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En los albores de la humanidad, «se hablaba un solo idioma en toda la tierra (Gn 11,1). Dios observó que los hombres querían construir una torre que llegara hasta el cielo. Para obstruir que lograran todo lo que se propusieran, los castigó de modo que dejaran de ser un solo pueblo y dejaran de hablar un solo idioma. Los autores del texto bíblico explicaron de esta manera la existencia de pueblos distintos y la diversidad de idiomas.Añoranza de una uniformidad soñada. Una lectura fundamentalista contempla estos fenómenos como una sanción divina y refleja una nostalgia por una lengua única. Un problema añadido consiste en determinar cuál es esa lengua única. En algunos casos, se adivina la respuesta: la lengua de aquellos que no admiten la pluralidad lingüística. Babel ha dado nombre a algún foro que mantiene esta mentalidad y lucha en consonancia con estos planteamientos.

La visión neotestamentaria es radicalmente distinta. Tras la venida del Espíritu Santo, los apóstoles dejan de ser monolingües y comienzan a hablar otras lenguas. Se dirigen a una multitud internacional. Personas procedentes de países distintos entienden su discurso en su lengua materna. Maravillosa realidad de la traducción simultánea. Sintonía humana en la diversidad de idiomas, que deja de ser un problema. Jesús mismo no hablaba las lenguas imperantes, como el latín y el griego. Sus palabras más entrañables recogidas en los textos evangélicos están en arameo, una lengua minoritaria. También minorizada. La lengua de los invasores fue utilizada para poner un rótulo en la parte superior de la cruz, instrumento de su ejecución en el Gólgota.

La Constitución española, pese a sus deficiencias, quiso poner fin a una prohibición de las lenguas (catalán, euskera y gallego) que imperaba en el franquismo y le dedicó el art. 3 garantizando cooficialidad en sus territorios, valorándolas como riqueza y como patrimonio cultural objeto de especial respeto y protección. Los que más se han apropiado de la letra de la Constitución son quienes más se han alejado de su espíritu. Lengua única sin admitir como españolas todas las que reconoce el texto constitucional. Flaco favor. Incluso las han vetado en Bruselas impidiendo un mayor reconocimiento europeo. Estamos inmersos en una enésima batalla por la pervivencia del catalán. Hasta el TC ha tenido que tumbar las pretensiones de españolizar que la quieren reducir a cenizas. La Iglesia, a partir del Concilio, redujo el latín a un elemento simbólico de comunión. Para ser cristiano no hace falta renunciar a la lengua propia. La Iglesia admite la pluralidad. Está lejos de Babel, porque la fuerza del Espíritu consiste en mantener la unidad en la diversidad. Hay partidos que trafican con la lengua porque nunca han entendido la riqueza de la diversidad. Incluso más, han atacado frontalmente el catalán por intereses electoralistas y porque siguen instalados en el esquema de Babel. La pelea entre PP y Cs tiene y tendrá un elevado coste para la convivencia. España tiene un dilema: o integra su pluralidad o desintegrará un proyecto para todos.