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(E. Aran) A menudo pasa desapercibida la relación entre la arquitectura sacra y la acción social. Parecen dos campos ajenos, extraños, inconexos, como si siguiera al pie de la letra aquello de "A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César" (Lc 20,25). Ciertamente la función primera de un edificio sacro no es la social, sino el cumplimiento del mandato asambleario de "haz esto en memoria mía" (Lc 22,19); del mismo modo parecería que la acción social, en sí misma, no apunta a una dimensión trascendente. Ahora bien, en el Evangelio de Juan no aparece la partición del pan en la última cena y se presenta, en cambio, el lavatorio de los pies (Jn 13,1-20), dando a entender que el servicio al otro es el lugar de encuentro con el Señor; y al Evangelio de Marcos aparece el servicio al más desfavorecido como un acto de amor implícito a Dios porque "Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mc 25,31-46).

Si a este último apunte añadimos que el primer mártir de la Iglesia, San Esteban, es acusado de ir contra el templo de Jerusalén (Hch 6,8-15); que los primeros cristianos celebraban sus asambleas en casas; que el culto a Dios se realiza en Espíritu y en Verdad (Jn 4,24); que Dios quiere misericordia y no sacrificios (Mt 9,13); que el cuerpo de cada cristiano es templo del Espíritu y piedra viva (1Cor 3,16; 1 P 2,5); que los primeros cristianos son tenidos por ateos porque no hacen templos y celebran la asamblea en cualquier lugar (Minucio Félix); o, finalmente, que en la visión de la Jerusalén celestial no hay ningún templo (Ap 21,22) ... no deja de ser curioso que actualmente hablemos de arquitectura sacra cristiana.

Aun así, hoy en día tenemos una dispersión territorial de elementos de arquitectura sacra explícita (templos parroquiales, ermitas, oratorios, etc) e implícita (centros parroquiales, escuelas, hospitales, residencias, etc.) que forman parte de nuestra cultura y los que se les pide constantemente una justificación social para poder pervivir en nuestra sociedad secularizada. ¿Qué dimensión social tiene, pues, un templo parroquial o una capilla en un equipamiento con servicio público? No son elementos arquitectónicos prescindibles o una carga pesada por parte de la comunidad de creyentes y de la sociedad? Apuntamos muy brevemente algunas posibles respuestas:

  1. El templo como un lugar para la esperanza. Una iglesia es una "máquina de esperanza", una "brújula del trascendente", que ayuda a vivir una vida con sentido. La orientación tradicional al sol naciente (Este) o la imagen de un Pantocrátor en el ábside indican que hay una última palabra en la Historia de la humanidad donde se escuchará y se hará justicia a todos los perdedores y víctimas; que el Reino de Dios, o "donde mundo donde / como Dios manda" se hará realidad.
  2. El templo como elemento de sensibilización social. A menudo encontramos un crucifijo en la entrada de una iglesia, o bien historias de santos que han destacado en el ejercicio del amor a los más desfavorecidos y pequeños. Estas imágenes evangélicas educan a tener una mirada solidaria y empatitzadora con el sufrimiento. No por permanecer allí, sino para asumir las mismas en el cotidiano.
  3. El templo como espacio inclusivo (Casa Común). En las celebraciones religiosas no hay cobro de entrada. Todo el mundo puede participar. No es un "no-lugar" del anonimato sino un punto de encuentro de la realidad social del lugar. Muy a menudo también es lugar de refugio de emigrantes de países con una tradición religiosa más profunda. Por otra parte, la iglesia es "ecuménica" (palabra que significa "Casa Común") y, ya en la encíclica del Francisco Laudati Sii, se entiende a sí misma como un elemento que debe estar en consonancia con la integridad de la Tierra. No en vano San Francisco de Asís reconstruye una iglesia en su etapa de conversión.
  4. El templo como Casal de entidades sociales. En los altares laterales de las iglesias a menudo encontramos capillas gestionadas por cofradías. Estas agrupaciones gremiales ofrecían un servicio de ayuda social a sus miembros muy importante.
  5. El templo como espacio de memoria. El templo suele ser también un producto colectivo, en el que colabora económica o constructivamente parte de la población. Es una auténtica "liturgia" (palabra que significa precisamente "obra del pueblo"). Los edificios sacros llevan y transmiten la memoria del pueblo.

(Este escrito formará parte de la próxima sesión del Seminario Interno de Patrimonio Sacro de la Fundación Joan Maragall del lunes 28 de noviembre, de las 18 a las 20h. Se puede hacer petición de asistencia enviando un correo a patrimonisacre@fundaciojoanmaragall.org. Más info aquí)