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El viernes se hizo público oficialmente que Juan José Omella será el nuevo arzobispo de Barcelona. La trascendencia de este nombramiento va más allá estrictamente de la Iglesia de Barcelona. CatalunyaReligió.cat expresa públicamente la bienvenida a este pastor, catalanoparlante de la Franja, y que responde a una línea impulsada por el papa Francisco, acogedora, preocupada por los débiles, dialogante, y alejada de un estilo de ostentación y de privilegios.

La Iglesia de Barcelona tiene un perfil propio, con luces y sombras, inmersa en un proceso de secularización como todas las iglesias de la Europa occidental. Una Iglesia que, a pesar de las dificultades, mantiene su dinamismo y su acción evangélica en todo tipo de ámbitos, como el arzobispo Juan José ha reconocido, con una humildad que le honra, en la primera comunicación pastoral. Una Iglesia, en fin, que ha acogido con entusiasmo el mensaje renovador del papa Francisco.

Es conocida y destacada la preocupación social de Juan José Omella. Una preocupación que nace de la vivencia del Evangelio, no de una adaptación a la actual coyuntura eclesiástica. En este sentido, los ambientes de la Iglesia de Cataluña con los que Omella puede sintonizar mejor no se han nunca quedado atrás.

Hay que recordar que en Cataluña la explosión de fundaciones y congregaciones religiosas del XIX surgió de un celo apostólico y misionero, pero siempre tuvo una fuerte implicación social en sectores entonces abandonados como el de la educación, la sanidad, la infancia, las mujeres, la vejez o los obreros. La iglesia de la posguerra y los años del Vaticano II también mostró su acogida humana, y por tanto evangélica, a todos los que venían de fuera de Cataluña, acompañándolos en la reivindicación de sus derechos sociales y de su dignidad como personas. En el caso de Barcelona, ​​fueron muchos los sacerdotes que hicieron la opción de ir a servir a las periferias y los suburbios. Y, ya es más conocido, que en los últimos años muchos de los que ha dejado caer la economía excluyente han encontrado el apoyo de la red de solidaridad de la Iglesia, que llega a todos los rincones del país. No se ha preguntado a nadie de dónde venía; sólo que necesitaba y como se le podía ayudar.

En este contexto, la tarea de monseñor Omella será acompañar, animar y dar la cara de este sobradamente demostrado compromiso social de la Iglesia en Cataluña.

Juan José Omella llega a una Iglesia milenaria, que ha contribuido decisivamente a la configuración de la identidad catalana y de nuestro país, como lo subrayaban los obispos catalanes en el documento colectivo “Arrels Cristianes de Catalunya”, redactado por un obispo catalán, conocido y querido por el nuevo arzobispo de Barcelona. Esta aportación también es fruto de la aportación cultural e intelectual en la que han destacado muchas instituciones y eclesiásticos catalanes a lo largo de los siglos. En buena parte, la lengua, la cultura y el pensamiento del país se han forjado y se han mantenido en tiempos difíciles y de persecución gracias al compromiso de la Iglesia con su pueblo.

Ahora muchos sacerdotes y fieles de la archidiócesis se encuentran comprometidos en el presente de la historia de Cataluña. Ya en 1985, en Arrels Cristianes de Catalunya, documento avalado por la Santa Sede, los obispos señalaban: "damos fe de la realidad nacional de Cataluña". Veinticinco años después, los obispos catalanes se reafirman en los contenidos de sus predecesores y defienden "el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos".

No podemos ignorar el hecho de que el nombramiento de Omella se produzca después de los nombramientos de los obispos de Lleida y Tortosa, también ajenos a la dinámica pastoral de la realidad catalana. Un capítulo más de una larga tradición. Una realidad que, entre otras razones, posiblemente responde a intereses extraeclesiales, como han reconocido incluso ministros o presidentes del Gobierno, que se han jactado públicamente de sus gestiones ante la Santa Sede para influir en el nombramiento de los obispos. Pero los sectores que estos días celebran el hecho de que Omella no sea catalán confunden la Iglesia con una instancia partidista políticamente.

Tenemos la convicción de que el obispo Omella será un buen arzobispo, capaz de construir puentes y de integrar las diferentes sensibilidades. Primero debe captar la realidad, compleja y diversa, de la Iglesia de Barcelona y del resto de Iglesias que peregrinan en Cataluña. En esta inmersión de la realidad contará con nuestro apoyo y el de todos aquellos que se esfuerzan por construir una Iglesia comprometida, arraigada y fiel al Vaticano II y al Concilio Provincial Tarraconense.

Al mismo tiempo, estamos convencidos de que, con su proximidad al Papa, contribuirá decisivamente a hacer entender a la Santa Sede que, en el terreno eclesial, y especialmente en los nombramientos episcopales, también aspiramos a ser un país reconocido. No en vano el episcopado catalán ha tenido entre sus prioridades la formación espiritual, intelectual, humana y universal de sus clérigos. La estrecha relación que mantiene el nuevo arzobispo con el Papa Francisco y su presencia en la Congregación para los Obispos estamos seguros de que ayudará. Somos una Iglesia que incluso canta su romanidad en el Credo.

Hoy, la Iglesia catalana ofrece a la sociedad un compromiso social insustituible junto a los más débiles, una red de escuelas y de universidades de excelencia que son un pilar del sistema educativo y de su constante renovación, una vitalidad cultural, espiritual y formativa que hacen un país más rico, un tejido asociativo y una presencia que llega a todos los rincones de Cataluña. A través de ellos quiere proponer y hacer llegar a todos la alegría del Evangelio. Ahora continuará caminando junto al nuevo arzobispo de Barcelona.

Bienvenido, arzobispo Omella, ¡confiamos en usted! Nos tiene a su lado.

Josep Maria Carbonell y Carles Duarte, copresidentes del Consejo Editorial de CatalunyaReligió.cat