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El término “Concilio virtual” lo acuñó Benedicto XVI. Un concepto que explicó detalladamente antes de la entrada en vigor de su histórica renuncia, el 28 de febrero de 2013. Unos 14 días antes, Ratzinger se reunió con los sacerdotes de la diócesis de Roma en el Aula Pablo VI del Vaticano. En esa oportunidad habló de una “versión deformada” del Concilio que llegó de manera eficiente al gran público a través de los medios de comunicación, los cuales describieron al Vaticano II “como una lucha política” y  “favorecieron las corrientes más complacientes con el mundo”. Esa msima frase se convirtió en la fijación de periodistas y eclesiásticos en estos tiempos. Ellos han intentado, por todos los medios, aplicarla al apenas concluido Sínodo de los Obispos sobre la familia. Y en su afán han tenido éxito, pero al revés. Han terminado creando una imagen distorsionada de la asamblea, un relato unilteral. Han logrado construir el tanto denostado “Sínodo virtual”.

¿El resultado? La confusión. Una realidad que produce miedo y paraliza, en una Iglesia que erróneamente se acostumbró a las posiciones unívocas y autorreferenciales. Una Iglesia que parecía haber renunciado por voluntad propia a las “disputatio” y no comprendía el aspecto poliédrico propio del “Dios de las sorpresas” y “del espíritu”, invocados hasta el cansancio por el Papa.

Los artífices de esta confusión ahora pretenden imputar la misma a Francisco. Para lograr su objetivo realizan lecturas rebuscadas de los hechos, interpretaciones funcionales a ese “Sínodo virtual”. Pero los acontecimientos son acontecimientos y no se pueden cambiar. Hay que saberlos analizar, con honestidad. Y después sacar las propias conclusiones, alejadas de las visiones (ideológicas) preconcebidas, que esconden otros intereses.

Se trata de un fenómeno peculiar, eminentemente mediático y que nada tiene que ver con las discusiones sobre la doctrina. Al menos no directamente. He aquí algunos ejemplos. El primero tuvo lugar el martes 7 de octubre durante la conferencia de prensa del segundo día del Sínodo de los Obispos. No habían pasado ni 30 horas del debate en el aula y la pregunta ya estaba lista. “¿No creen que estamos ante un Sínodo ‘pre-cocido’, en cierto sentido ya armado?”, disparó una periodista, exponente emblemático de los nostálgicos de Benedicto. La línea a seguir estaba marcada, y todos los hechos posteriores fueron considerados a través de esta óptica. Pero los prejuicios no son un lujo que los periodistas nos podamos permitir.

Un día después un conocido vaticanista hablaba ya de “Los dos Sínodos, dentro y fuera de las murallas”. En su artículo criticó la decisión de no publicar los discursos de los padres sinodales en el aula y alertó contra el “desdoblamiento mediático” de la asamblea. Desdoblamiento al cual, paradójicamente, él mismo contribuyó en los días siguientes. El 9 de octubre, otro periodista refería que “En el Sínodo, la mayoría contra Kasper”. Una lectura totalmente despegada de la realidad y que fue desmentida por informaciones inconfutables. Como ya referimos en este espacio, sobre la principal tesis del cardenal alemán Walter Kasper (apertura de la comunión a algunos divorciados y vueltos a casar) los reportes de los “círculos menores” dados a conocer el 16 de octubre demostraron que sólo 2 de 10 grupos expresaron su rechazo abierto y explícito a esa eventualidad, mientras otros 2 dijeron un “si” claro. El resto mantuvo una posición ambigüa, con la mayoría de los grupos lingüísticos que estaban de acuerdo con el “seguir estudiando esa opción”.

Dónde quedó aquella supuesta mayoría contra Kasper, nadie lo sabe. Sobre todo después de conocida la votación de la “Relatio Synodi”, el documento final de la asamblea. El número 52 del texto, referido a los divorciados vueltos a casar, obtuvo 104 votos positivos, 74 negativos y cinco abstenciones. Es decir, una mayoría simple de los obispos estuvieron de acuerdo con el contenido de ese apartado que, entre otras cosas, no se decantaba ni a favor ni en contra de la hipótesis de la comunión a los fieles en esos casos extremos.

