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(Eloi Aran/CR) ¿Cómo debe ser la arquitectura religiosa del siglo XXI? ¿Qué podemos aprender de las iglesias modernas de los últimos setenta años? Como ha de afrontar un arquitecto el encargo de un proyecto religioso? Para responder a estas preguntas el Seminario Interno de Patrimonio Sacro de la Fundación Joan Maragall ha contado este lunes con la participación del arquitecto Eduardo Delgado Orusco, profesor de proyectos en la Escuela de Arquitectura de Zaragoza, estudioso destacado y autor de varias obras de arquitectura sacra.

Su libro “¡Bendita Vanguardia!” es un alegato en la defensa de la modernidad que trajeron las nuevas iglesias entre los años 1950 y 1975. ¿Qué hizo que la arquitectura religiosa pudiera ser un campo de pruebas para la arquitectura más vanguardista de la época?

Precisamente la confianza otorgada a la Iglesia como institución fue determinante. En aquel momento de control y falta de libertades la Iglesia resultó una de las pocas entidades que contó con libertad para sus trabajos. Esto hizo que apareciesen aquellos destellos de vanguardia y calidad junto a otros ejemplos de calidad mucho más dudosa.

En todo caso, y como menciono en el epílogo del libro -que fue el resultado de una relectura de mi tesis doctoral casi quince años después de haberla defendido en la Universidad Politécnica de Madrid- puede decirse que aquel brillo fue también el resultado de un encuentro: arquitectos y artistas que ansiaban la modernidad que la posguerra española les había hurtado, con hombres de Iglesia que entendieron la oportunidad y la necesidad de actualización –de modernidad, aunque en un sentido propio, distinto– que la Iglesia y sus estructuras debían practicar.

Es una historia emocionante de compromiso y fidelidad: con la arquitectura, con el arte, con el propio tiempo y también ¿por qué no decirlo? con la misma Iglesia entendida como suma de las iglesias locales.

En el capítulo “el Grupo R en Barcelona” se recoge una citación del arquitecto Oriol Bohigas, hacia el 1957, donde apuntaba: “Empezamos a estar convencidos de que la mejor arquitectura religiosa es la que no es específicamente religiosa. Que lo más parecido a un templo sea quizás una sala de conferencias o un cine”. Aunque hay que reconocer la voluntad de diálogo y el principio de encarnación en esta postura, ¿No conlleva ello una cierta disolución o pérdida de lenguaje propio?

Bohigas, el gran referente de la arquitectura barcelonesa durante la segunda mitad del siglo XX con permiso de José Antonio Coderch, fue un joven provocador, y como Le Corbusier, muy bien dotado para la polémica. Creo que en este contexto debe leerse aquella frase.

No obstante hay un fondo que comparto y es que la buena arquitectura religiosa debe ser antes que nada buena arquitectura. Es decir, que para trazar los templos de un tiempo nuevo puede resultar contraproducente seguir mirando a los antiguos. Puede que desviar la vista hacia otros géneros programáticos acabe ofreciendo recursos e inspiraciones útiles.

En este punto podría recordarse que los primeros templos “autorizados” durante el Imperio Romano en el siglo IV, resultaron de la adaptación a las necesidades dictadas por la Liturgia de aquel momento de otras estructuras civiles, las basílicas, originalmente pensadas para la administración de justicia, el mercado u otros usos más representativos.

Como ejemplo de esos años encontramos la adaptación de un taller en la parroquia de San Jaime de Badalona (de Antoni de Moragas, 1956). A pesar de la novedad de la implantación y el diseño de elementos modernos de su interior, la distribución responde a esquemas celebrativos poco evolucionados. ¿Hasta qué punto la arquitectura religiosa moderna es “litúrgicamente moderna”?

Es una buena cuestión. Cuando se trata sobre arquitectura religiosa moderna corremos el riesgo de aplastar y confundir dos realidades históricas muy diferentes: por una parte el llamado Movimiento Litúrgico, corriente nacida en el siglo XIX en el interior de la Iglesia y cuyo objetivo podemos resumir en una cierta renovación, un aggiornamento si se quiere, de la liturgia. Alrededor de esta voluntad se operó una evolución de la arquitectura y de las artes asociadas.

