Descubrir la Cuaresma

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La Cuaresma tiene mala prensa

Parece que sea un tiempo de tristeza, de depresión, de privaciones impuestas. Como si después de la fiesta en libertad del Carnaval, la penitencia cuaresmal quisiera compensarlo. No la vemos como un tiempo de ilusión esperanzada como el Adviento, por ejemplo. Sino como un paréntesis sin horizonte. Aunque admitamos que es importante para la vida del cristiano, nos cuesta entender el sentido hondo de esta importancia. Por eso, la apuesta, es descubrir la Cuaresma.

Lo fundamental para vivir, para celebrar, también para ayudar a celebrar estas semanas cuaresmales, es descubrir que es todo lo contrario. Que no es un tiempo cerrado en sí mismo sino abierto a la Pascua, que no es un paréntesis sino un camino. Que si nos pide un esfuerzo es para abrirnos más radicalmente a la gran alegría de lo que expresa la Pascua: el amor sin límites, salvador y renovador, de Dios. Es verdad que un tiempo de penitencia no significa propiamente imponerse castigos sino convertirse, es decir, abrirse a la gran verdad, al gran amor, a la gran esperanza que es Dios, el Padre que nos ha revelado y comunicado Jesús, que quiere vivir en nosotros por su Espíritu.

Priorizar los fines, valorar los medios

Se dice, con frecuencia, que lo característico de estas semanas es la limosna, la oración y el ayuno, practicados según enseñó Jesús. Y es verdad, pero no la verdad más honda. Porque limosna, oración y ayuno están en el nivel de los medios y, en la vida cristiana, lo más importante no son los medios sino los fines. Los medios deben ser camino hacia los fines; quedarse en ellos, contentarse con ellos, es una tentación.

Por eso, con razón la oración colecta del primer domingo cuaresmal nos señala el fin, el proyecto y desafío básico de estas semanas: progresar.

¿Progresar en qué? En inteligencia y en vida. Como si fuéramos aquellos antiguos catecúmenos que se preparaban para recibir la gracia renovadora del bautismo, también nosotros debemos profundizar en lo que significa nuestro bautismo y sacar consecuencias para nuestra vida. Dicho de otro modo: progresar en nuestro conocimiento vivencial de nuestro hermano y Señor Jesús, progresar en nuestro modo de vivir su Evangelio cada día, sobre todo en nuestra relación con los demás.

Algunos ejemplos

Así, priorizando los fines, hallaremos el sentido de los medios. Por ejemplo:

  • La limosna es dar de lo nuestro a quien lo necesite. Dar dinero (a través de Cáritas, de organizaciones de ayuda al Tercer Mundo, etc.). Dar tiempo (visitar enfermos, personas que viven en soledad, trabajar en servicios de voluntariado, de acción social o eclesial). Y, también, no en último lugar, preguntarnos si no deberíamos actuar solidariamente en alguna tarea que ayude a construir una sociedad mejor, más justa y fraternal (en una ONG, en actividades políticas, sindicales, vecinales, etc.).
  • La oración es vivir con más intensidad personal la relación con Dios. Es buscar momentos tranquilos para la oración (y, quizá, si en estos días los hallamos, luego continuaremos). Momentos cotidianos y también algún día de retiro, de abrir puertas al silencio, a la revisión, a la sosegada escucha de lo que Dios nos dice y pide. Y, siempre, no limitándonos a lo que nos sale de dentro, sino muy atentos a la Palabra de Dios, siguiendo la pauta que trazan las lecturas bíblicas de este tiempo.
  • El ayuno que significa adquirir libertad, no dejarnos atenazar por gustos y hábitos que quizá malos no sean pero tampoco son lo mejor (por ejemplo, saber prescindir de un programa de televisión por un rato de conversación –de saber escuchar– con la pareja, con los hijos o padres, con los abuelos). Ayuno que es también ahorro para dar: ahorro en el comer según la universal práctica religiosa que aquí deberíamos redescubrir y así compartir con quienes ayunan a la fuerza; ahorro también de gastos evitables para dar a los necesitados, ahorro de tiempo para nosotros y así poder dedicarlo a los demás (o a la oración).

Joaquim Gomis, fragmento del libro Descubrir la Cuaresma