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(Josep M. Carbonell, Eugeni Gay, David Jou, Jordi López Camps, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Jordi Lòpez Camps, Núria Sastre, Francesc Torralba - La VanguardiaEl próximo día 24 de septiembre los barceloneses celebramos, como cada año, nuestra festividad en honor de la Virgen de la Mercè, patrona de la ciudad. Es buena ocasión para recordar que una de las contribuciones más importantes e influyentes de Catalunya a la humanidad ha sido precisamente la orden de la Merced. Es bueno recordarlo hoy, cuando contemplamos el padecimiento de tanta gente que tiene que huir de guerras, y pedimos que Europa reaccione y los ayude. La orden de la Merced fue, en su tiempo, una de estas reacciones valerosas que honran la humanidad, y en que una multitud de personas pusieron su libertad y su vida al servicio de la dignidad y la vida de los cautivos y sufrientes. Sería absurdo dejar caer en el olvido este ejemplo heroico de solidaridad y sacrificio, como parece que esté pasando.

El día 10 de agosto de 1218, a instancias del rey Jaime I, especial patronum de la orden mercedaria fundada por el ciudadano barcelonés Pere Nolasc y su grupo de compañeros, en la catedral de Barcelona, el entonces obispo Berenguer de Palou canonizó a la institución de la Orden de la Virgen de la Merced para la Redención de los Cautivos.

Pere Nolasc, hijo de mercaderes y mercader él mismo, tuvo oportunidad de conocer en sus constantes viajes la opresión y la esclavitud de los cautivos y la marginación y la pobreza de tanta gente en aquellos momentos tan prósperos de la Catalunya del siglo XIII. Tanto él como sus compañeros vendieron todas sus posesiones y corderos para empezar las redenciones y, cuando se les agotaron, pidieron limosna a las iglesias para continuar su tarea, obteniendo un extraordinario apoyo de los barceloneses. El propio rey Jaime I les concedió el escudo regio de las cuatro barras, en el cual el obispo Palou añadió la cruz roja sobre blanco de Santa Eulàlia.

Desde entonces, la orden mercedaria empezó a expandirse por todos los rincones y fueron ­muchos sus miembros muertos y martirizados mientras realizaban su obra redentora y caritativa para salvar la dignidad de las personas. Chateaubriand, en su obra Génie du christianisme, les dedicó una de las más bellas páginas al hablar de estos monjes blancos que re­corrían los caminos de nuestra edad media europea sin otro ­equipaje que su zurrón.

Esta orden, hoy presente en los cinco continentes en sus ramas femeninas y masculinas, todavía continúa a los 797 años de su fundación, con su compromiso en favor de los más necesitados y explotados de la sociedad. Podemos decir que de manera ininterrumpida hasta hoy centenares de hombres y mujeres del orden llevan su mensaje liberador a las prisiones, campos de refugiados, niños de la calle, víctimas del tráfico de personas, asilos, hospitales..., en el más absoluto silencio y ­anonimato.

Barcelona, que siempre ha sido una ciudad abierta y de acogida, donde la generosidad de su gente ha sido puesta de manifiesto por escritores de todos los tiempos, y muy especialmente Cervantes, ha invocado la Virgen de la Mercè, así en los momentos de dolor y de peligro como en los de gozo.

El alcalde Pasqual Maragall, en la locución que desde su sitial en el salón del Consell de Cent pronunció con ocasión del 775 aniversario de la orden de Merced, dijo: "La historia de la Mercè es realmente una historia muy ligada a la historia de la ciudad. Hace ahora un siglo, precisamente, de la coronación de la Virgen de la Mercè por iniciativa de quien era alcalde de la ciudad, el señor Rius i Taulet. Recuerdo, no hace mucho, hace un par de años, la celebración de este centenario en un acto religioso y al mismo tiempo ciudadano de enorme importancia en la catedral de la ciudad, repleta hasta los topes como nunca la había visto, llena de ciudadanos. Recuerdo que en aquella ocasión, saliendo de la celebración, comentábamos con el obispo y cardenal Narcís Jubany el significado de aquel acto y recordábamos las palabras de un poeta de principios de siglo que se refería a esta ciudad como la ciudad del perdón"... En más de una ocasión he dicho que eso explica que una asamblea civil, como es nuestra corporación, esté presente en la basílica de Mercè el día de la celebración de la patrona de la ciudad y lo esté por la doble convicción de estar asistiendo a un acto que pertenece a la religión, pero también con la convicción de que se está asistiendo a un acto que pertenece a la cultura de la ciudad, a la historia de esta ciudad."

Desde 1637, en que fue nombrada patrona de Barcelona por el Consell de Cent, los barceloneses le rinden anualmente homenaje y por eso organizan las fiestas ciudadanas que lo acompañan. Este año el Consistorio ha decidido no asistir a la misa de la basílica de la Mercè ni a ningún otro acto religioso, lo cual está amparado por una decisión relativamente mayoritaria que ellos valorarán si es o no oportuno; pero también por primera vez quedarán excluidos del programa oficial de la ciudad; en el cual sí se incluirán los castellers y los gigantes y capgrossos, entre otros muchas actividades que el Ayuntamiento ha considerado apropiadas.

Como barceloneses lamentamos esta actitud de los responsables de una ciudad bimilenaria que hoy ignora incomprensiblemente sus raíces más generosamente heroicas y universales y generaciones de personas que llevaron por todo el mundo su escudo compuesto del escudo real y del de su catedral. Los capgrossos de hoy parecen valer más que generaciones que tuvieron la generosidad y coraje que hoy estamos reclamando en Europa. ¡Qué lástima!

A pesar de todo el día 24 y en la basílica de la Mercè, los feligreses cantarán, un año más, la vuelta de los gozos: "Princesa de Barcelona, protegiu nostra ciutat".