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La beatificación del papa Montini, ofrece la ocasión para profundizar en su figura, injustamente tratada en la reciente Historia de la Iglesia. El lento proceso de su causa de canonización, abierto en 1993, es una prueba de ese olvido al que no ha sido ajeno algún sector eclesial, con mando en plaza aún en los despachos vaticanos. Y en España, me temo que solo se aborde su relación convulsa con el régimen de Franco. Hoy solo quiero apuntar un aspecto de su figura, la grandeza de su estilo literario y su relación con escritores de la época.

Montini era un gran lector, ya desde sus años jóvenes. Aunque aficionado a leer a escritores franceses, como confesó un día a su amigo el escritor Gitton, no faltaban en su biblioteca las obras de DostoievskiTolstoiBernanos o incluso Baudelaire. En el libro “ Pablo VI. El coraje de la modernidad” de Giselda Adornato, se aborda este perfil literario del papa Montini que el 8 de febrero de 1966 suprimía el Índice de Libros Prohibidos, creado en 1564. Y, además, se rodea de colaboradores cultos y conocedores del mundo de las letras como fue el caso del escritor y profesor belga Charles Möller, autor de “Literatura del siglo XX y cristianismo”, subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.  Una muestra de su amplia cultura literaria aparece en sus escritos, como muestra cabe recordar en su Motu Proprio, dedicado a Dante AlighieriAltissimi cantus (1965) con ocasión del VII Centenario del nacimiento del florentino.

Su amistad con poetas, novelistas o personalidades del mundo cultural venía ya de antes de su ascenso al pontificado. Es abundante la correspondencia con muchos escritores de la época y su interés por estar al día sobre los movimientos de vanguardia era común en él. Y el mundo cultural lo apreciaba. Con motivo de su 80 cumpleaños, un nutrido grupo de importantes poetas, alguno ateos, le ofrecían un ramillete de poesías, agradeciéndole su interés por las letras como camino de fraternidad y paz. Conocida y criticada fue su amistad con Maritain, cuya mano se ve en algunos escritos como el Credo del Pueblo de Dios (1968) y que representó al mundo de los escritores, recibiendo uno de los mensajes finales del Vaticano II.

Puede ser un buen momento para adentrarse en su estilo literario que rezuman sus textos pontificios. Más allá de su valor doctrinal y magisterial, advertimos un estilo impecable, directo y escueto; con una gran carga de elegancia. Pablo VI se lee con gusto. Es fácil advertir en sus escritos la belleza de la frase corta e impactante, con su carga de contundencia y solidez. No usa florituras innecesarias, pero tampoco era ramplón. En sus textos nada sobra, y nada falta. En todos ellos destaca, además el deseo de profundidad y condensación conceptual, la claridad. No se trata de un Agustín de Hipona o un Juan Duns Escoto. Pero ahí está su grandeza: al estilo del Maestro Eckhart, o de Tomás de Kempis, Pablo VI le escribió al lector común y corriente, al ciudadano, al trabajador.

Un papa que buscó en la literatura un lugar en donde encontrar el bálsamo para los tiempos duros y dolorosos de los últimos años de su pontificado.