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(CR) Hasta trece veces han interrumpido los eurodiputados de todas las tendencias el discurso del papa Francisco en el Parlamento Europeo de este martes por la mañana. Un discurso que ha cerrado con una petición muy clara: "Ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire alrededor de la economía, sino de la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables". Un discurso en sintonía con las demandas de muchos ciudadanos europeos.

Francisco ha pedido que abandone "la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma" para pasar a "Europa protagonista" y "referencia para toda la humanidad". Un discurso, que ha completado después en la sede del Consejo de Europa reivindicando una Europa que se entienda a sí misma como una realidad "poliédrica".

Francisco ha dicho que querría "enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento" y las claves que ha dado el Papa para hacer realidad estos propósitos son la dignidad de la persona y la apertura a la trascendencia. Ha recordado el lema de la Unión Europea, "Unidad en la diversidad", "donde la unidad no significa uniformidad" sino vivir "la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida que hace cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin miedo". "Considero que Europa es una familia de pueblos" que al poner en el centro a la persona humana debe "dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular o como pueblo".

Instituciones distantes

También ha hecho un aviso a las instituciones cuando su gestión "termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político". En una defensa clara de la democracia como mejor instrumento de gobernanza, como "fuerza política expresiva de los pueblos que hay que evitar que sea desplacada ante las presiones de intereses multinacionales, que las hacen más débiles y las transforman en sistemas uniformadores del poder financiero al servicio de imperios desconocidos".

Para el Papa, en los últimos años "ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso nocivas". Y esto ha llevado a "una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa mujer que ya no es fértil ni vivaz. En los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones". Una fuerte crítica al funcionamiento institucional de la Unión Europea que también ha sido aplaudido por los eurodiputados.

Una dignidad trascendente

Dentro del respeto de la dignidad humana, una "dignidad trascendente", ha aterrizado en varios puntos. Ha hablado "de favorecer las políticas de empleo, pero hay sobre todo que volver a dar dignidad al trabajo" y "conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas lalaborales". También ha alertado contra la soledad, especialmente de las personas mayores: "una de las enfermedades más extendidas hoy en Europa es la soledad". Un soledad que "se ha agudizado por la crisis económica".

Otro diagnóstico de Francisco es el individualismo "que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico" y con el que "se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el que sus derechos y deberes están conectados a los demás y al bien común de la sociedad misma". Un peligro junto con el "predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político" donde "el ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, por lo que cuando la vida ya no sirve a este mecanismo se la descarta, como en el caso de los enfermos, los enfermos terminales, los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer".

El Papa aprovechó la tribuna internacional para denunciar otros grandes drames actuales. Ha hablado crudamente de las "numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas y particularmente cristianas. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos".

Ha hablado de ecología y ha pedido respeto a la creación. Y ponerla al servicio de las personas: "No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras tablas. Junto a una ecología ambiental, hay una ecología humana, hecha del respeto de la persona".

Y se refirió una vez más duramente al trato que recibe la inmigración: "No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda ".

"El alma buena"

Finalmente, el Papa también pidió a los eurodiputados "trabajar para que Europa redescubra su alma buena". Y que se valore "la apertura a la trascendencia" como un instrumento para "afirmar la centralidad de la persona humana, que de otra manera estaría en manos de las modas y poderes del momento".

En este sentido, el Papa ha ofrecido la propuesta cristiana como una "contribución que no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento". Una propuesta que ha enlazado con la de los fundadores de la Unión y "los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona".