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(Josep Maria Carbonell, Josep Maria Cullell, Eugeni Gay Montalvo, David Jou, Jordi López Camps, Josep Miró i Ardèvol, Francesc Torralba / La Vanguardia) Las transformaciones que están experimentando las grandes ciudades del mundo obligan a pensar, a fondo, el sentido, la razón de ser y la función que juega la parroquia en este escenario caracterizado por la complejidad, la movilidad y la incertidumbre.

La aceleración de los ritmos de vida, la multiplicación de comunidades morales extrañas entre sí que cohabitan en el mismo espacio urbano, la creciente desvinculación y la irrupción de nuevas formas de liderazgos sociales y políticos son elementos que inciden, de una manera directa o indirecta, en la vida de la parroquia, en su inserción en el mundo urbano, porque la parroquia no es un elemento impermeable en la sociedad, sino una caja de resonancia de lo que ocurre a su alrededor, pero, a la vez, es un actor decisivo que aspira a tener un papel y a convertirse en una verdadera comunidad de acogida y de sentido.

La parroquia sigue presente en este escenario difícil de diagnosticar. Algunos consideran que es una reliquia del pasado, el pálido recuerdo de una sociedad hegemónicamente cristiana que rendía culto a Dios y se arrepentía de sus pecados antes de comulgar. La realidad, sin embargo, lleva a la reflexión. Muchos jóvenes no entran nunca. No han sido bautizados, ni han recibido la primera comunión. La parroquia es un espacio irrelevante en sus vidas. Muchos adultos han dejado de entrar. No han encontrado lo que buscaban o se han alejado por fatiga o dejadez.

Una gran parte de los usuarios habituales de las parroquias (nos referimos estrictamente a la Europa occidental) son personas mayores que no solamente participan de la vida litúrgica y ritual, sino que, además, se implican generosamente en las tareas sociales, educativas, pastorales y administrativas para convertir la parroquia en una célula viva en medio de la gran urbe. Los párrocos, las mujeres y los ancianos son la fuerza motriz de las parroquias. Sin este don generoso no podrían sostenerse, ni hacer todo el conjunto de actividades que despliegan.

Algunos creen esencial cambiar el modo de presencia cristiana en la sociedad de masas, que hace falta abandonar esta organización de tipo espacial e imaginar otras formas innovadoras de hacer presente el cristianismo en el mundo. Argumentan que la falta de vocaciones religiosas y la poca participación en la eucaristía dominical justifican la necesidad de cambiar de modelo y virar hacia un nuevo paradigma, más ligado a los segmentos sociales y no tanto al territorio. Hay infraestructuras -dicen- pero no hay personas para llenarlas.

La finalidad primordial de una religión como la cristiana es insertarse en el cuerpo social, hacerse presente en la vida de las personas, responder lúcidamente a sus angustias y padecimientos a la luz de la Palabra revelada de Dios. Estar en el mundo, con sus claroscuros, es la misión de una religión que tiene como categoría teológica central la encarnación. Estar justo en medio de la ciudad es una necesidad del cristianismo, estar de una manera amable y luminosa es una exigencia para que la parroquia se vuelva creíble y significativa, para que sea el espacio de encuentro íntimo y personal con Dios, la ocasión para trascender y escuchar el llamamiento de Dios.

Entendemos que la existencia de la parroquia justo en medio de la ciudad es un signo valioso, por sí mismo, que hace falta destacar. Eso no quiere decir que no haya que hacer un esfuerzo creativo y audaz para llegar a los colectivos que nunca entran, o sólo esporádicamente a propósito de alguna celebración. El papa Francisco, en Evangelii Gaudium, nos exhorta a salir de nosotros mismos, a ser creativos y dirigirnos hacia afuera, a abandonar las zonas de confort para hacernos presentes en las periferias del mundo. La parroquia ocupa un lugar físico de la ciudad, pero está llamada a abrirse a su alrededor y, a la vez, a convertirse en un sitio significativo, especialmente en un universo donde se multiplican los no lugares o los espacios del anonimato (Marc Augé).

