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La vida religiosa, como también las comunidades cristianas, no está exenta del impacto del actual tsunami político. ¿Cómo podemos afrontar este conflicto político siendo fiel a sus esencias? Vivimos inmersos en un conflicto político de grandes proporciones, de gran profundidad y de consecuencias imprevisibles. La opinión pública está polarizada en dos bandos, totalmente antagónicos. Todos los estratos de la sociedad se han visto sacudidos con fuerza. Los interrogantes surgen por todas partes. Todos los actores políticos, en especial los que tienen más poder, han fracasado. La ausencia de diálogo y de negociación ha desplazado el problema político al ámbito que no le es propio: la administración de la justicia. Si el profetismo es una característica propia, no exclusiva, de la vida consagrada, ¿cómo se tiene que comportar ante el conflicto político? El papa Francisco dirigió una carta apostólica a todos los consagrados el 30 de noviembre del 2015, y trazó el perfil del profetismo:  “El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la cual vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuando llega el amanecer (cf. Is 21, 11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre; no tiene que rendir cuentas a más amos que a Dios; no tiene otros intereses sino los de Dios. El profeta está generalmente de parte de los pobres y los indefensos, porque sabe que Dios mismo está de su parte.”

Primero, la misión de las comunidades religiosas desde el profetismo: el reconocimiento de los hechos, la lectura evangélica de la realidad, la capacidad para interpretar los signos de los tiempos, la sintonía con Dios y con la humanidad, el ejercicio del discernimiento, la denuncia del pecado y de las injusticias desde la libertad, la toma de partido por los pobres e indefensos. Tareas exigentes y comprometidas. El riesgo: no vivir su misión a fondo y convertirse en una correa de transmisión de inquietudes sociales o partidos políticos. La vida religiosa, en sus miembros y comunidades, también se puede polarizar. Sin embargo, está llamada a vivir el profetismo, que va más allá de la dinámica sociopolítica y la trasciende sin ignorarla.  El día 11 de noviembre se celebró en Barcelona la XIII Jornada del Grupo Sant Jordi de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos. José Antonio Badiola, decano de la Facultad de Teología de Gasteiz/Vitoria, afirmó en su ponencia: “no podemos pensar en una Iglesia libre de conflictos, sino en una donde los conflictos se viven de manera diferente que en el resto de la sociedad, en base a la comunicación sincera y a las virtualidades de la Palabra de Dios.”. Y añadía que la parresía “se convierte en virtud indispensable porque, sin ser arrogancia o despecho, supone enfrentarse al sistema social imperante desde una condición samaritana, es decir, efectiva a favor de los “asaltados en el camino”. Bien harían nuestras comunidades en discernir cuáles son y en qué aspectos los “asaltados”, para actuar con esta audacia primitiva construyendo para ellos un horizonte de esperanza.”. El enfrentamiento de dos fuerzas nacionalistas (la española y la catalana) esconde una lucha enconada para mantener los privilegios de unas élites que lo controlan casi todo. Los ciudadanos se convierten a menudo más en una caja de resonancia que en unos seres libres y lúcidos que no se quieran dejar manipular. Ser consciente de la realidad es una tarea ineludible si no se quiere quedar reducido a ser un títere.

