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Vale, de acuerdo, Sherlock Holmes diría "elemental" en lugar de "Esencial" (si es que el detective creado por Sir Arthur Conan Doyle lo llegó a decir nunca en alguna novela) ... Pero la modificación queda justificada para reflexionar precisamente sobre el libro "Esencia. Diseño de espacios educativos", del artista Siro López, que la Fundación Vicens Vives presentó el pasado miércoles en el auditorio de las Atarazanas de Barcelona.
La presentación, creo, no se hizo pesada y es ciñó bastante al esquema pregunta-respuesta. Previsiblemente, a mi me tocó la pregunta por el espacio de "interioridad" Y, como soy de preparar los cosas y aprovechar todo lo que mi pobre neurona produce, lo "re-produzco" tal como lo tenía pensado (que es prácticamente lo que dije).

Pregunta de Siro (más o menos): “En tanto que arquitecto y educador, ¿Cómo podemos lograr un espacio para trabajar esa dimensión que se suele llamar de la “interioridad”, o en otras palabras, que faciliten al alumno a “descubrir su propia razón de ser”?

En cierta manera, todo espacio bien pensado es ontológico, es decir, que nos hablan del ser, de la esencia de las cosas, eso que la filosofía llama “metafísica”. La buena arquitectura tiene raíces y habla de un “saber estar/ser” en un lugar y para una función determinada. Peter Zumthor, un conocido y premiado arquitecto suizo, dice que: “Cuando un objeto de este tipo autoafirman en la naturaleza veo belleza en él. Este edificio, esta ciudad, esta casa o esta calle aparecen ante mis ojos como algo colocado allí conscientemente. Genera un lugar. Allí, donde está, hay un detrás y un delante, hay proximidad y lejanía, hay una dentro y un fuera, hay varias formas de enfoque, de condensación o de elaboración del paisaje. Surge un ambiente “. Por ello, todo el edificio educativo en su totalidad puede cumplir esa dimensión de trabajo de la interioridad. No podría ser de otra manera cuando, precisamente y de forma muy acertada, el título del libro es “Esencia”. La escuela debe “dejar ser” a los alumnos y, por ello, se requieren espacios próximos donde el alumno pueda ir cuando diga “dejadme en paz”, sin que por ello sea necesario un golpe de puerta final.

Como se indica en el libro, (pág. 10) “los centros educativos tienen que ser al mismo tiempo barrio abierto, galería de arte, biblioteca, foro de debate y espacio de creación”, recogiendo esa idea de los clásicos griegos de reproducción del macrocosmos en el microcosmos. ¿Podemos trabajar la dimensión interior o de sentido de la vida en una biblioteca, investigando o creando obras de arte? Por supuesto que sí. Pero, aun así, las culturas también han creado un tipo de espacio que no aparece en este primer listado citado y que también debería estar presente en el edificio educativo, que es el espacio contemplativo o meditativo.

Este aspecto no está ausente en el libro y se trata de forma explícita en el último capítulo, aunque ya hay referencia de ello desde el primer instante. En un momento determinado se habla de eso que los especialistas llaman “landscape learning” o “paisaje de aprendizaje”, tomando de forma pedagógica y metafórica la imagen de la montaña, la pradera o el bosque. Ahí es donde aparece la idea de cueva (pág. 304) cuando se afirma que “no hay infancia sin cuevas”. ¿La cueva es la mejor metáfora del espacio de la interioridad? Si pensamos en la iglesia moderna de La Ronchamp de Le Corbusier o que el grupo británico The Beatles ensayaban en un recinto llamado “the cave” a lo mejor podríamos decir que sí; aunque también un bosque puede ser ese espacio interior, como se muestra por ejemplo en las columnas arboladas del interior de la Sagrada Familia o, para citar un ejemplo en el ámbito escolar, el espacio de “el bosque mágico” de la escuela de los jesuitas en Sarrià.

No hay ninguna receta mágica para la creación de ese espacio para la “interioridad” aunque sí se pueden mirar algunos aspectos desde la arquitectura como, por ejemplo, un cierto cuidado de la acústica (muchos de estos lugares son denominados precisamente “espacios de silencio”); una ubicación no residual en el complejo educativo (como pasa tantas veces que estos espacios aparecen donde podría haber lavabos como el “Contemplation Room” del centro comercial de La Roca Village); un cierto cuidado de la luz natural que pueda incorporar alguna referencia a lo natural (un “retablo de la vida”); unos acabados superficiales que no sean pura abstracción o mero mimetismo corporativo; buscar el recogimiento individual pero tener en cuenta la posibilidad de dinámicas de escucha en grupo; quizás un espejo por si se tiene previsto hacer yoga; o un falso techo lumínico textil que pueda evocar el refugio de una tienda para cuando la vida se percibe también como un desierto.

En definitiva, un espacio para la interioridad es un espacio para el sentido de la vida, un espacio que nos hable de un “porqué” y una “orientación” (brújula), es decir, que tenga un relato y una doble dirección: hacia un más-allá y un más acá de lo cotidiano.