La Cuaresma, tiempo sacramental

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La Cuaresma, tiempo sacramental

El jueves anterior hablamos de los medios “cuaresmales”, que son la limosna, la oración y el ayuno; pero para no quedarse en ellos (para leer el artículo hacer clic aquí). Pero para avanzar, lo decisivo es darnos cuenta de que el protagonista en la Cuaresma no somos nosotros y nuestros esfuerzos. Sino Dios: la acción de Dios en nosotros, su Palabra que nos guía, su vida/fuerza/amor que se expresa y comunica en la Eucaristía y demás sacramentos.

Por ello, estas semanas son también no solo un reto individual sino comunitario. Es toda la Iglesia como comunión de los cristianos, es cada comunidad la que está llamada a renovarse, convertirse, ponerse en camino.

Estas claves para entender la Cuaresma –tiempo de acción de Dios, tiempo de renovación comunitaria– explican que sea por ello un tiempo sacramental. Es decir, en que la celebración de la Eucaristía y la valoración de los sacramentos –sobre todo el bautismo y de la penitencia– deben adquirir una relevancia primordial.

Eucaristía, bautismo y penitencia

  • La Eucaristía: Como siempre en la vida cristiana, el centro celebrativo es la misa, especialmente la del domingo. Quizá más que en ningún otro tiempo litúrgico, las lecturas bíblicas de los domingos adquieren una importancia luminosa para guiar nuestro reto de avanzar por el camino de iluminación y renovación que nos conduce a la Pascua del Señor y nuestra. Son celebraciones con una cierta austeridad, en las que conviene subrayar el acto penitencial, la oración universal que incluya alguna petición por los pecadores necesitados de conversión (los pecadores que somos todos nosotros, sin excepciones). Si la Cruz preside siempre la Eucaristía, en este tiempo debe notarse más: la Cruz es el signo paradójico pero nuclear de la Buena Noticia de Jesús, un signo con frecuencia mal comprendido, como si fuera solo dolor y muerte, cuando es también victoria, amor, solidaridad.
  • El bautismo: Si estas semanas eran tiempo de preparación para los adultos que celebrarían el bautismo en la Vigilia Pascual, ahora lo son para nosotros: para revivir el sentido y apuesta de nuestro bautismo. No como algo que sucedió en nuestra infancia, sino como realidad actual. Más que decir “fuimos bautizados”, deberíamos afirmar “vivimos como bautizados”. O sea, nuestro camino de mujeres y hombres seguidores de Jesús, se basa y se vivifica en el hecho de que estamos sumergidos e injertados en la vida de Dios, comunión de amor máximamente manifestada en la pasión, muerte y resurrección del judío Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y hermano nuestro. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para vivir esta realidad y vocación bautismal. Para hacerla presente en nuestra cotidianidad, mayormente en nuestra relación con el Padre y con los hermanos. Y, así, tendrá sentido la renovación del compromiso bautismal en la noche santa de la Vigilia Pascual.
  • La penitencia: Ese sacramento que hoy cuesta tanto de celebrar, aunque sea tan evangélico: pocas cosas caracterizaron tanto a Jesús como su acogida a los considerados pecadores y su generosidad en el perdón. De ahí que nos convenga a todos redescubrir el sacramento de la penitencia, de la Reconciliación, como personal abrazo misericordioso del Padre. Que no se fija tanto en las culpas como quiere ayudarnos a cambiar y progresar, en camino hacia la gran fiesta de comunión que Él convoca. Desde el inicio de la Cuaresma, esta convocatoria a la reconciliación debe estar presente, también en las eucaristías dominicales. Pero específicamente en celebraciones penitenciales. Y que cada cristiano, según su situación e historia, pueda escoger su tipo de celebración del sacramento. Que no es un “trágala” impuesto por la Iglesia sino un encuentro cordial con el Padre de bondad.

Joaquim Gomis, fragmento del libro Descubrir la Cuaresma