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(Josep Maria Carbonell, Eugeni Gay, David Jou, Jordi Lòpez Camps, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Francesc Torralba - La Vanguardia) En el siglo XXI la basílica de la Sagrada Família es, y será todavía más, el símbolo de Barcelona. Cuando las obras finalicen dentro de diez años, o menos, y culmine la torre principal de 172 metros, se convertirá en el edificio más alto de la ciudad, más que San Pedro del Vaticano, y casi el doble que la emblemática estatua de la Libertad en Nueva York. Será uno de los iconos arquitectónicos de la humanidad.

Su significación ya es evidente ahora, en plena construcción. En España, su atractivo sólo es comparable al Prado y la Alhambra. Es el segundo templo más visitado de Europa después de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano. Todos los años acceden a él más del doble de gente que la población de Barcelona, a los que hay que añadir los millones que lo admiran desde fuera. No es extraño que la guía más internacional, la de Robert Hughes, escriba: “La Sagrada Família es el emblema de la ciudad como la torre Eiffel de París o el puente de la bahía lo es de Sydney”. Aporta pres­tigio mundial, atractivo turístico y dinero.

El Ayuntamiento de Barcelona es bueno para explotar su imagen, pero es incapaz de reconocerle al mismo tiempo su valor. ¡Qué enorme contradicción!

París tiene la basílica del Sacré-Coeur y nunca ningún concejal de su Ayuntamiento, de la Francia laica y republicana, se ha atrevido a calificarla de “mona de Pascua”, como ha hecho el concejal de Urbanismo de Barcelona, Daniel Mòdol, equiparándola, con respecto a las exigencias administrativas, a un “andamio”. Qué tremendo desprecio por el patrimonio.

Hay que llamar las cosas por su nombre, con respeto pero con claridad: es público y notorio que en algunos renglones del gobierno político municipal tortura la idea de que el edificio más alto, más emblemático, de Barcelona, llegue a ser un templo católico. Y es que, para qué engañarnos, en el trasfondo de los periódicos ataques contra la Sagrada Família hay un espíritu beligerante con la presencia pública de la Iglesia.

Ciertamente la Sagrada Família tiene un profundo significado religioso, pero eso no significa nada en su contra, ni le quita nada de su significación arquitectónica y artística, que puede ser apreciada por todos los ciudadanos. Sólo desde el sectarismo se etiqueta la belleza. Dicho esto queremos subrayar que la Sagrada Família no debe ser un parque temático, sino un espacio donde sea posible meditar sobre lo que realmente da sentido a nuestras vidas, y lugar de encuentro con Dios. Esta es su principal finalidad.

La basílica es una obra del siglo XIX (1882) que finalizará en el siglo XXI. Empezó cuando el terreno donde se asentaba ni tan siquiera era de Barcelona, sino del municipio de Sant Martí de Provençals. Es el equivalente constructivo de una catedral, cuando empezaron a alzarse por toda Europa; es decir, de un esfuerzo extraordinario en la busca de una belleza diferente, un centro de atracción, un lugar privilegiado de culto, y una obra que trasciende en el tiempo a sus creadores, que raramente vivían los años necesarios para acabarla. Eran los discípulos, que entre la fidelidad y la propia reinterpretación, la terminaban. Era una obra de la comunidad. Eso ha sido Notre Dame, y Chartres, Aquisgrán y Colonia, Florencia, Canterbury, Santa María de Burgos y la propia catedral de Barcelona, entre muchas otras.

Y eso es la Sagrada Família. Si en todas ellas hubiera prosperado la tesis que algunos defienden; dejarla limitada a lo construido por Gaudí, ninguna de aquellas maravillas de la cultura europea existiría. Ahora, gracias al esfuerzo y el entusiasmo de los seguidores de Gaudí, y de la Iglesia, Barcelona añadirá en términos del siglo XXI la obra más emblemática de Europa. Pero no hay que recurrir a la lógica de los grandes templos medievales. Tenemos un ejemplo muy catalán y del siglo pasado. Si Poblet no se hubiera reconstruido, hoy pasearíamos por un montón de ruinas bien conservadas.

Gaudí planteó el templo como la continuación histórica de las catedrales, como expresión de la fe, de la técnica y de la voluntad de un pueblo. Dejó el conjunto definido en dibujos, descripciones y maquetas para las partes más significativas y dejó libertad a sus sucesores para desarrollar y completar su obra.

El atractivo turístico de la Sagrada Família incide de forma no siempre positiva en la vida del barrio. Sugerimos que la Junta Promotora en diálogo con el Ayuntamiento estudien iniciativas dirigidas a una relación más armoniosa con las personas y el territorio. La basílica, por su trascendencia, habría tenido que disfrutar de unas actuaciones más responsables por parte de los diferentes gobiernos municipales. Es necesario que la política municipal integre su naturaleza extraordinaria, trabajando juntos por el bien de Barcelona y de la Sagrada Família, templo y barrio. Sobran ventajas para alcanzar buenos resultados.