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Fotografia: Escola Pia.

El pasado 17 de enero, el escolapio Albert Moliner fue ordenado diácono en la Parroquia Mare de Déu del Carme, en el barrio del Raval de Barcelona, en una celebración que se convirtió en una auténtica expresión de comunidad y acción de gracias. La ceremonia fue presidida por el obispo auxiliar de Barcelona, Javier Vilanova, y concelebrada por el Padre General de las Escuelas Pías, Carles Gil, y por el Padre Provincial de la Escuela Pía de Cataluña, Jordi Vilà, acompañados de numerosos religiosos escolapios, familiares y amigos. La comunidad escolapia quiso poner en relieve este paso como “un momento de reconocimiento a una vocación trabajada, madura y profundamente arraigada al servicio”.

Una vocación de largo recorrido

Nacido en Barcelona, Albert Moliner define su vocación como “un proceso largo”, lejos de cualquier decisión repentina. “Cuando era joven, como todos los jóvenes, me cuestionaba sobre el sentido de la vida”, recuerda, situando la parroquia como un espacio clave en este camino. La parroquia de Sant Josep de Calassanç, en el barrio del Clot —donde nació y donde hoy vuelve a servir—, fue un lugar fundamental: “Era uno de los pocos espacios donde los jóvenes podíamos encontrarnos y no estar en la calle”.

“la parroquia Era uno de los pocos espacios donde los jóvenes podíamos encontrarnos y no estar en la calle”

Este primer contacto con la vida parroquial, siempre vinculada a los escolapios, lo llevó a iniciar un tiempo de discernimiento a finales de los años ochenta. “Me sugirieron lecturas, acompañamiento, y pensé: ¿por qué no probarlo?”, explica. Durante este período comenzó los estudios de Teología, una etapa que marcaría definitivamente su trayectoria. A pesar de abandonar temporalmente la comunidad, continuó formándose e inició su labor docente. “Descubrí que me sentía muy bien en el aula, compartiendo conocimiento”, afirma, ejerciendo como profesor de religión y valores en primaria y secundaria y en la escuela pública.

La raíz de la vocación: educación y misión

Su camino vocacional se vio profundamente marcado por diversas experiencias misioneras internacionales. En Guatemala, Brasil y, más adelante, en Ecuador, Moliner vivió de cerca la realidad de comunidades empobrecidas y la falta de ministros ordenados. “Allí descubrí, por primera vez, que faltaban sacerdotes para sostener la vida sacramental”, relata, evocando semanas enteras “viviendo de la providencia absoluta”. Aquellas vivencias lo impactaron profundamente: “Te das cuenta que aquí vivimos de lujo y no somos conscientes”.

“haciendo de misionero Te das cuenta que aquí vivimos de lujo y no somos conscientes”

Tras estas experiencias y con el acompañamiento constante de los escolapios, en 2019 decidió llamar nuevamente a la puerta de la Escuela Pía. Inició una etapa en la comunidad del Carme, en el Raval, y posteriormente realizó el noviciado en Mexicali, en la frontera entre México y Estados Unidos, en plena pandemia. “Fue un año duro, en medio del desierto, pero una experiencia muy rica”, explica, conviviendo con escolapios marcados por la realidad migratoria y fronteriza.

Vida religiosa y diálogo en una sociedad plural

El 25 de agosto de 2025, festividad de San José de Calasanz, Moliner hizo la profesión solemne como escolapio, culminando así su proceso dentro de la Orden. Pocos meses después llegaría la ordenación diaconal, y ahora sirve en la parroquia de Sant Josep de Calassanç, implicándose en proyectos sociales, Cáritas y las tareas litúrgicas propias del diaconado, al tiempo que inicia un tiempo de discernimiento encaminado hacia una futura ordenación sacerdotal.

Su vocación se articula en torno a tres grandes ejes: la educación, la misión y el diálogo interreligioso, ámbito en el cual es doctor en Teología. “Esta tercera pata da mucho sentido a mi servicio, especialmente en el Raval”, afirma, destacando que el diálogo ecuménico e interreligioso “no es una teoría, sino una realidad viva en los barrios”.

“ el diálogo ecuménico e interreligioso es una realidad viva en los barrios”

En una sociedad a menudo calificada de secularizada, Moliner defiende con convicción la vigencia de la vida religiosa. “Me resulta muy difícil vivir sin el misterio”, afirma, entendiéndolo como una dimensión presente en el día a día. Lejos de hablar de una ausencia de espiritualidad, constata que “la gente continúa teniendo una necesidad real de espiritualidad”, aunque no siempre se exprese en clave explícitamente cristiana. Por eso matiza que quizás “no vivimos tanto en una sociedad secularizada como descristianizada”, ya que persiste “una búsqueda de interioridad, de calma y de sentido”.

Con una vocación madura y arraigada, Albert Moliner representa una manera de vivir la vida religiosa desde la libertad, el servicio y la proximidad. “La Escuela Pía es un espacio donde puedo realizarme como persona y como creyente”, asegura, convencido de que educar, dialogar y servir sigue siendo una respuesta plenamente actual a los retos de nuestro tiempo.

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