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Fotografia: Catalunya Religió
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La Sagrada Familia entra en una de las fases más decisivas de su larga historia constructiva: la culminación de la torre de Jesucristo, que se convierte en el punto más alto del templo y también su centro simbólico. No se trata solo de un hito técnico o urbanístico, sino de la concreción visible del corazón teológico del proyecto de Antoni Gaudí. Con esta torre, el templo completa el eje vertical que conecta la ciudad con el cielo y que expresa, en piedra y luz, la centralidad de Jesucristo en la fe cristiana.

Un templo pensado como un gran relato en piedra

Gaudí concibió la Sagrada Familia como una arquitectura que se pudiera “leer”. Sus formas, dimensiones y alturas no responden únicamente a criterios estéticos o estructurales, sino a un programa simbólico muy preciso. Por eso proyectó dieciocho torres, cada una con un significado concreto: doce dedicadas a los apóstoles, cuatro a los evangelistas, una a María y, en el centro de todas, la torre de Jesucristo.

Esta disposición no es casual. Así como en el interior del templo la figura de Cristo estructura el espacio, en el exterior su torre es la más alta y la más céntrica. Gaudí quería que, visual y simbólicamente, Jesucristo fuera el punto culminante del conjunto, tal como el Apocalipsis lo presenta como centro de la historia humana. La torre de Jesús, por tanto, no es una más: es el eje que ordena todas las otras.

Ya finalizada, con sus 172,5 metros de altura, la torre de Jesucristo convierte a la Sagrada Familia en la iglesia más alta del mundo. Pero esa altura no busca la grandiosidad por sí misma. Gaudí quiso que el templo fuera alto, pero no más alto que la montaña de Montjuïc, porque, según decía, "la obra del hombre no debía superar la de Dios".

Cómo es la torre de Jesucristo

La torre culmina con un gran terminal de 29 metros, que es, de hecho, una arquitectura dentro de la arquitectura. Este terminal está formado por dos partes: una base inferior y, encima, una cruz tridimensional de cuatro brazos, de unas dimensiones imponentes. Solo la cruz mide 17 metros de altura y 13,5 metros de anchura, aproximadamente como un edificio de cinco pisos.

No es una cruz plana ni convencional. Está construida con la geometría del doble giro, un recurso habitual en la obra de Gaudí, presente también en las columnas del templo. Esta geometría da a la pieza una sensación de movimiento, de crecimiento orgánico, como si la forma se abriera hacia el espacio.

Para diseñar este terminal, los arquitectos del templo se han basado en modelos y moldes originales de Gaudí, conservados en el mismo recinto, que muestran cómo él imaginaba las cruces que debían culminar la basílica. La torre de Jesucristo retoma este lenguaje formal y lo desarrolla con las posibilidades técnicas actuales.

En la base del terminal, en unos escudos hexagonales recubiertos de trencadís cerámico, están inscritas palabras de alabanza a Cristo: «Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus» (Tú eres el único Santo, el único Señor, el único Altísimo). Estas inscripciones dialogan con las que aparecen en los campanarios de las fachadas y en los terminales de las torres de los evangelistas, integrando la cima del templo dentro de un gran recorrido de palabras y símbolos.

Una cruz pensada para brillar

Uno de los aspectos más singulares de la torre de Jesucristo es su relación con la luz. Gaudí quería que la cruz fuera visible no solo por su forma, sino también por su capacidad de reflejar e irradiar luz. Por eso se han utilizado cerámica blanca esmaltada y vidrio, materiales que resplandecen con la luz del sol y que, al mismo tiempo, resisten bien las condiciones atmosféricas. De día, la cruz reflejará la luz natural; de noche, estará iluminada artificialmente, convirtiéndose en un faro simbólico sobre la ciudad.

Está previsto que unos focos situados en diferentes torres iluminen el terminal, recordando la palabra de Jesús: «Yo soy la luz del mundo». Ya en tiempos de Gaudí se conservan fotografías donde se le ve experimentando con maquetas iluminadas para estudiar este efecto nocturno. La torre de Jesucristo lleva esta intuición a escala real.

Además, la cruz no es solo una carcasa exterior: en el interior hay espacios técnicos y de paso, y en la punta de cada brazo se han integrado sistemas de ventilación natural automatizada, que permiten regular la temperatura de manera inteligente.

Una cima visitable

La torre de Jesucristo no es solo un elemento contemplativo. En el interior hay un sistema de acceso vertical, con ascensor y escaleras, que permite llegar hasta el núcleo de la cruz. Este núcleo es una pieza clave de la estructura: es el punto donde se unen los cuatro brazos y donde confluyen las escaleras que recorren la torre.

Desde este espacio, se podrá acceder a los diferentes brazos, que actuarán como miradores privilegiados sobre Barcelona y el conjunto del templo. De esta manera, la torre no solo se alza sobre la ciudad, sino que también permite a los visitantes contemplarla desde un punto de vista inédito.

Un proceso constructivo de alta complejidad

La construcción del terminal de la torre de Jesucristo es una obra de ingeniería de gran complejidad logística. Las piezas que forman la cruz se han fabricado fuera del templo y han llegado progresivamente a Barcelona. Una vez en la basílica, se han subido hasta las cubiertas, a unos 54 metros de altura, donde se ha habilitado un espacio de trabajo.

Allí se han terminado de ensamblar, se han colocado los vidrios y se han hecho los últimos ajustes interiores. Dado que el espacio es limitado, algunas piezas ya montadas se han trasladado temporalmente a otras cubiertas del templo, en las zonas de Pasión y Nacimiento, mientras se esperaba el momento de su colocación definitiva.

Todo este proceso ha permitido que, cuando cada elemento se elevaba hasta la cima de la torre, lo hiciera ya casi terminado, reduciendo al máximo el tiempo y el riesgo de los trabajos en altura.

Un hito para la Sagrada Familia y para la ciudad

La culminación de la torre de Jesucristo marca un antes y un después en la historia de la Sagrada Familia. Visualmente, transforma definitivamente el skyline de Barcelona. Simbólicamente, completa el gran eje vertical que Gaudí imaginó como expresión de la relación entre Dios y la humanidad.

Con la cruz instalada e iluminada, el templo muestra por primera vez su punto culminante, aquel que durante décadas solo había existido en dibujos, maquetas y sueños. 

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