Las partes de la Eucaristía

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Retomamos el camino de profundización en las partes de la Eucaristía. En el día de hoy, siguiendo el artículo del día 24 de octubre, terminaremos la Liturgia de la Palabra y nos centraremos en el evangelio, la homilía, la profesión de fe y la oración de los fieles.

El evangelio

El evangelio –la última de las lecturas de la Liturgia de la Palabra– tiene un relieve especial, subrayado por una serie de signos que destacan el carácter de Palabra de Jesucristo que se dirige a la asamblea.

Antes de la lectura se hace la aclamación del evangelio, que es el acto de recepción de la asamblea a la Palabra que se leerá. Consiste en el canto del aleluya por parte de toda la asamblea, acompañando el canto o la proclamación (con música de fondo, si ello es posible) de un versículo introductorio al evangelio.

La lectura del evangelio, más aún que cualquier otra lectura de la misa, requiere un especial tono de solemnidad. Una lectura pausada, dirigida a los asistentes, remarcando las frases fundamentales. El mismo texto –frecuentemente narrativo y dialogal– lo facilita. Un evangelio bien leído es mucho más importante que la homilía que le seguirá, y ello debe notarse.

La lectura concluye con una nueva aclamación: «Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús».

La homilía

Lo primero que conviene recordar es que la homilía constituye una parte de la celebración eucarística. Ni más ni menos. Una parte sin duda importante porque puede aportar un elemento de actualización de lo que celebramos, un elemento que ayude a la vivencia cristiana. Pero también una parte en el interior de la celebración que –ni por el tiempo que ocupe, ni por el tono o contenido– tiene que ahogar lo que es más importante (la lectura de la Palabra, la celebración de la Eucaristía).

La homilía es una proclamación –explicada y adaptada– de la fe cristiana, del anuncio del evangelio, de la fe de la Iglesia. Y no una comunicación de la fe subjetiva o de las opiniones personales del predicador. Esta proclamación debe basarse realmente –no simplemente como una «anécdota» de la que pronto se prescinde– en los textos bíblicos que se han leído. Pero también, y no es en absoluto contradictorio, la homilía debe tener muy en cuenta los problemas, las necesidades, la realidad de la vida cristiana y humana de los oyentes. La homilía no es una lección sino una palabra de vida. Tiene que ayudar, tiene que comunicar esperanza.

La profesión de fe

Después de la homilía –y del breve silencio reflexivo si lo hay– se recita la profesión de fe. Los días que la Iglesia indica que debe hacerse, tiene un sentido que vale la pena valorar: colocada como una especie de adhesión solemne a la liturgia de la Palabra que se ha celebrado, la profesión de fe recuerda el bautismo (precisamente es en este momento cuando en la Vigilia Pascual tiene lugar el bautismo) y es un buen elemento de comunión con los demás cristianos (incluso los que no pertenecen a la Iglesia católica).

Y además, hace tomar conciencia de que la fe no es solamente una confianza abstracta en Dios, sino algo que se refiere a una obra concreta que Dios, Jesucristo y el Espíritu han realizado en los hombres.

La oración de los fieles

Después de escuchar la Palabra, la asamblea de fieles se dispone a celebrar la Eucaristía. Pero antes, como pueblo de Dios reunido, mira hacia el mundo y ora por él: es la oración de los fieles, la oración universal. Como Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, el pueblo de Dios reunido continúa esta obra mediadora presentando ante Dios el mundo y sus necesidades. La gran plegaria del Viernes Santo muestra de manera especialmente significativa este sentido de la oración de los fieles.

El orden de la oración de los fieles es el siguiente: una monición dicha por el celebrante, la lectura de las intenciones con la respuesta del pueblo, y una oración conclusiva del celebrante.

En la oración de los fieles tendrían que estar siempre presentes estos cuatro apartados: 1) la Iglesia y las necesidades de su misión; 2) los dirigentes de los asuntos públicos y la vida del mundo entero; 3) los que viven alguna dificultad o sufrimiento; 4) la comunidad local, su trabajo y sus necesidades. Aunque no necesariamente en este orden.