La Liturgia de las Horas, las primeras comunidades

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En las primeras comunidades

La perseverancia “en las oraciones” (Hch 2,42) es una de las características de la comunidad que surge a raíz del acontecimiento de Pentecostés. Consistían estas oraciones en plegarias dirigidas por un apóstol o por un profeta a las que asentía la comunidad con diversas aclamaciones y respuestas. No eran ciertamente la única forma de orar, pues los Hechos de los Apóstoles nos han transmitido muchas plegarias motivadas por las más diversas circunstancias.

Por otra parte los primeros cristianos, al igual que Jesús, acudían al Templo y a la sinagoga, aunque luego tomasen parte en la fracción del pan en sus casas particulares. Guardaban igualmente las horas de plegaria como parece deducirse de algunos ejemplos como el de Pedro y Juan acudiendo al Templo a la hora de la oración vespertina, el de Pedro orando en la terraza de su casa de Jafa al mediodía, y el de Pablo y Silas hacia la medianoche.

La oración se dirige ordinariamente al Padre celestial, siguiendo en esto el mandato y el ejemplo de Jesús, pero poniendo a Cristo como mediador. Según monseñor Cassien, estudioso de la oración de la Iglesia primitiva, en el Nuevo Testamento se distinguen tres momentos en relación con el puesto que ocupa Cristo en la plegaria:

1.      Cristo aparece como orante, como ejemplo vivo del hombre de oración.

2.      Cristo es mostrado como mediador de nuestra oración al Padre.

3.      Cristo es también término y destino de la plegaria cristiana.

Este escalonamiento es consecuencia del progreso en el conocimiento del misterio de Cristo a la luz del Espíritu. Cronológicamente suele admitirse que el paso del segundo al tercer momento tiene lugar después de la destrucción del Templo de Jerusalén, cuando se afianza en la comunidad primitiva la idea de que Jesús es el único lugar para adorar al Padre en Espíritu y verdad (cf. Jn 2,19-22; 4,23-24; etc.).

Testigos posteriores

Los escritores cristianos del siglo III, además de atestiguar una práctica de plegaria fija y establecida en las comunidades, nos han ofrecido el sentido de las horas dedicadas a la oración.

Unos han explicado las tres horas diurnas, verdadera novedad cristiana respecto del judaísmo, así como lo fue también la vigilia siguiendo el ejemplo de Jesús. Otros han abarcado el conjunto de los momentos de oración para darnos toda una teología de lo que constituye básicamente el Oficio Divino: unos tiempos determinados de plegaria que llenan y santifican “el curso entero del día y de la noche” por la referencia que incluyen, ante todo, a la vida de Cristo y a su misterio pascual.

El número tres de las horas diurnas constituye un homenaje a la Trinidad. Los apóstoles –así argumentan los padres– observaban ya estas horas, las cuales son memoria de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Las horas matutina y vespertina son las que mayormente tienen esta significación pascual. En efecto, la luz del sol, por la mañana y durante el día, y la luz de la lámpara, al anochecer, son símbolos de Cristo, luz que no conoce ocaso.

Fragmentos del libro Liturgia de las Horas: la oración del pueblo cristiano de Julián Lópe