Estímulos en el camino

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Hacemos una parada en nuestra ruta de profundización en las partes de la misa para hablar de dos celebraciones muy cercanas, a pesar de que en la actualidad a menudo pueden quedar enterradas bajo tanta castaña y calabaza.

Todos los Santos

Celebrado el día 1 de noviembre. Ese día se conmemora la gran cantidad de hombres y mujeres, de todos los tiempos y lugares, conocidos y desconocidos, que han querido vivir el camino del Evangelio y ahora comparten para siempre la vida de Dios. Y no se trata solo de los cristianos: también de aquellos que han buscado el camino de Dios «con sincero corazón», quizá sin saber a quién buscaban. Todos ellos son para nosotros un estímulo y un ejemplo, porque tenemos el convencimiento de que estamos llamados a compartir esta misma vida que ellos ya viven, y el convencimiento también de que podemos contar con ellos para encontrar sostén y fuerza para avanzar.

Conmemoración de los Fieles Difuntos

Celebrado el día 2 de noviembre, el día siguiente de la fiesta de Todos los Santos, recordamos a los Difuntos y rezamos por ellos, pidiendo a Dios que los tenga en su Reino. Esta fiesta la introdujo el año 998 el abad Odilón de Cluny, y poco a poco se extendió por toda la Iglesia. Al recordar con espíritu de oración tanto a nuestros difuntos más cercanos como a los lejanos y desconocidos, vivimos el sentido de comunión universal que une a todos los cristianos, y afirmamos nuestra fe en la resurrección y la vida eterna que Dios nos ha prometido por medio de Jesucristo.

De la muerte a la esperanza

Los cristianos, ante la muerte, afirmamos nuestra esperanza en la resurrec­ción y en la vida eterna, y creemos que quienes nos han dejado no quedan perdidos en la nada, sino que viven ahora una vida nueva, con Dios.

Pero esta esperanza, esta fe, no nos evita el dolor, la tristeza, el vacío que nos deja la pérdida de la persona amada. Y esto no es nada malo, ni quiere decir que tengamos una fe débil. Sino que quiere decir que, realmente, aquella persona formaba parte importante de nuestra vida, y ahora nuestra vida está falta de algo, como cortada. Jesús también sintió el dolor de la muerte de las personas a las que amaba. La historia que nos explica el evangelio de Juan, cuando supo que su amigo Lázaro había muerto, es bien significativa para nosotros (Juan 11,17-44).

Y como él, nosotros también. Es un golpe doloroso, fuerte, que no sabemos cómo asimilar. Y es, después, un largo camino, diferente para cada uno, pero que en cualquier caso cuesta recorrer, para poder asumir todo lo que significa haber perdido a aquella persona amada.

Pero a la hora de recibir este golpe, y a la hora de recorrer este largo camino, no estamos solos. Está la gente que nos acompaña, y está también Jesús. Y ahora valdrá la pena que nuestra mirada vaya hacia él. Le hemos visto llorando por un amigo. Pero ahora lo miraremos en un momento más definitivo: el momento de su propia muerte. Porque en esta muerte y resurrección está la fuente de nuestra fe y de nuestra esperanza.