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(Josep M. Carbonell, Eugeni Gay, David Jou, Jordi López Camps, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Jordi Lòpez Camps, Núria Sastre, Francesc Torralba - La VanguardiaMuchos católicos percibimos la poca relevancia de la creencia religiosa en la vida de la mayoría de los catalanes. Según el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, sólo para un 9,5% de catalanes la fe es muy importante en sus vidas. Al mismo tiempo, la Iglesia recibe una baja valoración por parte de la sociedad catalana, inferior a la que obtiene en España, que a su vez es la menor entre los países europeos. Eso contrasta con su alta valoración en otros entornos, como Estados Unidos y América Latina, donde ocupa los primeros lugares o es la institución más valorada. La Iglesia crece en el mundo y se encoge en buena parte de Europa y en nuestra casa. Ante esta situación es normal que los catalanes cristianos nos preguntemos porque la creencia religiosa se ha vuelto tan poco central en la vida de las personas y porque la Iglesia es tan despreciada.

Una causa que a menudo se aduce es la complicidad de la Iglesia católica con el franquismo, pero la capacidad explicativa de esta interpretación es pequeña. En Catalu-nya, donde la influencia eclesial fue menor, la poca estima es mayor, y crece cuanto más joven es la población, con menos recuerdos de aquel periodo. Desde esta perspectiva, más bien nos inclinamos a pensar que algunas de las causas han sido una insuficiente capacidad generacional en la transmisión de la fe, una cierta supeditación de la esencia católica a ideologías que la instrumentalizan, y algunos aspectos de la misma Iglesia y del testimonio de los cristianos.

Algunas de estas causas son comunes a la cultura de la secularización y descreimiento, extendido en buena parte de Europa, que se manifiesta en una actitud hipercrítica hacia el cristianismo y la Iglesia, multiplicada por una presión mediática, especialmente hegemónica en Catalunya, que tiende a exagerar los defectos y errores, y a marginar la abundancia de buenos ejemplos.

Esta situación de desafección también invita a examinarnos y preguntarnos si somos testigos operantes y eficaces de la palabra de Dios. No es razonable que a pesar de la existencia de instituciones cristianas que tienen una gran aceptación social por su trabajo contra la pobreza y la exclusión, y a favor de la enseñanza, la atención hospitalaria a los más desvalidos, el servicio de los olvidados en las prisiones, y en muchos otros campos, tantos ciudadanos permanezcan indiferentes ante las motivaciones de este compromiso cristiano que forma parte de sus bases.

En demasiadas ocasiones, el anuncio de la fe queda enturbiado por una identidad débil, que se diluye en testimonios contradictorios y divisiones internas, en la facilidad para proclamar los valores del pluralismo, el diálogo interreligioso y el ecumenismo, y la poca capacidad para dialogar y cooperar con el hermano en la fe católica. En estas condiciones, la Buena Nueva no convoca a un cambio de vida, sino que aparece como la acomodación a unos intereses que tienen más de mundano que del Reino de Dios.

Hay que encontrar el equilibrio adecuado entre la lucha por la justicia, guiada por la caridad y la misericordia, siempre vehiculadas en los compromisos temporales, y el sentido escatológico, es decir nuestro destino final después de la muerte, y el de la humanidad y el universo, que aporta la experiencia cristiana. El sentido de ser sal y luz para el mundo significa vivir inmersos en su realidad con la mirada depositada no en él, sino en la Cruz y su anuncio redentor. Creemos que una parte de la Iglesia, por temor a la hostilidad de un sector de la sociedad, ha renunciado al testimonio de la fe, de la Buena Nueva, más allá de los entornos cálidos donde la pueden vivir y celebrar, y es también preocupante la fragilidad moral de muchos cristianos ante el relativismo de nuestro tiempo.

