Palmo a palmo

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Continuamos la serie de artículos dedicados a las partes de la Eucaristía. Anteriormente habíamos presentado las diferentes partes y hablado de los ritos iniciales. Podéis encontrar los enlaces a los artículos anteriores y a los materiales de consulta en el apartado Per saber-ne més.

Tal y como indicamos hace unas semanas después de los ritos iniciales encontramos la Liturgia de la Palabra (segunda parte de la Eucaristía y una de las más importantes), que consta de: las lecturas del día y el salmo, la homilía, la profesión de fe y la oración de los fieles. Sin embargo, para tratar el tema palmo a palmo, tenemos que empezar por la pregunta que mucha gente se hace. ¿Por qué leemos la Biblia?

Qué dice la historia

La Iglesia, desde el principio, ha considerado conveniente leer los libros de la Biblia antes de celebrar el memorial del Señor en la Eucaristía. Así lo vemos muy claramente en una de las descripciones más antiguas de la misa dominical, la que hizo el filósofo y mártir san Justino en el siglo II en el capítulo 67 de su obra Primera Apología:

El día que se llama del Sol se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces. Y, terminadas estas, se presenta pan y vino y agua. […]

Ello quiere decir que, muy pronto, en la celebración eucarística, se juntaron y fusionaron dos clases de actos de culto: el rito propiamente eucarístico, proveniente de la última cena de Cristo con los discípulos, y la celebración de la Palabra, entroncada con la reunión de lecturas y oración que los judíos hacían cada sábado en la sinagoga.

Y si nos fijamos en las Escrituras, encontraremos un fragmento muy conocido que ya sigue esta estructura: los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). ¡Os invitamos a leerlo de nuevo!

Qué dice la teología

Antes de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, muchos cristianos no daban demasiada importancia a la Liturgia de la Palabra. Para volver a poner de relieve su importancia, el Concilio Vaticano II recuperó una expresión que había sido muy utilizada en la Iglesia de los primeros siglos: en la misa se preparan «dos mesas», la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tal como decía, por ejemplo, san Hilario de Poitiers, un obispo del siglo IV: «De la mesa del Señor recibimos nuestro alimento, el pan de vida, pero de la mesa de las lecturas dominicales tomamos el alimento de la doctrina del Señor». Hay que insistir en que ambas mesas forman una unidad, de tal modo que la una no puede tener pleno sentido sin la otra.

Aquí hallamos la razón más profunda de la necesidad de escuchar la Palabra de Dios antes de participar plenamente en la Eucaristía, que es «Sacramento de la fe». La fe cristiana no es etérea ni abstracta: es la adhesión vital a la persona de Cristo, bien concreta y real, que, a su vez, está ligada a la historia de todo un pueblo. Es una historia de salvación, que se actualiza para nosotros cada vez que participamos en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía, memorial vivo del Señor. Y como tal tiene que ser celebrada con alegría.