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El Dr. Alfred Tomatis, famoso otorrinolaringólogo francés, fallecido el año 2001, estableció una diferencia sustancial entre oír y escuchar. Diferencia que también se observa entre ver y mirar. Escuchar y mirar añaden atención y consciencia al hecho de oír y ver. Oímos tantas cosas, pero ¿cuántas escuchamos? Vemos muchas cosas, pero ¿cuántas miramos? En una sociedad que nos bombardea de manera implacable con sonidos e imágenes, el silencio y la oscuridad tienen una función contracultural. Los conciertos clásicos suelen comenzar con un silencio marco, como pauta ineludible para escuchar con mayor atención la música que interpreta la orquesta. En las salas de cine, las imágenes irrumpen en la pantalla tras envolver a los espectadores en la oscuridad, hecho que permite una concentración de las miradas en los puntos de luz.

La percepción de sentirse escuchado genera en las personas una sensación íntima de satisfacción. No es frecuente porque escuchar bien es una obra de arte y mucha gente no está predispuesta a hacerlo. Constituye un tema humano y religioso. Un tema humano porque escuchar requiere tiempo, un bien escaso en las relaciones. Además, escuchar requiere empatía, meterse en la piel del otro, sintonizar con sus sentimientos, situaciones que relegan el propio ego a un segundo plano. Para muchos, un gran sacrificio. Escuchar a fondo es uno de los actos de amor de más quilates. El egoísmo lo impide. Para escuchar, en la mayoría de los casos, no basta con el oído, casi siempre tiene que ir acompañado por la vista. ¿Alguien puede decir que escucha cuando a la vez mira la pantalla del móvil, las páginas de un diario, las imágenes de la tele? No hay concentración ni actitud atenta. Se pierde la conciencia del otro y su expresión facial, a menudo más expresiva que las mismas palabras que se pronuncian.

También es un tema religioso. Los judíos cantan Escucha Israel [Shemá Israel]. Los musulmanes colocan las palmas de las manos a la altura de los oídos y rezan Allah Akbar [Dios es el Más Grande]. Los cristianos recuerdan las palabras del Padre, referidas a Jesús: «Este es mi Hijo muy amado; escuchadlo».