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Aprovechando que hoy es día 15 de agosto, dejamos un breve comentario sobre la solemnidad de la Asunción de María, escrito por Josep Lligadas para la revista Bloc MD.

La Virgen de agosto

El 15 de agosto, en pleno verano, celebramos la Asunción de María, la fiesta más importante de la Virgen. Una fiesta que ha dado pie a muchas fiestas mayores, y que es momento de encuentro en muchos lugares. Aunque, también es cierto, actualmente queda un poco deslucida por la dispersión estival, que hace que en muchas iglesias de ciudad sea un día más bien flojo y con poca gente.

La fiesta de hoy no es la fiesta más antigua de la Virgen María. La más antigua es, probablemente, la del 1 de enero, en la que conmemoramos precisamente su principal título: el de ser la madre de Jesús, la madre de Dios, tal como la definió el Concilio de Éfeso el año 431; una fiesta que había desaparecido sustituida por la de la Circuncisión de Jesús, y que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II recuperó.

La fiesta principal

Pero si la del 1 de enero es la fiesta más antigua, en cambio sí podemos decir que la de hoy es la fiesta principal, porque celebra que María comparte la vida plena de su Hijo Jesucristo: María ha llegado al final del camino hacia donde todos caminamos.

La fecha del 15 de agosto proviene, según parece, del día de la dedicación de una iglesia en Jerusalén que hizo edificar la emperatriz Eudoxia sobre el lugar donde se suponía que estaba el sepulcro de María. Y esta fecha se convirtió primero en la fiesta de la «dormición» de María y, poco a poco, se fue transformando en la celebración de su asunción, a medida que el pueblo cristiano fue haciendo suya la afirmación de que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo. Una afirmación que, el año 1950, el papa Pío XII declaró dogma de fe.

Esperanza del pueblo

Hoy, en definitiva, celebramos que María, después de la resurrección de Jesús y del tiempo en que participó ella misma de la vida de la primera comunidad cristiana, fue llamada a compartir para siempre la vida de su Hijo. Y así, como proclamó el Concilio Vaticano II y recoge el prefacio de la solemnidad, María se ha convertido en «figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada, consuelo y esperanza del pueblo todavía peregrino en la tierra».

Josep Lligadas