¿Qué podemos hacer los católicos ante esta situación? En primer lugar, entender que es una oportunidad para recuperar el sentido original de la fe y su vivencia comunitaria en la Iglesia. Los momentos actuales pueden parecer difíciles pero tenemos un pasado que avala la recuperación y el renacimiento. La Iglesia, a lo largo de su milenaria historia, ha vivido situaciones similares y ha continuado porque Dios no se acaba a pesar de las limitaciones humanas. Estamos llamados a ser testigos de la Luz en tiempo de oscuridades espirituales pero con anhelo de plenitud y resurrección. Tenemos que seguir andando al lado de las personas, abriendo caminos de esperanza para aquellos que buscamos respuestas ante las preguntas que han acompañado siempre la humanidad. Ante esta situación la Iglesia tiene que ofrecer a la sociedad la joya de la fe, la misericordia que transforma los corazones y la espiritualidad destilada a través de la contemplación y la acción a favor de la justicia. Los cristianos tenemos que testimoniar el amor obstinado de Dios por los pobres, los desvalidos y marginados. El seguimiento de la causa de Jesús nos proporciona un camino para vencer los egoísmos que endurecen nuestro corazón ante el dolor de la humanidad. En una sociedad en que tantos vínculos han sido destruidos, la comunidad es esencial como experiencia de vida, trabajo y proyecto, como lugar donde transmitir, educar, servir y celebrar, y compartir unos acuerdos fundamentales. La familia y la parroquia son dos comunidades fundamentales que hay que reforzar.

Nos toca ser más pedagógicos a la hora de explicar el sentido y el mensaje de nuestra fe. La Iglesia tiene que hacerse presente en el mundo renunciando a los antiguos monopolios de la creencia y aportar el proyecto de salvación que da sentido a la tradición cristiana, sin complejos de inferioridad, convencidos de que todavía es vigente el seguimiento de la causa de Jesús.

El tipo de conducta, el modelo de vida, de familia y de compromiso social que propone el cristianismo, aporta ventajas concretas que se tienen que exponer con nitidez. Tenemos que hacer renacer la educación y la experiencia en las virtudes, sin las cuales los valores son inalcanzables. Hoy, necesitamos reflexionar sobre el sentido del pecado y las virtudes. Para responder a la menor relevancia cultural de la experiencia cristiana en nuestra sociedad, tenemos que construir y difundir un proyecto cultural capaz de proponer un marco de referencia que aporte más sentido humano, más plenitud y armonía a la vida cotidiana. La Doctrina Social de la Iglesia es un referente útil para vencer las graves injusticias que son causa de pobreza y marginación. Es necesario prestar más atención a la preparación de los sacerdotes para desarrollar su actividad pastoral y formar mejor a los laicos con el fin de testimoniar la fe en los diferentes ámbitos de la vida.

La cuestión de las estructuras y significantes eclesiales tiene relevancia especial con respecto a los jóvenes. La juventud catalana no ha tenido una experiencia vivida de pertenencia eclesial y las noticias que tienen sobre la fe están mediatizadas por los medios de comunicación, que proyectan una imagen eclesial distorsionada. La Iglesia tiene que saber acercarse a los jóvenes con un lenguaje y unos medios que les resulten comprensibles.

Finalmente, se han de mejorar muchos aspectos de la vida eclesial. Los católicos tenemos que saber proponer a la sociedad la riqueza litúrgica que manifiesta la belleza sensible de la relación de los individuos con Dios. Se tiene que prestar más atención a la proclamación y predicación de la Palabra, a la preparación de los laicos con el fin de poder participar activamente en este servicio. Es necesario abrir más tiempo las iglesias con el fin de ofrecer un lugar de acogimiento, reposo y paz. Se tiene que transformar el concepto de iglesia diocesana. Todas las estructuras diocesanas tienen que ser lugares privilegiados donde vivir y transmitir la fe, hacia dentro y hacia fuera. Las diócesis tienen que transformar sus estructuras haciéndolas más participativas, ampliando los ámbitos de responsabilidad a los laicos y testimoniando progresos significativos en relación a la participación de las mujeres en la vida eclesial.

Hay que fortalecer la Iglesia católica en Catalunya. Si no lo sabemos hacer, corremos el riesgo de convertirnos en una minúscula realidad de fe sumergida bajo grande estructuras que aparentemente funcionan, pero poco exitosas para transmitir a la sociedad el anuncio jubiloso de la Buena Nueva.