La parroquia es una pequeña esfera de acogida, un ámbito permeable que acoge y abre las puertas, especialmente en los grupos más vulnerables de la sociedad. Es una comunidad atenta a las necesidades del entorno. Ha tenido y tiene una función paliativa determinante en esta trágica crisis económica y social que estamos sufriendo. Muchos ciudadanos, creyentes y no creyentes, también fieles de otras confesiones, encuentran en la parroquia refugio, bálsamo, consuelo, la respuesta eficiente y eficaz a los problemas derivados de la crisis. No siempre se reconoce lo bastante este capital social que aporta la parroquia, pero es justo reconocerlo, así como también lo que tienen otras comunidades religiosas en el conjunto de la sociedad catalana. Sin la colaboración gratuita de muchos feligreses, sobre todo mujeres y, generalmente, de edad avanzada, no podrían desarrollarse las funciones sociales, formativas de la parroquia.

Pero la iglesia, como ha subrayado con énfasis el papa Francisco, no es una oenegé, ni está llamada a convertirse en el tapaagujeros, para decirlo con la expresión de Dietrich Bonhoeffer, de un sistema económico que mata, cómo se afirma en Evangelii gaudium. Está llamada a ser un lugar de consuelo, de refugio, un ámbito donde sea posible hacer experiencia de la infinita bondad de un Dios que vela por cada uno de nosotros incluso en la más oscura de las noches. No es un fin en sí mismo, es un instrumento al servicio de algo que la trasciende. Por eso, la dimensión espiritual es básica, una dimensión que se traduce en la celebración de la eucaristía, al oír la Palabra de Dios que, como un don, se nos regala cada día, porque a la luz de esta Palabra, examinamos la vida y orientamos la existencia hacia Cristo. Es lugar de celebración en comunidad. Sólo eso es profundamente cultural en una sociedad caracterizada por la fragmentación y el hiperindividualismo (G. Lipovetsky) y por la ideología de la rentabilidad (Chul Han) que acaba destruyendo el domingo como espacio dedicado a la oración y a la contemplación. El homo laborans potenciado unidimensionalmente por esta cultura del rendimiento deja pocos intersticios para la plegaria, la meditación, la escucha de la Palabra y el examen de conciencia, capacidades propias del ser humano como homo orans que es.

La parroquia es un nodo social, un generador de capital ético y social porque genera lazos, encuentros, cohesiona personas y generaciones y crea vínculos de bienquerencia. Muchos ciudadanos, sin embargo, ven en la parroquia un lugar de servicios sociales, pero pocos ven un ámbito de crecimiento espiritual, una esfera donde sea posible hacer silencio y encontrarse sinceramente con Dios. No son pocos los ciudadanos que buscan, legítimamente, en otros ámbitos el cultivo de su vida interior, el desarrollo de su sentido de trascendencia. La parroquia, sin embargo, no puede desfallecer en su voluntad de devenir una comunidad de acogida y de sentido.

Hay que abrir las puertas de par en par. Los procesos espirituales de cada persona son complejos y, a veces, una fuente de sufrimientos y padecimientos emocionales que requieren un acompañamiento con atención y delicadeza. Muchos ciudadanos encuentran en la parroquia a alguien que los escucha, que dedica tiempo a escuchar personas que sufren todo tipo de sufrimientos y que esperan, con verdadera desazón, un relato verosímil que dé sentido, que cure sus heridas, una Palabra que vertebre el sentido de la existencia, en definitiva, una chorro de esperanza que permita afrontar las aristas de la vida cotidiana.

Por todo ello, consideramos justo reconocer el capital social y espiritual que aporta la parroquia en nuestras sociedades. Entendemos que es básico ayudar a los presbíteros en su difícil tarea de acoger a todo el mundo y de llegar a todos los colectivos. Los laicos estamos llamados a hacernos corresponsables de esta misión, a aportar lo mejor de nuestro talento para que las parroquias tengan el vigor que deseamos y sean focos de luz y de sentido.