Segundo, la vida religiosa, signo evangélico de contradicción. El papa Benet XVI escribió: «La vida religiosa, caracterizada por la “minoridad” y la debilidad de los pequeños, por la empatía con los que no tienen voz, se convierte en un signo evangélico de contradicción.» No se trata de vivir en la equidistancia. Uno puede ser unionista o independentista. Las dos opciones son legítimas. Ante los comportamientos inmorales como la mentira, el abuso de poder, la violencia, el odio... no existe opción neutra. Ante la conculcación de los derechos de las personas y de los pueblos no hay equidistancia posible. Hay que tomar partido. Una de las formas de escabullirse de la responsabilidad es negar los hechos, como se ha visto cuando se ha negado la violencia del 1-O, o también distorsionar el lenguaje para considerar violencia incluso la resistencia pacífica. Desde esta óptica, Gandhi sería un terrorista peligroso. Para lo cual, hay que tener las ideas claras en el seno de la comunidad. Eduard Ibáñez hace pensar cuando escribe un artículo titulado: “La inmoralidad de un encarcelamiento provisional”. Favorece un discernimiento que no anula las diferencias, sino que lucha para superarlas. Si nos anclamos en la ideología y la emocionalidad, sin más, el signo cristiano está ausente. El abad Maur Esteva, que fue abad de Poblet y después abad general cisterciense, dijo en una homilía en 2002: “Quiero encarnar en mi vida el Evangelio, pero no consigo que él esté tan dentro de mí como lo está la cruz que me ha tocado acarrear.” Esta cruz corresponde a los hábitos capitales. Las comunidades cristianas, las comunidades religiosas, a menudo dicen que su absoluto es Cristo, pero si se introduce por ejemplo una discusión sobre este conflicto político el absoluto pierde varias posiciones al poco tiempo de iniciarse el debate. Estas diferencias se observan también entre comunidades cristianas y religiosas de territorios diferentes. La jerarquía interna se hunde y las comunidades se reducen a ser correas de transmisión perdiendo su sentido profético y su aportación evangélica a la sociedad en la cual están inmersas. La plegaria es insustituible, pero insuficiente.  La conversión es indispensable.

Tercero, ir a las fuentes de la vida religiosa. El conflicto político actual ¿es un tema tabú a las comunidades religiosas? ¿Nuestra posición se basa más en la postura ideológica, en las raíces familiares, en la sintonía con ciertas élites de poder? ¿Con qué criterios se interpreta la historia? Si estas diferencias marcan el límite de la convivencia, la vida religiosa será una campana desafinada. El papa Francesc, en su homilía a Santa Marta el 16 de diciembre de 2013 dijo: “Cuando no hay profecía la fuerza cae en la legalidad”. Cuando en el pueblo de Dios no hay profecía, el vacío que deja es ocupado por el clericalismo: es este clericalismo que le pregunta a Jesús: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Con qué legalidad?”. Y la memoria de la promesa y la esperanza de seguir hacia adelante se ven reducidas solamente al presente, ni pasado ni futuro esperanzador.” Los criterios sociales y políticos hegemónicos no siempre corresponden con las propuestas evangélicas, Más bien, a menudo están en contra. Jesús no eleva la legalidad a valor indiscutible, sino siempre lo pone en relación al bien de las personas.: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.” (Mc 2,27). Hay que filtrar a través del Evangelio los mensajes predominantes, que no por repetidos contienen más verdad. El criterio profético referido a las comunidades cristianas, a las comunidades religiosas, es: «Todo el mundo conocerá que sois discípulos míos por el amor que os tendréis entre vosotros» (Jn 13,35). Hay dos caminos muy utilizados:  el enfrentamiento (si hablamos, acabamos discutiendo) o el silencio (no se habla). Los dos son la negación de una experiencia superior. Vas a misa en días altamente comprometidos y parece, a veces, que la plegaria esté cerrada en una burbuja inaccesible. Ninguna intención de los fieles pidiendo a Dios que ilumine nuestra inteligencia y que caliente nuestros corazones para que sepamos encontrar caminos de concordia, de negociación y de entendimiento. Sin odios. Sin humillaciones. Sin hipocresía. Con respeto. Una misa desarraigada y lejos de la encarnación de Jesús se encamina hacia una pastoral aséptica!

¿Cuántas comunidades o congregaciones religiosas son capaces de superar las diferencias internas y de curar las heridas de la sociedad? Una tarea para nuestro tiempo. Jeremías describe un escenario lleno de angustia: “Si salgo al campo veo las víctimas de la espada; si entro a la ciudad veo los que se mueren de hambre. Profetas y sacerdotes van errantes por el país sin comprender qué pasa.” (14,18). Vivimos tiempo de amenazas. Pablo nos recuerda: “Cristo nos ha liberado porque seamos libres. Así, pues, manteneos firmes y no os dejáis someter otra vez al yugo de la esclavitud!” (Gal 5,1). Sin la experiencia del amor a Jesús, la vida religiosa no podrá ejercer su profetismo.