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(Josep M. Cullell, Eugeni Gay, David Jou, Jordi López Camps, Josep M. Carbonell, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Núria Sastre, Francesc Torralba - La Vanguardia)   Creo para entender y entiendo para creer (Credo ut intelligam et intelligo ut credam), es una célebre expresión que utiliza San Agustín (354-430) en uno de sus sermones y que después se hará suya San Anselmo de Canterbury (1033-1109), el autor del argumento ontológico de la existencia de Dios. Evocan un doble deseo inherente a la vida cristiana: el de creer y el de comprender. 

Comprender es más que entender. Es saber explicar los fenómenos, la génesis de lo que pasa, las causas que explican la realidad, es descender a las profundidades y atravesar la epidermis de los fenómenos. 

Como cristianos deseamos comprender lo que creemos, pero, a la vez, constatamos que la fe, lo que creemos, nos permite comprender de una forma especialmente atractiva y dinámica la condición humana, lo que somos, lo que hemos venido a hacer en este mundo, el mundo en que vivimos, los acontecimientos que tienen lugar y el sentido de la historia. 

La fe ilumina aspectos de la realidad humana, social, cultural y política que la razón por sí sola es incapaz de mostrar, pero, a la vez, la razón permite adentrarnos en las profundidades del mensaje que creemos y extraer progresivamente todo aquello de noble y de bello que esconde en su interior. Por eso, el cristianismo, como ha subrayado Joseph Ratzinger, el Papa emérito, es la religión del ágape (porque su mensaje esencial es el del amor gratuito y desinteresado) y la religión del logos, la razón divina que rige el mundo. 

No creemos que el mundo sea, como decía el premio Nobel de Bioquímica, Jacques Monod, fruto del azar y de la necesidad, ni que sea una suma de irracionalidades; ni un entretenimiento para salvar a los dioses del aburrimiento cósmico. Creemos que tiene un sentido, una orientación final; creemos que, en esta aventura, no estamos solos, que caminamos hacia un horizonte de plenitud, hacia el cual tendemos atravesando todo tipo de dificultades y de contrariedades. 

Creer es un acto libre y liberador, es asumir posibles verdades que trascienden, pero no niegan la razón. La fe nos pone en movimiento. Como ha subrayado el papa Francisco en Evangelii Gaudium, la fe nos mueve a salir de nosotros mismos para comunicar la alegría de lo que creemos, para dar a conocer en el mundo que la historia tiene un sentido, que la historia acabará bien, que la muerte no es la última palabra de la vida humana, que somos amados por un Dios que no se cansa de amar. Creer, sin embargo, no es un acto particular de los cristianos. Cualquier ser humano, para poder desarrollar su vida, tiene que hacer pequeños actos de confianza, tiene que depositar una cierta fe en sus propias fuerzas, en los proyectos que desarrolla, en las personas con quienes coopera, en las instituciones con que interactúa. Como ha dicho el sociólogo alemán Niklas Luhman, sin confianza, no es posible la vida social. 

Lo que nos diferencia a unos y a otros no es el acto de creer, sino el contenido de la fe y el modo en que creemos. Como expresa José Ortega y Gasset, las creencias forman parte de la vida humana, son el supuesto a partir del cual vivimos, crecemos y morimos. Muchas de las creencias que hay latentes en el cuerpo social son implícitas y nunca se someten a crítica. Se adoptan por inercia, porque forman parte del imaginario colectivo, pero no se cuestionan. 

También en nuestro imaginario colectivo posmoderno subsisten creencias que no son objeto de crítica, que se asumen de manera gratuita: es feliz quien tiene más poder adquisitivo, la vida está hecha para disfrutarla, el sacrificio es absurdo, la felicidad es el confort, la tecnología nos hace libres, creencias que tienen sus consecuencias sociales y económicas, porque las creencias nunca son inofensivas e influyen en las actitudes y en las formas de vivir. 

