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Si el orgullo es el desencadenante de la expulsión del paraíso y el inicio de todas las desgracias, la humildad, en contrapartida, es el antídoto para neutralizarlo. Las pasiones capitales, como la ira, la vanidad, la envidia, la avaricia, la gula, la lujuria y la pereza, son a su vez alimentadas por el nutriente del orgullo, cabeza y origen de todas estas pasiones. San Gregorio Magno, en su obra Moralia, así lo reconoce: «La raíz de todos los males es la soberbia».

Cuanto más destructiva es una enfermedad, más necesario es estudiarla para encontrar una vacuna y un antídoto que pueda controlarla. Tenemos la experiencia del covid. Aun así la lucha es feroz porque, como el coronavirus, el orgullo es una pasión que muta, que presenta múltiples variantes. Se trata de una pasión espiritual. Por tanto, sutil, escurridiza, inagotable como un monstruo de siete cabezas. Conseguir notables avances en el conocimiento propio, dedicarse al crecimiento personal, participar en grupos selectos de trabajo personal…, sin humildad, conduce a un sentimiento de superioridad moral y de sentirse mejor que los demás. El fariseísmo retrata bien esta actitud, que menosprecia el sentimiento del publicano.

La humildad recaba su nombre del latín humus, que significa tierra. El orgullo se sitúa sobre una peana, sobre un estrado. La humildad, en cambio, pone los pies en el suelo y se nutre de la verdad. Existen falsificaciones y sucedáneos de esta virtud: humildad aparente, nula autoestima, personas acomplejadas, espíritus apocados y sumisos.

El papa Francisco, fiel a la espiritualidad ignaciana, repite con mucha frecuencia que «no hay humildad sin humillación». Entender esta frase no es fácil. Para desentrañar su sentido profundo yo diría: que «no hay humildad del yo sin la humillación del ego». Quien no sea capaz de aceptar, más aun de buscar, la humillación de su ego nunca podrá ser humilde. Entenderlo cuesta. Practicarlo, mucho más. La resistencia del ego es inconmensurable. En el próximo artículo, voy a poner un ejemplo de humildad del yo a través de la humillación del ego que me impactó y que me sigue impactando sobremanera.

Lluís Serra i Llansana – CC – 23 de enero de 2022 – núm. 2209 – pág. 23.