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(E. Aran) La mayor parte de la estatuaria de santos en las iglesias está pensada para ser colocada "in altum", es decir, de forma que el devoto tenga que levantar la cabeza para contemplarla. Esta disposición tradicional quiere propiciar o sugerir que el santo participa de una realidad superior, elevada o celestial. Como suele suceder, se asocia la verticalidad a la dimensión espiritual del hombre, tal como ocurre en el arte gótico. Esta concepción donde "Dios está arriba" y "los hombres están abajo" responde a una cierta mentalidad mítica y cósmica de una época superada por la modernidad, aunque pedagógica y pastoralmente todavía funciona muy bien. De hecho, el verbo "elevar" va directamente vinculado en los relatos bíblicos a la salvación y la resurrección (por ejemplo, Nm 21,4-9 y Jn 3,11-21). Además, que los santos estén elevados simboliza muy bien la imagen de la iglesia en comunión con los santos. Todo este movimiento vertical ciertamente ayuda a "in-incorporar" la persona en la oración de la comunidad eclesial.

Ahora bien, sigue siendo válida esta disposición de los santos por una iglesia hoy en día? Podemos "bajar los santos" sin que ello implique una merma de la dimensión trascendente que debe tener toda iglesia? El actual desconocimiento del santoral y su pérdida devocional hace de estas estatuas "in altum" unos elementos extraños, ajenos o alejados a quien las contempla. Por otra parte, la nueva eclesiología del Concilio Vaticano II, que entiende la Iglesia como "Pueblo de Dios", propicia un acercamiento a los "amigos de Dios" que nos acompañan (los santos), aunque en la práctica parece que éstos tengan que desaparecer en las iglesias contemporáneas. Ya "no hay lugar" por los santos y, apenas, para la Virgen. Esto es ciertamente un empobrecimiento pero es muy significativo de la espiritualidad del momento.

Bajemos a San Ignacio de Loyola

Valgan estas líneas para justificar la actuación llevada a cabo en la reformada Capilla de San Ignacio de Loyola en la Basílica de Santa María del Mar, inaugurada por la festividad del santo el pasado verano (noticia). En este caso, la misma relación del santo con el espacio de la capilla que lleva su nombre motivaba una intervención "kenótica" (de bajada), pues era el lugar donde San Ignacio pedía caridad mientras escuchaba misa en su época de estudios en Barcelona. Se ha mantenido e iluminado la placa del escalón que lo recuerda. La idea motor de la actuación ha consistido en recuperar a San Ignacio peregrino y pedigüeño para que la gente pueda atreverse a subir a la capilla y sentarse a su lado (o dentro de él, tal y como permite la escultura de Lau Feliu) y hacer un rato de oración orientado hacia el altar o bien a los dos elementos devocionales dispuestos en las hornacinas existentes (una imagen de la Virgen de Arántzazu y el medallón de la Cruz del Tort de Manresa).

Pasado ya un tiempo respecto a su inauguración, y muy cerca de poner el soporte audiovisual que debe complementar y dar sentido a la intervención, creo que la decisión fue acertada. Cuando hay una comunidad viva se crea patrimonio vivo, capaz de una nueva comunicación de las cosas espirituales, capaz de reinterpretar la tradición y rehuir el mero mimetismo. Durante este tiempo ha habido grupos de peregrinos de diversas nacionalidades y procedencias que han hecho oración acompañados por la figura del santo. Se ha superado el miedo a subir a la capilla y, incluso, gente de diversas edades ha tenido la osadía de dejarse arropar por el santo sentándose en su regazo. Quizás esto nos ayudaría a entender lo del salmo 131: "Como un niño en el regazo de la madre, así se siente mi alma", o bien la relación de Jesús con los niños en Mc 9,33: "Entonces cogió un niño, lo puso en medio de ellos, lo tomó en brazos y les dijo: el que reciba a un niño como en mi nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió. " En definitiva, la nueva escultura de San Ignacio facilita otros "ejercicios espirituales", en versión espacial, a añadir a su obra principal que lleva el mismo nombre.