La fe cristiana no es una creencia cualquiera; es la adhesión libre y consciente a una persona en concreto, Jesús. Creemos que Él es la plenitud, la realización llena de la condición humana, la encarnación de Dios en la historia, la expresión del que es eterno en la temporalidad, del que es infinito en la finitud, del que es absoluto en la indigencia. La fe cristiana no es, pues, un vago sentimiento oceánico, ni una apertura al Infinito. Es creer que no estamos solos en la historia humana, que Alguien vela por nosotros, que Alguien nos ha llamado a dar lo mejor de nosotros mismos en el mundo. La fe cristiana tiene un objeto de creencia que, a la vez, es un sujeto que nos llama y nos convoca, a Jesús. 

Creer en Él exige un esfuerzo por comprender lo que dijo, lo que hizo, lo que silenció. Esta comprensión es un trabajo hermético multisecular que exige repensar, en cada generación, sus palabras, sus hechos, sus silencios. Creemos en Él, pero anhelamos comprender mejor lo que nos reveló y, sobre todo, queremos ser capaces de vivirlo en nuestra vida personal y comunitaria. 

La fe no es un grito desesperado, ni un acto ciego. Dios no es una ficción de la mente humana. La fe es un acto razonable que, a la vez, permite comprender a fondo la condición humana, la luz y la oscuridad que hay en el ser humano, la magnitud de bien y de lo que es capaz de realizar. La fe nos permite intuir razonablemente el sentido de la historia, las claves de la convivencia humana y nos llama a dotar de significado las esperanzas humanas. 

La hiperinformación actual, lejos de facilitar una comprensión honda de la realidad, genera una multiplicación de noticias, de microrrelatos sueltos sin conexión ni relación lógica que difícilmente podemos digerir, interpretar y captar en su profundidad. La hiperinformación, tal como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han, no garantiza más transparencia, ni ofrece una verdad. Creemos saber más porque estamos informados en todo momento, pero no podemos afirmar que somos más sabios, ni que vivimos más sabiamente. Ya lo afirma T.S. Eliot cuando se pregunta: "¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?" 

Creer es un acto libre, individual y comunitario, es confiar en Jesús como centro de la historia, en el valor de su mensaje. Es luchar por un ideal noble que no nos pertenece como cristianos, sino que deseamos compartir y vivir con otras personas, independientemente de cuáles sean sus legítimas opciones sociales, políticas o culturales.

Creer, sin embargo, no es fácil, ni entender tampoco. Pide una actitud de confianza, de humildad y de apertura de conciencia a realidades que, de entrada, no resultan evidentes. La fe, que es un don, tiene que encontrar al ser humano dispuesto a la aceptación. La fe es una puerta de acceso a una clase de entendimiento que amplía los límites de una comprensión estrictamente racional. 

Está en la cuestión de la humildad el reconocimiento del límite de las propias posibilidades y la aceptación que existe algo que nos sobrepasa. La actitud que sigue a la humildad es la de la confianza, una actitud mediante la cual una persona se dispone a creer con la esperanza de una transformación buena para él que será conseguida en un futuro. 

La confianza en que por la fe se entra en un reino de comprensión tiene que caracterizar la actitud del que espera entender justamente porque primero ha creído. Fe y razón sólo se oponen si la razón se sitúa únicamente antes de la fe, pero no se oponen si defendemos que la fe puede ser una llave para la razón para entender después de haber esperado y confiado. 

Estar dispuesto que lo extraordinario, lo que no tiene una explicación puramente racional invada nuestras vidas es el mejor camino para acabar entendiendo qué hay cuando se abre la puerta de la fe.

El mensaje de Jesús trasciende la historia, pero se arraiga en cada contexto histórico para transformarlo y ennoblecerlo. Nos da claves para comprender la naturaleza humana, el misterio que le es inherente y ofrece un relato de sentido, una gran cosmovisión. Y hoy, precisamente, lo que necesitamos es un gran relato que nos ponga en movimiento, un relato por el cual valga la pena luchar y dar los talentos que, gratuitamente, hemos recibido de Dios.