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El pasado fin de semana tuvo lugar en Palencia el encuentro anual de Justicia y Paz de España, que me honro presidir, este año con el lema "El medio rural, apuesta de vida". A la vez, en este encuentro hemos celebrado los 50 años de la entidad (desde 1968 hasta 2018).

Ha sido para mí una experiencia muy gratificante aproximarme a la situación actual del mundo rural en España, gracias a las aportaciones de diferentes expertos y personas comprometidas con el desarrollo en este ámbito. Las conclusiones que he sacado creo que son plenamente válidas para muchas zonas del territorio catalán.

La constatación ha sido unánime: buena parte del ámbito rural sufre desde hace décadas un proceso de abandono, despoblación y envejecimiento muy preocupantes, que no parece tener freno. Este proceso va acompañado del empobrecimiento económico y situaciones de soledad y aislamiento para muchas personas. El fenómeno se agrava con la reducción progresiva de muchos servicios públicos. Ante este panorama, los jóvenes continúan abocados a buscar oportunidades de futuro en zonas urbanas. El abandono del campo conlleva al mismo tiempo la pérdida de capacidad de nuestra sociedad para cuidar de los ámbitos naturales.

Las causas son profundas y complejas y arrancan ya los inicios del proceso de urbanización e industrialización modernos. Este proceso ha ido configurando una visión que asocia el campo con retraso y la ciudad con progreso y oportunidades. El proceso se agrava cada vez más por el modelo dominante de agroindustria, basado en la creciente tecnificación, el monocultivo, la dependencia externa, el gasto energético (sobre todo combustibles fósiles) y el uso de químicos, un modelo que supone un impacto ambiental muy negativo, favorece la despoblación y hace la población rural más vulnerable.

Llegados a este punto, bien podemos considerar que territorios importantes de nuestro país se han convertido en "periferias" objeto de exclusión social.

Es obvio que esto no nos lo podemos permitir. Hay que hacer el esfuerzo de volver a situar el medio rural en el centro de nuestra sociedad. Un principio evidente de justicia social nos obliga a prestar una mayor atención a este fenómeno y atender como es debido a esta parte de la población. Por otra parte, del ámbito rural depende aún nuestra alimentación y la preservación y custodia del medio natural.

La vida en el mundo rural debe poder ser el ámbito que aún haga posible nuestra conexión con la naturaleza que somos y de la que venimos. Debe poder ser el espacio que promueva una relación con la naturaleza no como un objeto a explotar ("explotaciones agrícolas"), sino como ámbito de nuestra vida, como experiencia de belleza y como oportunidad de relación con el Creador. Un espacio que señale un estilo de vida de calidad, alternativo al consumismo depredador y los ritmos acelerados propios de nuestra sociedad. Un lugar donde todavía se puedan vivir vínculos comunitarios gratificantes, como alternativa al anonimato y individualismo de nuestras ciudades.

Tenemos que trabajar para volver a hacer posible la vida en el medio rural y natural, haciendo de nuestros pueblos espacios que inviten a vivir. Esto implica un replanteamiento a fondo de muchas políticas públicas y de muchos de nuestros hábitos económicos. Hay que compensar la población rural por su labor de custodiar el territorio. Hay que promover una actividad agrícola más basada en la autosuficiencia, la calidad, los mercados de proximidad, los productos de temporada, las energías renovables y la revinculación entre consumidores y productores. Y hay que potenciar un desarrollo que vaya más allá de la actividad agrícola, ganadera o forestal, capaz de abrir con creatividad e innovación otras actividades económicas vinculadas al disfrute de la naturaleza, el descanso, la cultura, el cuidado de las personas .. . en este sentido, es una gran esperanza ver la gran cantidad de emprendedores que apuestan por el desarrollo rural en el marco de la economía social, solidaria y ambientalmente sostenible. También el hecho de la inmigración abre oportunidades de rejuvenecimiento y dinamización de nuestros pueblos que hay que favorecer.

En estos retos, la Iglesia tiene también un papel importante a hacer. Ella es todavía una institución con presencia en todo el territorio que contribuye a preservar los vínculos comunitarios. Por ello, tiene la posibilidad de proteger estos vínculos y fortalecerlos, apostando por agentes pastorales dinamizadores de las comunidades cristianas rurales, ofreciendo su patrimonio (tierras y edificios sin uso) a proyectos de carácter social y formando personas y liderazgos que, inspirados en la doctrina social de la Iglesia, promuevan un desarrollo humano integral del ámbito rural, basado en el bien común, la solidaridad y el equilibrio con la naturaleza.