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¡Otra! Esto es lo que corea el público al final de un concierto. Y los músicos, viendo el entusiasmo de la gente, salen de nuevo al escenario para tocar sus canciones más conocidas, las mejores, las que más les identifican y harán que todos regresen a su hogar con una sonrisa.

Salvando las distancias, se podría decir que la última fase de la Pascua hace exactamente lo mismo. Aunque en este caso no hablamos de canciones, sino de fechas concretas; nos referimos a la Ascensión y a Pentecostés.

La Ascensión y Pentecostés

Este año Ascensión y Pentecostés se celebran los domingos 2 y 9 de junio respectivamente; y siempre corresponden a los dos últimos domingos de Pascua.

En la Ascensión se celebra el momento en que Jesús es llevado al cielo, la Glorificación de Jesús en Dios. Es un día para contemplarle y sentirnos llamados a seguirle más intensamente, a continuar su obra de fe y de amor en el mundo hasta el momento que seremos glorificados en él. Como curiosidad para aquellos lectores más jóvenes, tal como indica la primera lectura (el inicio de Hechos de los Apóstoles, libro que se ha seguido toda la Pascua), la Ascensión debería celebrarse cuarenta días después de la Resurrección. Es decir, este año debería ser el jueves 30 de mayo, sin embargo, por varias circunstancias en toda España se decidió cambiar el día al domingo siguiente, de manera que no se celebra a los 40 días, sino a los 43.

Pentecostés es el último domingo de Pascua: Pentecostés viene del griego pentekostós, que significa «cincuenta», es decir, es el quincuagésimo día después de la Resurrección. En la primera lectura se lee el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles y en el evangelio un fragmento de Juan. Las dos lecturas expresan el momento en que los apóstoles reciben el Espíritu Santo y son enviados a anunciar la Buena Noticia al mundo.

¿Y después del concierto?

Para terminar, estos dos últimos domingos concentran y expresan muy intensamente el mensaje que de alguna manera se ha repetido todos los días de Pascua.

Pasa como al día siguiente de un concierto o de una gran fiesta, que queremos compartir la alegría que sentimos, la gran experiencia, con las personas de nuestro alrededor, o incluso invitaremos a alguien al concierto de ese grupo. El Espíritu de Dios está en nosotros, y nos empuja, y nos conforta, y nos guía amorosamente, y hace que nos sintamos enviados para ser, en el mundo, presencia viva del Evangelio.