El párrafo en realidad sólo expresa las dos posiciones que surgieron durante el Sínodo: los que estaban a favor de la disciplina actual y quienes proponen la readmisión de algunas personas a la eucaristía, tras un camino penitencial y en ciertas condiciones. E indica que una parte importante de los padres sinodales solicitaba profundizar en el tema. Por eso el Papa decidió mantenerlo como parte de la “Relatio” y pedir su publicación, aunque no obtuvo las dos terceras partes de los consensos necesarios para que pueda considerarse formalmente como “aprobado” por la asamblea.

Quien habló de manera específica sobre “número consistente” contra Kasper fue el cardenal Raymond Leo Burke, prefecto de la Signatura Apostólica del Vaticano. Evidentemente se equivocaba. Lo hizo en una larga entrevista al diario italiano “Il Foglio” publicada el 14 de octubre. Sus declaraciones influyeron mucho fuera del aula sinodal y en la interpretación -difundida en ciertos círculos- de la existencia de un “Sínodo manipulado”, supuestamente piloteado por una minoría contra el parecer de la mayoría de los obispos. Esto dio la sensación que se estaba consumando una injusticia, a espaldas del pueblo fiel.

Hipótesis sufragada por la supuesta censura que se habría aplicado contra los padres sinodales al decidir que no se harían públicos sus discursos ante el pleno, durante la primera semana de la asamblea. No sólo Burke, también el cardenal Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dobló la apuesta y acusó que la información oficial dada por la sala de prensa vaticana estaba “manipulada”. Esto caldeó aún más los ánimos, especialmente después de la publicación de la “Relatio post diceptationem”, la relación después de las disertaciones que incluyó los tres párrafos de la discordia, los que determinaban una excesiva (e inaceptable) apertura a los homosexuales, en particular a las parejas que estos forman, dando a entender que la Iglesia las reconoce de alguna manera.

Como ya lo explicamos en este espacio, muchos elementos demuestran que la información ofrecida por el portavoz vaticano Federico Lombardi no estaba manipulada ni mucho menos. Era un reporte puntual del debate que cada día tenía lugar en el aula, sólo que no se ofrecieron detalles sobre cuál de los padres sinodales decía qué cosa. Eso ayudó a preservar la “parresía” que el Papa había pedido a los obispos, esa franqueza y libertad imprescindibles para que el espíritu sinodal se convirtiese en realidad. Claro que este nuevo formato conllevaba el riesgo de ser acusados de secretismo, pero era un riesgo calculado que se quiso correr para preservar la naturaleza del Sínodo.

De todas maneras, la acusación de “censura” no pasa. Simplemente porque todos y cada uno de los obispos tenían libertad de hablar con la prensa. Al menos en los últimos cinco sínodos no se habían visto tantas entrevistas con padres publicadas por la prensa internacional. Cada día los periodistas podían acceder a la entrada o la salida de las sesiones y allí abordar a cardenales u obispos por igual. Muchos preferían no hablar, pasaban de largo y ni siquiera saludaban. Muchos otros aprovecharon la oportunidad y dieron sus impresiones. Incluso en la Radio Vaticana se difundieron posiciones muy críticas con la “Relatio post disceptationem”.

De esa libertad también aprovecharon otros cardenales como el propio Kasper, quien también pretendió hacer pasar la idea de que una mayoría apoyaba su tesis. Tampoco estaba en lo cierto y su intervención no ayudó a la claridad, los mismos “círculos menores” lo desmintieron. Algo similar pasó con el cardenal sudafricano Wilfrid Fox Napier, quien era abiertamente contrario a la apertura para los divorciados vueltos a casar y el grupo lingüístico que él mismo condujo realizó una de las declaraciones más claras a favor de la apertura a la comunión de estas personas.

Los ánimos encendidos se caldearon aún más con la publicación de la “Relatio post disceptationem” y sus venenosos tres párrafos sobre los gays. Desde las primeras horas de la polémica, diversos padres sinodales anticiparon que esos apartados se iban a cambiar. Era inevitable y aquí lo escribimos. Pero también advertimos que la mayoría estaba de acuerdo en que ese documento era una “fotografía fiel” de las interveciones en el aula.

