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Hace tiempo un catequista me explicaba que, para hablar del Misterio de la Trinidad a un grupo de confirmación, hizo una mayonesa; dando a entender como tres elementos (el huevo, el aceite y la sal) se fusionaban en una misma cosa. Al cabo de un tiempo se produjo el efecto de "vampirización", donde el medio se come el contenido, y los chicos sólo recordaban aquella sesión "de la mayonesa", pero la Trinidad había desaparecido. Lo mismo puede pasar con el "trifásico eclesial" de hoy, así que tenga como aviso lo que acabo de explicar.

Estas líneas son una reflexión sobre tres elementos que hacen de cabeza a los arquitectos que tienen encargos de reforma de iglesias: la posición y significación del mobiliario litúrgico (sede, altar y ambón). Y lo hago a raíz de la lectura del libro "Espacio celebrativo", de Bernardino Ferreira da Costa, publicado recientemente por el CPL. Si algún arquitecto se encuentra que debe reflexionar sobre la posición de estos elementos y necesita una "clase rápida pero profunda" sobre la temática, la mejor cosa que puede hacer es leer este libro elaborado, ni más ni menos, por un doctor en liturgia y abad del monasterio benedictino de Sineverga, en Portugal.

La primera cosa que hay que afirmar y cuestionar la vez es la mera "funcionalidad" de este muebles. La sede, el altar y el ambón no son meras esculturas, ni objetos de diseño; son muebles litúrgicos que tienen una tarea a realizar que está muy bien definida en los documentos eclesiales. Hay que poder leer desde el ambón; hay que poder sentarse en la silla; hay que poder entablarse al altar. Y es necesario que cada elemento tenga su propio espacio y ambiente para poder ser reconocido como "lugar litúrgico", sin que un pase por encima del resto (por ejemplo, poner la sede ante el altar).

A partir de ahí, una vez asegurada su funcionalidad para la celebración, es cuando entra en juego la gracia y la creatividad del arquitecto y / o artista para conseguir otra cosa bien complicada: que un mueble de una iglesia- lugar sea figura, semejanza o analogía, de la Iglesia-comunidad y, en definitiva, sea un elemento mistagógico que comunique el actor principal, que es el Cristo. Esto se consigue tanto en el propio diseño del mueble como en la disposición que estos tres elementos tengan en el espacio asambleario.

Aquí es donde entra en juego la sugestiva lectura del libro citado y que me ha aportado bastante luz y preguntas. Por ejemplo, conozco del caso de una capilla honda, o "del Santísimo", donde se recicló un altar lateral para ponerlo como altar central de la capilla (ya que el altar original restó empotrado en el retablo marmóreo del fondo de la misma). Aparte de que este altar actuaba como barrera entre la comunidad y el presidente de la celebración, al dar la vuelta se veía que estaba vacío y no tenía "culo". Bien, el autor indica que un "buen altar" debe tender a una forma cuadrada y que todas las caras tienen igual importancia; es decir, que no se puede aplicar aquello de "Dios el viene" haciendo referencia a un conocido libro de reflexión sobre la arquitectura. Si el altar-mesa debe facilitar la participación y comprensión de la Santa Cena no ayuda mucho que haya un delante y un detrás.

Valga este ejemplo como invitación a la lectura del libro y ayude a quien corresponda a cuestionar si estos tres elementos tienen la relación apropiada en nuestras "salas de fiesta", porque también depende de este "Trifasic", entre otras cosas, que se pueda entender y vivir que es una iglesia y / o la Iglesia.