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Han culminado las dos últimas convocatorias electorales. Los resultados están a la vista. Tiempos de pactar para constituir gobiernos. Tiempos para mirar los problemas de frente en vez de utilizarlos como armas para captar votos. La tensión territorial entre Cataluña y España está al rojo vivo. Los rescoldos están muy encendidos, aunque en algún momento las cenizas puedan cubrir las brasas. Muchos relatos quieren desmentir los hechos sin conseguirlo. ¿Qué hacer? Para algunos, se trata de buscar soluciones. Para otros, el objetivo consiste en destruir al adversario. Haber desplazado la solución del ámbito político al poder judicial ha complicado aun más la situación.

El título de dos canciones de Simon y Garfunkel me viene a la mente en este momento. La primera, compuesta el año 1966, es I Am a Rock (Soy una roca). Narra la reacción a un desamor. Quizás en una época pudo haber amor: “Si no hubiera amado nunca habría llorado”. Pero ahora “estoy blindado en mi armadura”. Repite en forma machacona: “Soy una roca. Soy una isla”. Demasiadas decepciones: “Es la risa y el amor lo que desprecio”. Mirando nuestra situación, hay heridas, muchas heridas profundas, que se agrandan día a día.

La segunda, cuatro años más tarde, Bridge Over Troubled Water (Puente sobre aguas turbulentas), que recibió numerosos premios. No podemos quedarnos en ser una roca, una isla. Llega el momento de lanzar puentes, aunque las aguas bajen turbias. “Cuando la noche caiga sin piedad, yo te consolaré, yo estaré a tu lado”. El odio y la venganza no son la solución. Hay que desplegar puentes”. No hay negación del otro, “todos tus sueños se verán colmados”. Los muros quedan atrás. Es tiempo de acallar el ego. La testosterona no sana sino que encrespa. Cuando no se aceptan las diferencias, existe la tentación de repetir la historia de Caín y Abel. Una actitud fratricida.

Muchos temas siguen abiertos. ¡Ojalá existan líderes excepcionales para este momento excepcional! Los augurios no son muy buenos, pero no podemos renunciar a la esperanza.