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(CR) La Basílica de Sant Just i Pastor de Barcelona ha acogido este lunes el funeral del editor catalán y fundador de la editorial Quaderns Crema, Jaume Vallcorba, muerto el sábado debido a un cáncer. El jesuita Jordi Font ha presidido la celebración de despedida. A continuación, encontraréis el texto íntegro, tanto de la homilía como de las palabras de despedida que expresó el decano de la Facultat de Teologia de Catalunya, Armand Puig:

Homilía del jesuita Jordi Font

Familiares, amigas y amigos,

Quienes hemos estado en los últimos momentos con Jaume hemos visto cómo se ha ido apagando lentamente, dando gracias, agradeciendo a todos, recitando oraciones, que le salían de su interior tierno, palabras vividas como nunca. Se apagaba una vida pletórica, fecundamente rica.

Hace tres meses, de repente apareció el síntoma letal, se le dice que será pronto su final. Recuerdo el momento en que, profundamente afectado y bien consciente, dijo que lo aceptaba todo, del todo.

Después viene el lento y la dura despedida de quienes quiere, de todo aquello que deja. Ahora, creemos que ha empezado, o mejor, ya ha llegado a ver aquello que anhelamos sin quizás saberlo.

Jaume quiso escoger el lugar, este templo, los cantos y melodías en armonía de conjunto para la celebración de esta eucaristía, estando él de cuerpo presente. Pienso que las lecturas que acabamos de leer son como él las habría querido, densas y transparentes.

Jaume quería vivir y expresar el sentimiento de humildad, que no de impotencia ante Dios, del Dios de todos, de todo el mundo, del Dios inefable.

Y quería expresar la fe en Dios, del Dios que nos deja ante el más incomprensible misterio, pero con el convencimiento que nos trae el confiar, el “creer en aquel de quien me he fiado y que nos da paz al corazón".

Muchos de vosotros podréis decir mucho más y mejor de las dimensiones y de la personalidad de Jaume. De su rica y luminosa vida intelectual y de relación personal, marcadas por una intensa avidez espiritual nacida de su profunda humanidad.

Ahora me quedo solo con un regalo que he recibido de él, y que se puede decir en dos palabras: la fidelidad, nacida de una estimación que brota de dentro.

Acabo con una petición ahora que él nos contempla, nos ve y nos quiere de otro modo, de la manera de querer cuando uno vive la Vida en Dios. Ahora le pido, pues, que Dios nos conceda un poco del espíritu de sabiduría, de comprensión fonda, y de apertura, sin miedos, que nos dé fuerzas y alegría para vivir y ayudar a vivir en los otros, tal como él quiso hacer.

Palabras de despedida del decano de la Facultat de Teologia de Catalunya, Armand Puig

A Jaume Vallcorba

Jaume, amigo,

Has elegido el «Requiem» de Gabriel Fauré, pero también te habría complacido la segunda sinfonía de Gustav Mahler, «Resurrección», o la «Misa pro Defunctis» de Johannes Ockeghem. En cualquier caso, querías que escucháramos al gran Bach, el músico que hermana la espiritualidad con la definición contrapuntística más elevada. Y por eso hemos empezado esta celebración con la cantata del domingo decimoquinto después de la fiesta de la Trinidad, «Jauchzet Gott in allen Landen», «Enalteced a Dios en todos los pueblos». Jaume, amigo, tú que cultivabas el arte de la amistad, nos querías reunir a tu alrededor con una música que de una cierta manera nos ayudara a ir más allá de nuestra finitud en un momento que preveías pesado para muchos de nosotros. Nos has brindado así una cata, exquisita, de tu manera de hacer.

Querías que hoy y aquí, en la basílica de Sant Just, cuna de las «Misas Polifónicas», ayudados por el coro «Barcelona Ars Nueva», dirigido por Mireia Barrera, y la arquitectura de una historia centenaria, tus amigos se reencontraran en un «espacio espiritual» –expresión que resume, según aquello que tú mismo has dicho, la tarea de editor–. En tu última lección, pronunciada en la Universitat Pompeu Fabra el 1 de julio y leída por tu esposa, hiciste esta afirmación: «Un catálogo editorial es como un grupo de amigos que dialogan». Nosotros, hoy, somos exactamente esto: un grupo de amigos que dialogan con tu memoria viva, mediante la belleza serena de esta liturgia. Tantas veces lo hemos hecho con tus libros, construidos desde el diálogo con sus autores y con sus lectores. Hoy, por expresa voluntad tuya, reconstruimos un «espacio espiritual» en un ámbito ennoblecido por la plegaria y el afecto de muchas personas.

Jaume, has entendido la vida como un regalo, como una fusión de contemplación y de acción, de creatividad y de cordura, de coraje y de proyecto, siempre vivida desde la amistad. Y has muerto tal como has vivido. Has dado ánimos a tus amigos que venían a verte con el corazón encogido, y lo has hecho con una mezcla de serenidad y humor, de afecto y sinceridad que desarmaba el envite de la muerte, que sabías cercana. Acompañado por tu Sandra, la mujer que querías y que aprecias, has hablado con el gesto y la palabra, con la mirada y la risa, siempre brillante en tus juicios, siempre transparente en tus intenciones. Has invitado a la hermana muerte, que diría Francisco de Asís, a entrar en tu vida, y no la has rehuido ni desterrado. Lo has hecho, no sin la incomodidad del pensamiento no deseado. Has sido sostenido por el Amat que, tú, amigo como eres, has tenido constantemente cerca.

Jaume, eres un hombre del Camp de Tarragona, como Gaudí, de Reus, y como Bonifaç, de Valls, grandes artistas de la plástica. Como ellos, eres un artista, hombre de cultura y artesano de libros, clarividente de mente y creador de tipo. En los últimos tiempos, cuando recapitulabas tu vida, me decías: «¡Xiquet, soy feliz, soy muy feliz!». Y explicabas historias divertidas de tu niñez, de tu Tarragona, del Serrallo. Detrás de tus ojos, azules como el mar y como el cielo, había mucha pulcritud. Eran los ojos del «anárquico místico», que mencionaba Sergi Pàmies: los ojos de quien hermana la aventura y la inocencia, la curiosidad y la ponderación. Unos ojos que dejaban transparentar unas altas virtudes morales, un corazón que había llegado a la plenitud.

Cuando llamaste a Josep Pons porque querías hablar con él de la música que tenía que sonar en tu funeral, Josep subrayó la belleza de la última pieza del Requiem de Fauré: «In paradisum deducant te angeli», «que los ángeles te acompañen al paraíso». Entonces, tú, hombre de fe, consciente de tus debilidades, añadiste con una punta de ironía: «Espero que sea así». Como dice el Salmo: «Señor, has penetrado mis secretos y me conoces» (139,1-2). La misericordia de Dios y su amistad no tienen límites.

Jaume, uno de los secretos que Nuestro Señor conoció fue tu tesoro, allí de dónde, como dice Jesús en el Evangelio, se sacan «cosas nuevas y cosas viejas» (Mt 13,52). La cosa más bonita es que tu tesoro no te lo guardaste para ti solo, sino que hiciste partícipe a muchas personas. Nos ofreciste siempre lo mejor, tanto si era viejo cómo si era nuevo. Ayudaste a elevar el alma de mucha gente. Tus amigos te lo agradecemos. «¡In paradisum deducant te angeli»!