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(Oriol Junqueras) El Antiguo Testamento puso por escrito tradiciones orales, que habían surgido muchos siglos antes. Y esto permite seguir, en un solo texto, la evolución de determinados conceptos e ideas a lo largo del tiempo.

Pongamos un ejemplo. En el Génesis, que refleja las interpretaciones más antiguas de la tradición judía, los pastores encarnan los valores más positivos y favorables, porque, cuando se construye aquella primera historia fundacional, el pueblo judío era un pueblo nómada dedicado a pastorear sus rebaños. Así, pues, no es extraño que Abel sea pastor y Caín, agricultor (Gn 4,2). Y, aunque en el mismo Génesis, ya señalan algunas carencias de los pastores (Gn 13,726,2046,34), el rey David había identificado a Dios con un pastor, al afirmar que "El señor es mi pastor "(Sl 23,1).

En tiempos de Jesús, en cambio, todo había cambiado. Las clases dirigentes de Israel consideraban a los pastores como unos marginados sociales, que vivían casi como delincuentes. Y, en este sentido, en el libro de Jeremías se afirma que "Muchos jefes enemigos han destruido mi viñedo, han pisoteado mi campo; han convertido en desolado desierto el terreno que más quiero" (Jr 12,10-11). Y, en la tradición talmúdica se afirma que los padres no deben enseñar a sus hijos el trabajo de pastor "porque es un trabajo de ladrones".

En este contexto, que el Ángel del Señor escoja a los pastores para anunciar el nacimiento del Jesús resulta sorprendente... revolucionario. La descripción que hace el Evangelio de Lucas no es la crónica de un evento, sino un mensaje teológico profundamente transformador. Los que se dirigen a Belén no son las autoridades civiles o eclesiásticas, ni los ricos o los sabios... sino los marginados de la sociedad.

Y "el Ángel del Señor" no les exige ni arrepentimientos, ni sacrificios, ni penitencias, ni propósitos de enmienda... sino que les anuncia simplemente el Amor de Dios. Un amor gratuito e inconmensurable. Un amor que no premia los méritos de los creyentes, sino que sacia las necesidades de los pecadores.

El Dios de Lucas es el Dios de la misericordia. Los pastores reciben con temor al Ángel del Señor (Lc 2,9), pero la gloria del Señor los llena de luz y el Ángel les tranquiliza exclamando "No tengáis miedo!" (Lc 2,10). Desde los primeros versículos del Evangelio, pues, queda claro que Dios no pretende dar miedo, sino liberarnos del miedo.

Por todo ello es más correcto la versión "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor" (Lc 2,14), que no la traducción al latín que ha dado origen al "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad ", porque "premiar" a "los hombres de buena voluntad" reintroduce el concepto de mérito que Lucas había sustituido por la idea de la misericordia "regalada" a "los hombres que ama el Señor".

Desde las primerísimas escenas de su Evangelio, Lucas anuncia el mensaje revolucionario que Jesús enseñará, más en sus actos que en sus palabras, durante su predicación futura, cuando el lugar de los pastores será ocupado por todos los demás "marginados" de la sociedad judía de su época.

Así, Jesús no dudará en curar a los leprosos o pedir que Leví, el publicano y colaboracionista con los enemigos de Israel, se convierta en uno de sus doce apóstoles y en uno de sus cuatro evangelistas, conocido como Mateo .

En resumen, Jesús extiende la mano a todos los marginados y los impuros de la sociedad... pastores, leprosos, cobradores de impuestos (publicanos), prostitutas, legionarios romanos... Y, en cambio, cuando visita el pueblo de su padre, Nazaret, en el corazón de Galilea, sus vecinos (los amigos de su familia) intentan asesinarle, porque rechazan su discurso acogedor e inclusivo. Veámoslo.

Jesús llega a Nazaret en sábado, día sagrado de los judíos, y va directamente a la sinagoga, donde la mayoría de los vecinos celebran aquella festividad semanal.

Allí, sin que nadie le invite a hacerlo, se alza para participar en la lectura. Según el ciclo litúrgico trienal, toca leer un pasaje muy concreto del libro de Isaías. Pero Èl lo descarta y escoge otro muy especial... aquel que los galileos más puristas deseaban más oír en boca de su esperado Mesías:

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos". (Lc 4,18)

En este punto de la lectura, sólo faltaban dos versículos para confirmar que Jesús era definitivamente el Mesías:

"A proclamar el año favorablee del Señor, el día en que nuestro Dios nos vengará de nuestros enemigos" (Is 61,2)

Jesús, sin embargo, sólo leyó el primero de estos dos versículos e interrumpió la lectura. Quizás, durante unos instantes, los galileos más entusiastas pensaron que se trataba de una pausa enfática, pero no era una pausa. Era el final. Jesús no quiso leer el último versículo referente a la venganza de Dios, sencillamente porque no estaba de acuerdo con la venganza.

Jesús enrolló el texto y se sentó con la misma actitud que lo hace un maestro, cuando se dispone a enseñar a sus discípulos. Los galileos que le escuchaban, vecinos y amigos de su padre José, estaban indignados.

Jesús es perfectamente consciente de la enorme tensión del ambiente. Pero él no habla y actúa con la voluntad de agradar, sino de ser útil. No tiene vocación de diplomático, sino de maestro. No quiere alimentar los prejuicios de sus compatriotas, sino ayudarles a entender que no eran un pueblo escogido, porqué todas las personas y todos los pueblos son iguales.

Jesús les explica que no son el pueblo elegido, sencillamente porque Dios no prefiere a ningún pueblo por encima de los demás, pues el suyo es un amor universal.

Jesús pregunta cuál fue la primera persona que recibió la ayuda del Señor después de 42 meses de sequía... y el auditorio conoce perfectamente la respuesta. No fue un israelí, sino una pagana, Sarepta de Sidón, tal como se explica en el Primer Libro de los Reyes (1 Re 17-18).

Sin esperar la respuesta que todo el mundo ya sabe, Jesús continúa...

"También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo...". Y no necesita decir nada más, porque sabe que todo el mundo sabe cómo termina esta historia recogida en el Segundo Libro de los Reyes (2 Re 5,20-27), en la que el profeta curó a Naamán, comandante arameo de un ejército enemigo de Israel, y, en cambio, había contagiado la enfermedad a un israelí, Guehazí, para castigar a su codicia.

Todo ello había ido demasiado lejos y todos los presentes en la sinagoga (incluidos los parientes de Jesús) estallaron. Y Lucas lo explica en los siguientes términos:

"Al oir esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Lo llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarle abajo"(Lc 4,28-29).

En aquella ocasión, consiguió evitar la acción de aquellos que lo querían asesinar. Pero aquel episodio anunciaba lo que iba a pasar algún tiempo después en Jerusalén con su crucifixión.

No volverá nunca más a Nazaret. Y comprobará en varias ocasiones que muchas personas responden con odio, cuando consideran que el amor pone en riesgo sus privilegios reales o ficticios.

A menudo aquellos que se supone que están integrados en una sociedad acusan de apocalípticos al resto, con el objetivo de impedir que se integren. Pero, precisamente, las sociedades deben integrar a sus excluidos (los descartados, como dice el Papa Francisco) y denunciar que los verdaderos apocalípticos no son los excluidos, sino los que excluyen.

Oriol Junqueras i Vies. Centro Penitenciario de Lledoners. Deciembre 2018.