¿Qué significa invocare?

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En el artículo anterior iniciamos la explicación de la plegaria eucarística, os invitamos a leerlo haciendo clic aquí. Hoy os ofrecemos su continuación.

Primera invocación

Después de alabar a Dios Padre y antes de recordar la Última Cena y el sacrificio de Cristo en la Cruz, el sacerdote dirige al Padre, en nombre de todos, una primera invocación para que envíe su Espíritu Santo, ante todo sobre el pan y el vino; más tarde repetirá la invocación para que el Espíritu actúe sobre la comunidad, sobre los que vamos a comulgar con el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Esta invocación se llama técnicamente “epíclesis”, del griego epi-kaleo, “llamar sobre”, in-vocare.

Invocando la fuerza y el Espíritu de Dios, estamos reconociendo que es Dios quien salva, no nosotros. Es él quien transforma el pan y el vino.

El relato de la cena

Después de la alabanza al Padre y de la primera invocación del Espíritu, llega el momento que llamamos de “la consagración”, en que recordamos las palabras y los gestos de Jesús en su cena de despedida, y creemos firmemente que, por la invocación del Espíritu y las palabras de Cristo, el pan y el vino son ahora el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros, y su Sangre derramada por nosotros.

Y entonces hacemos memoria de la muerte salvadora de Cristo y la ofrecemos una vez más a Dios Padre. Pero hay otro aspecto importante: no solo ofrecemos a Dios el sacrificio de Cristo, sino que nos incorporamos a él y nos ofrecemos juntamente con él. Lo que hace dos mil años fue el sacrificio de Jesús, ahora va siendo, en cada Eucaristía, sacrificio de su Iglesia y de cada uno de nosotros. Todo lo que nos ha pasado durante la semana –o durante la jornada– lo traemos al altar.

La segunda invocación

Después del Relato de la última cena, el sacerdote vuelve a invocar la presencia del Espíritu Santo sobre nuestra celebración: esta vez para que transforme a la comunidad, a “los que vamos a participar del Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Si la primera invocación se llama “de consagración”, porque transforma el pan y el vino, esta segunda se llama “de comunión”, porque pide los Frutos de la Eucaristía sobre los que van a participar de ella. Esta invocación segunda nos recuerda que la finalidad de la Eucaristía no es solo la transformación del pan y el vino.

Lo que pasa en la consagración es cosa admirable, pero no es fin en sí mismo. El pan y el vino han quedado asumidos por el Señor Resucitado… para dársenos en comunión y para que con esta participación seamos transformados nosotros. Si el pan se convierte en el Cuerpo (eucarístico) de Cristo, nosotros, la comunidad, al comulgar, tenemos que transformarnos cada vez más en el Cuerpo (eclesial) de Cristo.

El ritmo de la plegaria eucarística conduce hasta esta proclamación trinitaria final: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”, culminada en el Amén de toda la asamblea.

Y hasta aquí la explicación de la plegaria eucarística, pronto profundizaremos en la comunión. ¡Hasta la próxima!