Por otra parte y en paralelo se encuentra el proceso de modernización de la arquitectura y de las demás artes, acaecido en Europa y América a comienzos del siglo XX: es un fenómeno meramente disciplinar y que alcanzó, con mayor o menor fortuna, a todos los géneros arquitectónicos.

De hecho la relación entre una y otra voluntades de modernidad no siempre fue fértil. Estas dificultades derivaron, al menos en parte, de sus diferentes orígenes. Los motores de estas dos voluntades podrían considerarse en alguna medida contrapuestos.

El ejemplo que me apuntas es una buena expresión de esa disociación que a veces se da, también en nuestros días.

Debemos aspirar a la mejor arquitectura de nuestro tiempo lo que, en el género religioso, pasa por un planteamiento litúrgico bien orientado. Resulta una condición sine qua non.

Hoy en día, lejos ya de la España monocromática del nacionalcatolicismo y en plena época de globalización y diversidad cultural, ¿Qué caminos debe recorrer la arquitectura religiosa contemporánea para seguir siendo objeto de estudio? ¿Qué retos debe afrontar?

Desde mi punto de vista el principal reto es su competencia disciplinar. Doy por supuesto, como he apuntado más arriba, la atención litúrgica si se trata de un espacio celebrativo, pero creo que como arquitectos debemos saber convocar al Misterio, darle cabida desde el planteamiento de un espacio evocador e inclusivo. También dar respuesta a todas las cuestiones planteadas por la comunidad eclesial de la que se trate. Este es precisamente nuestro trabajo. Y estos requerimientos solo pueden hacerse desde el dominio de nuestra disciplina, la arquitectura.

Con los medios de los que se disponga, pero encarnando el misterio de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, en el que los arquitectos y los artistas sepamos ser las manos que tallan el espacio digno para la presencia de Dios. Nuestra vocación –insisto– es la de dar forma a los edificios y ambientes donde tendrá lugar la vida de la Iglesia. Es una enorme responsabilidad a la que hay que responder con talento y esfuerzo.

Esta capacidad no es teórica, ni se estudia en los libros. Tiene que ver con la encarnación de un arte que huye de lo mediocre y que responde al amor.

Se le ha invitado al Seminario Interno de Patrimonio Sacro de la Fundació Joan Maragall, en Barcelona, para presentar su capilla efímera para la Fiesta de las Familias que tuvo lugar en Madrid en 2012 y 2013. ¿Qué elementos debe tener en cuenta un arquitecto en el diseño de espacios de oración efímeros?

He querido titular mi intervención “Lo efímero y lo permanente”, precisamente para no olvidar que aunque estemos realizando una instalación provisional, como fue el caso, no podemos olvidar para quien la hacemos, quien va a ser su primer habitante.

El proyecto consistió en la transformación de una cúpula semiesférica, destinada a un cine comercial, en una capilla eucarística. Fue una excelente ocasión para pensar en cuestiones clave en la arquitectura sacra, como el empleo consistente de las nuevas tecnologías para la ambientación litúrgica, la orientación de la los espacios y una revisión desacomplejada del amueblamiento pensando en los niños, las personas mayores y las familias.

Hemos aprendido a trabajar con bajos presupuestos y, precisamente por ello, hemos de poner nuestros mejores esfuerzos para generar una arquitectura plena de dignidad y capaz para el Misterio. Puedo decir que en nuestra capilla –realizada junto al artista visual Javier Viver– se logró: muchas personas –amigos, pero también desconocidos– se dirigieron a nosotros para decirnos que habían encontrado el lugar y el ambiente para volver a la oración y a los sacramentos después de muchos años –décadas en algunos casos– sin hacerlo.

Recogimos toda la experiencia (planos, memorias, fotografías, etcétera) en un libro monográfico. Y también aprovechamos esta publicación –titulada con una intencionada sencillez “El faro/The lighhouse”– para pedir una reflexión a expertos en distintas materias: el propio comitente, la óptica litúrgica, la arquitectura y el arte sacro contemporáneo, y la historia del arte. Aunque nada puede igualar la experiencia directa de la arquitectura quisimos dejar constancia de aquella extraordinaria experiencia.