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(Laura Mor CR) Si hace diez años hubieran dicho a los misioneros diocesanos de Barcelona que la pacífica zona del Extremo Norte de Camerún sería en poco tiempo un escenario de guerra, con caminos llenos de minas, ataques indiscriminados, pueblos fantasmas y campamentos de refugiados no se lo habrían creído. Ni ellos ni la decena de comunidades cristianas que desde aquí les apoyan. La misión católica que la Iglesia de Barcelona forjó en el corazón de África Sud-sahariana –hoy gestionada por comunidades locales y laicos extranjeros– vive en medio de un conflicto interfronterizo muy desconocido, con actores internacionales tan potentes como Nigeria y el Estado Islámico.

Uno de los tres sacerdotes catalanes que vivió en la misión los últimos años, Miguel Ángel Pérez, considera fundamental mantener las escuelas abiertas: "Los profesores ahora son muy valientes y hay muchos alumnos. Si desde aquí no ayudásemos las escuelas cerrarían". En concreto, dice que desde la ONG Blangoua-Makary –el actual enlace con la misión– habían previsto inicialmente financiar sólo un 40% del coste total de estos centros educativos. Pero el cierre de fronteras ha empobrecido la región y, como consecuencia, las comunidades camerunesas necesitan hasta un 80% de ayuda externa para asumir todos los gastos.

En la misma línea, el laico italiano Fabio Mussi, delegado diocesano de desarrollo, sanidad y educación en la región, pidió no abandonar los proyectos a largo plazo, a pesar de la necesidad de afrontar la emergencia desde un punto de vista de sanidad y de alimentación. En octubre insistía: "Nosotros, como Iglesia, debemos restar cercanos a la gente, especialmente a los más vulnerables".

Desigualdades que alimentan Boko Haram

Desde sus inicio en 1976, la misión ya identificó como el acceso a la educación había transformado la región. Su escuela abría puertas indistintamente a los alumnos cristianos, una minoría, y al grueso de musulmanes. La convivencia siempre fue buena, recuerda Pérez. Pero la progresiva llegada del islamismo extremista dio la vuelta a la situación.

Según explica Miguel Ángel, "las chicas que van a escuela son niñas que reclaman sus derechos, y para un sistema tradicional esto es una amenaza". Y explica que 'Boko Haram' significa 'libro prohibido'. Este movimiento entiende la educación como una herramienta peligrosa. "Es una reacción primaria. Quieren un mundo machista, y si la mujer se libera, todo cambia". En este clima de presión, la violencia está al orden del día y mantener las escuelas abiertas se ha convertido en toda una proeza.

Con todo, "Boko Haram ha capitalizado un malestar, es una revuelta del norte contra el sur", asegura Miguel Ángel. Por un lado, hay un norte "olvidado y empobrecido"; por otro, el sur nigeriano enriquecido por ser la primera potencia africana en exportar petróleo. Esta es una de las explicaciones que presenta un conflicto que hoy tiene muchos escenarios en todo el mundo.

En verano, el sacerdote espírita Juan Antonio Ayanz explicaba la incertidumbre con la que viven los misioneros en la zona. Incluso el obispo camerunés Yaouda Barthèlemy recomendó a los curas de la zona de esconderse por la noche fuera de sus casas.

Y en septiembre las poblaciones de Blangoua, Darak, Makari, Hile Halifa, Fotocol, Goulfey, Kousseri y Waza contaban con más de treinta y cinco mil refugiados nigerianos y desplazados cameruneses. Las últimas noticias son poco alentadoras y el país sigue reclamando ayuda internacional para frenar la acción violenta del movimiento terrorista Boko Haram.

El Extremo Norte de Camerún: "Algo muy nuestro"

"Con tantos frentes abiertos en el mundo existe el peligro de olvidarse de algunos conflictos. Pero todas las construcciones allí están hechas gracias a Cataluña, es algo muy nuestra", dijo Miguel Ángel Pérez recordando también la tarea que lideraron Jordi Mas y Cisco Pausas en la zona. Y lo hicieron con el apoyo de grupos de tercer mundo y comunidades de Vilanova i la Geltrú, Vilafranca, Sant Sadurní d'Anoia, Mollet del Vallès, La Garriga, Santa Eulàlia de Ronçana, Santa Coloma y de los barrios de Sant Gervasi y el Poblenou de Barcelona, ​​entre otros.

Los próximos meses la ONG Blangoua-Makari continuará realizando tareas de sensibilización para poder financiar la respuesta de urgencia que exige el momento, como los pozos de agua potable, la construcción de letrinas o la adecuación de espacios a los refugiados y desplazados que llegan a la misión.