¿Normalidad?

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Estos días todo es diferente. Mucha gente se esfuerza para vivir el confinamiento de manera que no nos limitamos a pasar los días, sino que estos días y semanas se puedan aprovechar al máximo para vivir “bien”. Lo que está quedando claro es la necesidad de comunicarse: las llamadas telefónicas y el uso de los medios que ofrece Internet ayudan a la gente a comunicarse, a interesarse por la salud de los demás, a combatir la soledad… La comunicación es importante en la vida humana (no digo “información”, que es otro tema).

Lo digo pensando en gente que ha podido llevar a cabo el lema “Yo me quedo en casa”. Algo diferente deberíamos decir si pensamos en la gente que o tiene casa donde quedarse o que tienen un techo realquilado del cual han sido expulsados por miedo al contagio o porque los niños, estando todo el día en casa, molestan. Para estas familias también estos días son diferentes, muy diferentes.

También la vida de los presbíteros ha cambiado. Seguramente hay experiencias diversas: todo cerrado, quizá hay parroquias donde queda abierto, por ejemplo, el servicio de distribución de alimentos, a cargo de un voluntariado incansable. Sin embargo, en todos los casos, no hay gente con que reunirse, celebrar, compartir… de manera presencial. Y de un modo u otro intentamos acompañar a pesar del confinamiento, aprovechando los medios al alcance. Sabemos que la gente que acompañamos en la pastoral ordinaria también necesita ser acompañada estos días y semanas de confinamiento. Especialmente la gente mayor que vive sola, pero todos. Hay muchas personas que necesitan “escuchar” la voz del párroco por teléfono, o mantener conversaciones a través de los medios tecnológicos, si los tienen a mano. Y hay un deseo general de sentirnos los unos a los otros. Seguramente es experiencia común de muchos de nosotros el haber recibido mensajes que dicen: “¡Gracias por haber pensado en mí!”:

Tenemos que extraer algunas lecciones de todo lo que estamos viviendo estas semanas. En todos los ámbitos de la vida: personal, familiar, vecinal, social, académico, laboral, político, económico, mediático… También eclesial. Y, concretamente, pastoral. Yo ya me estoy dando cuenta de la contradicción que hay entre la experiencia de acompañamiento de estos días y el acompañamiento que hacía hasta ahora en la vida normal (“¿normal?”). Te sientes interpelado cuando alguien dice: “deberías llamar a tal”, y no le pones cara a ese nombre. Y que empieces a pensar en caras que ves en misa y te das cuenta de que no sabes ni el nombre de esa persona.

Habrá que reflexionar. Habrá que contrastarlo entre nosotros. Habrá que llevarlo a la oración. Así mismo la intuición es que los sacerdotes tenemos que dedicarle muchas más horas –no solo ahora– al acompañamiento y seguimiento de las personas y menos a cuestiones estructurales, que también son importantes, pero que no necesariamente tienen que estar en nuestras manos.

Quizá el retorno a la “normalidad” tiene que ser un viaje a la novedad. Quizá estos días estamos viviendo lo que debería ser “normal”.

Josep Maria Romaguera