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(Josep Maria Carbonell, Josep Maria Cullell, Eugeni Gay Montalvo, David Jou, Jordi López Camps, Josep Miró i Ardèvol, Francesc Torralba / La Vanguardia) La aparición del Estado Islámico ha hecho más consciente la opinión pública de la difícil situación de los cristianos en los territorios de Iraq y Siria gobernados por el terrorismo islamista. El papa Francisco lo ha destacado en su reciente viaje a Turquía al calificar de angustiante la situación que se vive en aquellos países. Para estos extremistas, no tiene que haber más religión que el islam. Guiados por el fanatismo, persiguen a los practicantes de las otras confesiones religiosas que son forzados a convertirse, pagar un impuesto o exiliarse, y en otros casos son directamente exterminados. El principal frente de persecución de los cristianos en Oriente Próximo es el extremismo islamista, pero también contribuyen las delaciones por parte de vecinos, conocidos o compañeros de trabajo por el hecho de no ser musulmanes.

Los cristianos nos sentimos dramáticamente interpelados por el concepto violento de la religión que tiene el extremismo islámico que, cómo ha dicho al papa Francisco, "parece que quiera borrar toda huella, cualquier memoria del otro." Llamamos a los ciudadanos, a los liderazgos sociales, culturales y políticos, a los gobiernos y a los organismos internacionales a actuar decididamente para evitar estas prácticas genocidas que pretenden el exterminio o la expulsión de grupos sociales en razón de sus creencias.

Estos comportamientos invitan a repensar los vínculos entre las diferentes religiones y, de manera particular, entre el cristianismo y el islam. Mientras que aquí los vínculos entre cristianos y musulmanes son de respeto y cooperación, no pasa lo mismo con los cristianos residentes en países con gobiernos guiados por principios islamistas, en los que no hay libertad religiosa, la práctica cristiana está limitada o prohibida, con penas graves, y la conversión al cristianismo está duramente perseguida. Esta realidad es relativamente nueva. La irrupción de una gobernanza permeable a los principios políticos islámicos ha alterado la costumbre secular de respeto y armonía practicada durante años por los antiguos gobiernos laicos.

Hoy, la situación de los cristianos en países de Oriente Medio, del suroeste de Asia y de algunos de África es crítica, especialmente cuando hay una presión social de grupos fundamentalistas radicales. Antiguas tradiciones cristianas, muchas de ellas vinculadas a los orígenes de nuestra fe, habían sobrevivido en paz y concordia en los territorios donde nacieron, gracias al respeto secular del islam cuando no tenía pretensiones de hegemonía política.

La coexistencia del islam con otras religiones no es fácil en la mayoría de países donde los cimientos de las instituciones políticas se inspiran en las leyes islámicas. Por más que haya un reconocimiento formal de la pluralidad religiosa, la práctica aporta bastantes evidencias sobre el padecimiento de las comunidades cristianas. Hay momentos de verdadera persecución religiosa hasta el extremo del martirio. En otros casos, la presión es más cultural, pero no menos relevante: en algunos países los cristianos no pueden celebrar la eucaristía con vino en razón de la prohibición islámica de consumo de alcohol. Son manifestaciones de una realidad opresiva y asfixiante.

Que en algunas religiones haya grupos que propongan el retorno a sus orígenes no tiene que ser interpretado como síntoma de regresión. En muchas ocasiones, recuperar aspectos de la originalidad primigenia ayuda a sacar adherencias culturales que han podido desvirtuar el sentido de las religiones. Pero no siempre este proceso se hace de manera liberadora. Cuando las posiciones son extremas y rigoristas, normalmente cierran más las religiones y las hacen refractarias al diálogo. En estos casos, acostumbran a imponerse interpretaciones literales y cerradas en conceptos religiosos manipulados. Eso es lo que hacen hoy los movimientos islámicos autoproclamados salafistas. La mayoría de ellos reinterpretan, de forma excluyente y sectaria, las aportaciones de las primitivas comunidades seguidoras del profeta Mahoma.

A pesar de los momentos dramáticos en las relaciones entre cristianos y musulmanes en muchos países, no se tiene la misma sensación si situamos la mirada a nivel institucional. Desde hace tiempo, representantes institucionales de la Iglesia católica y del islam se encuentran regularmente para dialogar. El papa emérito Benedicto XVI impulsó varias iniciativas para crear un marco estable de relación de los católicos con el mundo musulmán. Un ejemplo son los encuentros propiciados por el Centro para el Diálogo Interreligioso de la Organización para la Cultura y las Relaciones Islámicas de Teherán (Irán) y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso.

Algunas propuestas de estos encuentros tienen hoy un especial interés. Por ejemplo, se propone que cualquier sociedad tiene que reconocer que los creyentes y las comunidades religiosas, sobre la base de su fe, tienen un papel específico a ejercer en la sociedad, en plan de igualdad con los otros ciudadanos. Se afirma que la religión posee una dimensión social propia que el Estado tiene la obligación de respetar. Por eso, hace falta que cristianos y musulmanes, así como otros creyentes y todas las personas de buena voluntad, cooperen a responder a los desafíos actuales, promoviendo los valores morales, la justicia y la paz.

Sin embargo, aparte de estos propósitos, la dramática situación de los cristianos, y de otras comunidades religiosas y étnicas minoritarias exige hacer una denuncia contundente. Ante esta situación los cristianos de aquí tenemos que ser solidarios con los cristianos de Oriente Medio. Hay que reprobar con vigor aquellos actos que fomentan odio, animadversión o exclusión contra otras religiones en cualquier país. Hay que reclamar esta actitud a las máximas autoridades religiosas, especialmente las musulmanas, y denunciar la inmoralidad de aquellas interpretaciones religiosas que aducen razones de fe para justificar crímenes y la vulneración de derechos humanos básicos.

Desde Occidente no nos podemos desentender de esta realidad. El islamismo político extendido actualmente en muchos países árabes puede interpretarse como reacción a los intereses de la geopolítica mundial que desarticuló el imperio otomano ahora hace cien años, o a problemas más próximos, como la segunda guerra del Golfo. La disgregación del imperio otomano en múltiples estados con fuerte huella del islam favoreció, años más tarde, el surgimiento de una conciencia política que propuso como alternativa unificadora de estos países una concepción moderna del islamismo político. Esta situación, en algunos casos, derivó en una radicalidad extrema que condujo a la aparición del terrorismo islamista moderno. Nos duele saber que el Estado Islámico ha sido financiado durante mucho tiempo con dinero proveniente de países árabes considerados amigos de Occidente.

Como católicos que vivimos en una sociedad occidental nos gustaría que las relaciones del cristianismo con el islam se consolidaran sobre la base de la confianza. Entre cristianos y musulmanes, estamos llamados a respetar la religión del otro, sus enseñanzas, sus símbolos. Por eso hay que tener un "respeto especial por los líderes religiosos y los lugares de culto" de toda religión, tal como ha expresado el papa Francisco. Finalmente, no estaría de más que los cristianos europeos nos sintiéramos interpelados por el coraje de estos cristianos perseguidos, en comparación con la tibieza, la negligencia o el desvanecimiento del cristianismo europeo.