¡Hemos regresado!

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Reiniciamos la actividad en el Blog, tal como anunciamos a finales de julio, con un artículo escrito por Lino Emilio Díez Valladares, muy adecuado para reflexionar sobre cómo afrontamos este nuevo curso con todos sus interrogantes.

Un nuevo comienzo

La situación creada a causa de la pandemia coronavirus sigue estremeciendo nuestra vida y sigue planteándonos no pocas preguntas. Pocas familias se han librado de tener a alguno de sus miembros enfermo en casa u hospitalizado, el largo confinamiento vivido encerrados en un piso, el luto, la soledad de los enfermos en los hospitales, la ansiedad y el temor por no hallar un refugio seguro ante un enemigo invisible… Las certezas del progreso científico al que habíamos confiado nuestra suerte se han desvanecido. Los sistemas políticos y económicos que parecían garantizar bienestar y seguridad se han tambaleado gravemente. La cultura de los derechos reales y presuntos ha cedido, sin rechistar, a cambio de una pretendida seguridad. La relación con los demás se ha visto marcada por el temor y la sospecha ante un posible contagio.

Nos hemos visto recluidos en espacios «estrechos», pensados más para dormir que para vivir. No podemos esconderlo: nuestras seguridades han dejado al descubierto toda su fragilidad. El miedo a la muerte y al mal nos ha puesto ante interrogantes ¡que ya no estábamos acostumbrados a afrontar! En semejante situación, los creyentes hemos de ayudar a leer y vivir con madurez lo que está sucediendo, debemos dar motivos serios para esperar, tenemos que abrir nuevos y diversos horizontes, evitando discursos dulzarrones e insoportables discursos «de oficio». Redescubrir el fundamento de la esperanza, de una vida que va más allá de la muerte, la fe en la resurrección: argumentos que habíamos descuidado y que no deberían ya crearnos problema.

La experiencia de tanto tiempo pasado juntos, y «estrechamente» juntos, nos confirma que la familia es el único lugar en el que cada uno puede sentirse acogido y amado por lo que es. Los sufrimientos que nos han afligido, y que todavía lo siguen haciendo, son una imprevista pero real escuela de humanidad. Así, nada será como antes.

Septiembre es tiempo de volver a empezar, de nuevos proyectos… Ante nosotros, el desafío de tomar conciencia de nuestras fragilidades, la responsabilidad de no echar en saco roto las enseñanzas de esta trágica experiencia y mirar el futuro con ojos nuevos, proyectar nuestra convivencia social promoviendo cambios radicales y eficaces. El futuro está en gran parte en nuestras manos, depende también de nosotros…

Si este «mal común» nos ha hecho redescubrir el «bien común», si la humanidad ha crecido en la conciencia de que «todo nos concierne a todos», entonces el nuevo comienzo no solo es posible y deseable, sino un compromiso para trazar nuevos horizontes.

Lino Emilio Díez Valladares