Valenciano de origen, pero con más de veinte años de vida y ministerio en Honduras, Josep-Vicent Nácher conoce bien las heridas sociales de América Central y también las tensiones que atraviesan hoy la Iglesia. Misionero y actual arzobispo de Tegucigalpa —y presidente de la conferencia episcopal hondureña—, ha sido invitado a la Tribuna Joan Carrera. Con un hablar pausado, prudente y a menudo preventivo, Nácher nos recibe al terminar el encuentro y reflexiona sobre el papel público de la Iglesia, la polarización actual y el riesgo de querer instrumentalizar una Institución. “Si la Iglesia dice lo que algunos quieren escuchar, la usan y la tiran a la basura”, advierte.
La imagen que tenemos del misionero antiguo, como la figura que iba a enseñar a otros ha cambiado mucho. ¿Qué significa hoy en día ser misionero?
Salir. Salir de donde estás, lo cual no es fácil. Salir de uno mismo, también. Y encontrarte con otros rostros, con otras personas, y dejarte también impactar. La evangelización siempre es de corazón a corazón. Ahora es una expresión que está de moda —es del cardenal Newman—, pero muy cierta desde hace años. Un buen misionero creo que siempre ha sido una persona que ha hablado desde el corazón y que ha dejado que el corazón de las personas lo impacte. Puede haber excepciones, antes y ahora también, pero creo que siempre en la historia de la evangelización ha habido misioneros que han dado su vida de forma literal por aquello y por aquellas personas con quienes compartían.
Al final es llevar una Buena Noticia, ¿no?
Sí, siempre, llevar un anuncio, una buena nueva. Es novedad, pero es una buena nueva que no se impone, sino que se implanta y se sitúa en la realidad de la humanidad, en la sociedad, en la cultura de cada lugar, y la transforma. Aquí en Europa eso ocurrió hace siglos; en otros países ha ocurrido más recientemente.
¿Qué le ha enseñado a usted el pueblo de Honduras como misionero?
Estamos siempre aprendiendo. Yo ahora estoy aprendiendo a ser obispo, estoy aprendiendo a ser sacerdote. Debemos estar siempre dispuestos a dejarnos guiar por el Señor. Creo que el que se queda en su tierra también debe estar dispuesto a que los fieles, la vida de cada semana, lo vayan formando. Y el que lo hace en un lugar diferente de su origen debe estar dispuesto a dejarse transformar por las personas con quienes está. Es un intercambio de dos.
Un pueblo se expresa en una cultura, y una cultura se transmite a través de una lengua
¿Y también la lengua, no?
Ah, sí, también conviene mucho cuando la lengua es diferente. Yo no he sido capaz de cambiarla del todo, aún se nota mucho que soy valenciano, pero creo que me lo perdonan.
¿También sirve para los que vienen aquí? ¿Es importante que los misioneros y seminaristas que vienen aquí de otros países entiendan la lengua del país?
Evidentemente, sin duda. Un pueblo se expresa en una cultura, y una cultura se transmite a través de una lengua. Es muy importante. No es el único aspecto, porque sería reducirlo demasiado, pero sí que es una de las cosas importantes. Cuando hablamos de culturas indígenas o pueblos pequeños, quizás se hace más significativo.
¿Por qué?
Eso significa proximidad. Hay una manera de hacer. Tener una actitud de respeto y de dejarse enriquecer. Se debe tener voluntad de estar cerca. Ojalá que no lo perdamos nunca.
los sacerdotes somos de los pocos que podemos movernos en diferentes registros: desde la casa más pobre hasta la más acomodada
Honduras es un país con un alto índice de violencia en ciertas zonas. ¿Ha habido algún momento especialmente peligroso?
Quizás no he vivido un momento así. Es un país de extrema violencia en algunos lugares. Quizás ha habido algún momento del cual no soy consciente. Sí que me he movido por lugares que cualquiera diría que son peligrosos. Pero de verdad que no he tenido conciencia de peligro por mi figura. No iba Josep Vicent, iba el padre Josep Vicent. El sacerdote en Honduras es una figura muy respetada. Sabiendo unos y otros que vas para estar con la gente, para visitar a los enfermos, para celebrar la Eucaristía, nunca he sido una figura conflictiva. Creo que los sacerdotes somos de los pocos que podemos movernos en diferentes registros: desde la casa más pobre hasta la más acomodada, y en todas somos bien recibidos y podemos entrar con naturalidad.