En el aula y fuera de ella muchos padres se quejaron por la publicación de la “Relatio”, sobre todo después de ver la reacción de la prensa que extrapoló y absolutizó los pasajes referidos a la homosexualidad. Frases desafortunadas si las hay. El mismo cardenal Napier, el 14 de octubre, dijo en la sala de prensa del Vaticano (sí, esa misma que “manipulaba” los contenidos) que él “no entendía” por qué se había dado a la prensa el mencionado texto, incluso antes de la lectura para todos los obispos. Ahí mismo Lombardi recordó que era una costumbre consolidada desde hace muchos sínodos atrás. Siempre la “Relatio post” se dio a los periodistas, y en esta ocasión no fue distinto. Por lo tanto, nadie puede hablar de “mano negra” ni engaño alguno al respecto.

¿Era necesario mantener esa costumbre también esta vez? No lo se, lo dudo. El clamor mediático posterior parecería recomendar prudencia, pero es fácil hablar cuando todo ya pasó. Por otra parte, si las críticas iniciales eran por una supuesta censura y opacidad, no haber publicado el documento de mitad del Sínodo hubiese reforzado esa idea. De la misma manera podía parecer lógico que, luego de tres días de polémicas muy animadas por haber dado a la prensa ese escrito en particular, se hubiese optado por no difundir los resultados de los “círculos menores” el jueves 16 de octubre.

La mañana de ese día el secretario del Sínodo, Lorenzo Baldisseri, anunció ante el pleno la determinación de no difundir públicamente los reportes finales redactados por los grupos lingüísticos. Cuando estaba diciendo eso, un coro de “nooo” se alzó en la sala. Él intentó volver a explicar lo mismo y otra vez “nooo”. Quedó desorientado y miró al Papa, quien lo animó a abrir un debate. Así comenzaron a tomar la palabra varios cardenales y obispos. El resultado fue unánime: se debían dar a conocer los reportes de los “círculos menores”. Apenas pocos minutos después de terminada la sesión de trabajo, un blog ya tenía un relato detallado de la misma con una salvedad: Decía que Francisco había puesto caras, casi contrariado por la voluntad generalizada de transparencia. Pero la realidad era otra. Él mismo autorizó el debate libre sobre este punto y dio su visto bueno a que todos los informes de los grupos se difundiesen.

Como era evidente los padres sinodales habían cambiado opinión. Mientras muchos el lunes se quejaban por haber publicado la Relatio, ahora sí querían publicar la información de los grupos. Pero de los círculos no salió otra cosa sino lo que se había dicho hasta ese momento, al menos en las informaciones de Lombardi y la sala de prensa. Otra vez con la salvedad de los párrafos sobre los homosexuales. Prácticamente nadie quería mantenerlos como estaban. Pero sobre los divorciados había una tendencia a dejar abierto el debate y casi ninguno cuestionaba la arquitectura de fondo de la “Relatio post”, es decir el acercamiento a los problemas (y situaciones difíciles) desde la “vía misericordiosa”.

En este contexto resultó maestra la movida del Papa a la conclusión del Sínodo. Sea su orden de publicar todos los números de la “Relatio Synodi”, sea su discurso conclusivo en el cual tomó distancia tanto de los “intelectualistas tradicionalistas” cuanto de los “buenistas del vale todo”. Esta vez los impulsores del “Sínodo virtual” se quedaron sin palabras. Mientras la gran prensa anglosajona ha querido mostrar al Papa como el “gran perdedor” de los debates. Una lectura forzada, otra vez.

Hasta aquí sólo el análisis del fenómeno mediático en torno a la reunión de obispos y de algunas interpretaciones que fueron utilizadas para sostener unas y otras versiones de lo que estaba pasando. Un capítulo aparte merecen esos tres fatídicos párrafos sobre los gays y otros detalles. Esto independientemente de si uno está de acuerdo con la visión más aperturista o aquella que insiste en la imposibilidad de modificar la disciplina tradicional, por ejemplo en materia de divorciados. Lo importante es saber cómo están realmente las cosas. Porque para defender la Verdad, con “V”, no se puede apelar a la mentira o a las versiones parciales. Hay que interpretar el Sínodo real. Nada más.