos». Y «en esta etapa final» (Hebreos 1,2) la Palabra divina se ha encarnado, se ha vuelto palabra humana. Desde que Jesús de Nazaret ha hablado con palabras y «signos», la comunión con Dios pasa necesariamente por las vías de una buena comunicación.

«Comunicación» y «comunión» tienen el mismo origen: ambas palabras provienen de una misma palabra latina: communicare, que significa «compartir con, tener relación, trato, con…». Pero de la palabra comunión, que pertenece al vocabulario cristiano (entre los griegos la koinonia), un diccionario dice: «expresa primeramente una unión estable de personas, una comunidad que “comunica”, es decir, que privilegia la puesta en común, el compartir y la comunicación».

Aprendamos a comunicar bien y el Espíritu, que es comunión con el Padre y el Hijo, hará el resto.