×

Mensaje de advertencia

The service having id "_mobile_whatsapp" is missing, reactivate its module or save again the list of services.

Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

El auténtico estilo de Teresa; lo que nos invita a leerla y admirarla , es su fracaso literario. Aquella alma inmensa, desmesurada, tan libre y tan sumisa, llama de amor viva, no puede contemplarse con los anteojos de la literatura. Sería un pecado mortal y el Señor iba a demandárnoslo”. A esta conclusión llegaba el novelista Javier Marías ( Madrid, 1951) en su breve ensayo: “El libro de la Vida. Éxito y fracaso de Santa Teresa”, integrado en el capítulo 7 del libro “Breve biblioteca de autores españoles” (Seix Barral), coordinada por el profesor Francisco Rico.

En esta  gavilla de ensayos literarios, se prendía “dar una idea suficientemente justa, equilibrada y sugestiva de la literatura española entre la Edad Media y el Seiscientos”, mediante doce ensayos, encargados a doce escritores de prestigio, abordar obras de grandes clásicos  españoles. Y entre los clásicos, El Libro de la Vida, de Teresa de Jesús; y el encargado, el novelista Javier Marías, alguien que no destaca por su afición a los “arrobamientos místicos”. Y lo hace con un respeto y una gran honestidad intelectual. Vale la pena leer el ensayo.

Marías, comienza advirtiendo que para Teresa, la escritura de este libro es parte de su proceso vital. El lector parece encontrarse con un viaje interior. Cuando el viajero se acerca a la región a la que quería llegar, más crece su impresión de que se está alejando. Su duda y su lucha por seguir, aún a tientas, no es solo el deseo de estar llegando al destino acertado y no equivocarse, sino también  escribir las etapas de este incierto viaje interior, adquiriendo  “conocimiento”, “llegar a saber”, en definitiva. Teresa experimenta la impotencia de narrar “algo” que no se puede narrar.

Para Javier Marías, la grandeza del libro es la “odisea” por escribir sus “extraordinarias vivencias”, algo que  comenzó en 1555, aunque lo rechazó por creer que eran “cosas del demonio”. Debían contener aquellos apuntes, parte de los cuales integraría en este libro escrito entre 1562 y 1565, muchos elementos de gran interés, que no se han conservado.

Y es que, como recuerda Marías, subrayando aún más esa “odisea”, no eran tiempos como para andarse con cien ojos. La tradición literaria del siglo XVI desaconsejaba el estilo de literario de las confesiones, por considerarlo pecado de soberbia. Además, podría acusársele de otro pecado, el de orgullo y vanidad, intentando “enmendar la plana” a San Agustín, cuyas Confesiones acaban de ser publicadas y ella había leía con entusiasmo. Pero, claro está que no solo se trataba de eso. Había algo más. Nadie olvidaba sus orígenes conversos, la susceptibilidad ante asuntos relacionados con experiencias místicas cuando Los Alumbrados estaban siendo perseguidos por la Inquisición; su salud no era buena y su tiempo, viajando para las fundaciones, era escaso; la reforma del Carmelo, por otra parte,  no eran aún bien vista por altas jerarquías; y, por supuesto, su condición femenina no era la más apta para esta “odisea” . El nuncio papal, Filippo Sega le llegó a recriminar su tarea:  “Fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción, inventa malas doctrinas, andando fuera de la clausura y enseñando como maestra lo que san Pablo enseñó , mandando que las mujeres no enseñasen…” ( Recuerda aquí Javier Marías las dificultades que hubo, por ser mujer, cuando se le quiso nombrar patrona de España, o cómo hasta 1970 no fue declara Doctora de la Iglesia, después de que el papa Pio XI, en 1922, cerrara el expediente con un simple “obstat sexus”) Pero la voluntad de expresarse de Teresa, iba unida a su esperanza de que aquello sirviera de algún provecho, no solo para sus monjas, sino para las personas  de cualquier clase , condición u oficio.

Para el novelista, no eran estas las principales dificultades que Teresa encontraba, pues bien  sabía superarlas con  donaire y valentía.  La dificultad más grave era la de lograr dar forma a una experiencia mística y buscar cómo prestar el lenguaje a una vivencia única, a un sentimiento tan íntimo. Aunque contaba con el auxilio divino, solo el talento propio, podría ayudarle en la lucha. Es verdad que leía; y mucho, aunque algunos críticos hayan abultado sus lecturas. Conocía Las Confesiones de San Agustín; La subida al Monte Sión, de Fray Bernardino de Laredo ( (1536) , el Tercer Abecedario de Francisco de Osuna (1492) y el Audi Filia (1556) de Juan de Ávila. Sin embargo, Teresa no era “una buena lectora” . No se detenía en el estilo o la forma, sino en aquellos elementos que concordaran con lo que ella sentía. No le atraía en los libros la literatura. Buscaba solo el “el libro vivo” .

Las experiencias ajenas que leía, no las tomaba, si  no las había experimentado antes. Y ello pese a estar de belleza, como eran el caso de algunos  textos de escuela franciscana, o  la prosa excelsa de Juan de la Cruz. 

El Libro de la Vida es un empeño desesperado por expresar lo que sentía, pero evitaba entrar y contar al meollo; prefería no pasar de la corteza. Y era ese pudor el que le producía una impotencia que llegaba a deprimirla, pero a no a desalentarla. Y por eso seguía. En el estilo se nota cómo tiende a jadear, atropellándose antes de fluir. Los componentes de las frases le llegan todos de una vez; y los ensarta como buenamente puede, sin que, a veces, pueda ayudarle la sintaxis. Por eso, le lector no encontrará en el texto lances significativos, porque ella no hace lo que haría un cronista normal, recoger hechos exteriores. A ella le interesa solo escuchar la resonancia “en este pequeño cielo de nuestra alma” . El Libro de la Vida se adelgaza de contenidos objetivos hasta quedarse desnudo.

Y ese es, para el afamado novelista madrileño, el deseo de Teresa y el valor que la obra tiene para nosotros. Ese es el atractivo que hace que guste su lectura: la dificultad de reflejar sentimientos que desbordan la escritura. Hubiera podido escribir otra cosa; o de otra manera, usando el lenguaje coloquial, pero ella no buscaba eso. Sus deseos y logros no van por la literatura, sino por otros derroteros.

Por eso el resultado es menos espontáneo, lo cual no quiere decir que no haya en el libro momentos de altura estremecedores, especialmente cuando con una gran simplicidad se acerca a las comparaciones.

“Su verdadero éxito, el que nos invita a admirarla y leerla, es precisamente su mismo fracaso literario”, concluye  Marías en este pequeño ensayo que recomiendo en este año dedicado a la santa.