¿La Iglesia en algunos países ha tenido un papel de denuncia social o política. En Honduras es una voz profética que incomoda o intenta ser respetuosa y equilibrada?
Intentamos ser respetuosos y equilibrados. Después, cada obispo tiene derecho a expresar su opinión, y es muy bueno que seamos diferentes. En un grupo humano hay diferencias, y eso es bueno. Hay quien quisiera que la Iglesia dijera ciertas cosas de manera reactiva, pero nosotros procuramos hacerlo de manera propositiva. La Iglesia no solo vive un ámbito profético, sino también sapiencial y sacerdotal. Si nos quedamos solo en un aspecto, nos pueden instrumentalizar. “Sí, usted diga esto, muy bien”, y cuando ya lo ha dicho, ya lo han usado y lo tiran a la basura. Debemos estar donde debemos estar, decir lo que debemos decir y centrarnos en Jesucristo.
¿La sociedad hondureña espera que la Iglesia hable cuando hay injusticias flagrantes?
La sociedad espera a la Iglesia. Se mueve en tierras pantanosas. Se trata de que ante una injusticia todos reaccionen, no que sea una voz aislada. Han pasado circunstancias y no sabemos cuáles vendrán. Lo que venga nos corresponde afrontarlo junto con el pueblo y tratar de dar esperanza.
¿Cuáles son las injusticias que atraviesan Honduras?
Desigualdades de acceso a los medios, a la prosperidad. Deficiencias enormes de los servicios públicos, sobre todo en salud y educación. La economía no termina de despegar. El trabajo formal es solo un 20%. Es un porcentaje bajísimo. Hay un 80% de economía sumergida. Esto significa que no hay impuestos, no hay economía formal. Y es una economía de supervivencia. Es duro.
Hace unos años se hicieron famosas en Honduras y otros países latinoamericanos las "caravanas de la migración", ¿cómo está actualmente este tema?
La cosa ha variado bastante, pero lo que sí sigue pasando es que políticos de extremos opuestos, unos y otros, coinciden en dejar marchar a los hondureños. Para un país dejar marchar a la gente, es perder vitalidad, oportunidades y economía, porque están produciendo en otro país. Yo calculo, porque no me lo han confirmado, que un 50% de los graduados de las universidades se marchan fuera del país. En Alemania hay cientos de médicos hondureños, por ejemplo.
¿Y la Iglesia latinoamericana cómo está?
Creo que está muy equilibrada. No ha despegado como se esperaba, pero tiene una cierta madurez. Existe el CELAM, la Conferencia Episcopal Latinoamericana. Es mítica, pero está viva. Hay una gran identidad latinoamericana, y creo que es una referencia. La Iglesia latinoamericana es uno de los puntos con los que el Santo Padre y el camino sinodal pueden contar.
¿Dónde encontraremos el punto común ético, humano, para fundamentarnos? Se está creando un odio que durará generaciones
¿Cómo ve la crisis mundial actual que vivimos?
La humanidad necesita encontrar puntos en común que sean una referencia respetada por unos y otros. Los que están atacando y lanzando misiles también son personas de fe. ¿Dónde encontraremos el punto común ético, humano, para fundamentarnos? Se está creando un odio que durará generaciones. Es un tema muy importante. El armamentismo crecerá, las fronteras se mantendrán fuertes. Lo que se trabajó en los años 50, 60, 70 y 80 está en retroceso. No sé si esto durará décadas. Las velocidades del mundo son muy rápidas. Quizás dentro de cinco años todo será diferente.
¿Qué ha de decir la Iglesia europea ante todos los enfrentamientos mundiales de los últimos días?
¿Cuál Europa? Lo digo porque vemos esta semana que hay diferentes respuestas posibles. Sobre el ataque a Irán, el Papa ya se ha pronunciado, en total continuidad con lo que él lleva diciendo desde el primer día, 'la paz sea con vosotros'. La Iglesia no reacciona a unos misiles, sino que es consecuente en su anuncio en favor de la fraternidad humana.
El Papa visitará Cataluña en junio. ¿Qué debería decir a la sociedad catalana?
Lo que él considere que tiene que decir. Pero estoy seguro de que será una palabra de esperanza, de verdad iluminadora. Hará mucho bien a la Iglesia y a la sociedad.