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Este domingo, 19 de noviembre, una semana antes de clausurar el año litúrgico con la solemnidad de la fiesta de Cristo Rey, se celebra por primera vez la Jornada Mundial de los Pobres. Instaurada por el papa Francisco al finalizar el Año de la Misericordia, se parte en su primera edición de las palabras de la primera carta de san Juan: «No amemos de palabra sino con obras» (3,18). En el mensaje del Papa, se subraya el contraste «entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos». La realidad de los pobres es vista desde ópticas muy diversas, pero el Papa apunta especialmente al (con)tacto real con los pobres. Vale la pena leer y meditar el mensaje. 

Primero, reconocer la aporofobia. Se habla de muchas fobias, pero se olvida el rechazo a los pobres como una práctica de nuestra sociedad, que recibe el nombre de aporofobia. No existe una conciencia generalizada de esta fobia, que tiene raíces cerebrales y sociales. La persona pobre es vista como alguien que molesta, que hiere la sensibilidad, que avergüenza, que resulta marginado, que va sucio y huele mal, que provoca a nuestra sensibilidad cuando pide en las calles… El Papa afirma: «La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero.» Rechazamos las consecuencias, pero a veces aplaudimos las causas, como el poder y el dinero. La aporofobia se puede corregir. Requiere un trabajo a fondo.

Segundo, la pobreza como consejo evangélico. El Papa recuerda: «Para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre.» Este consejo atañe a todas las personas: «La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia.» El afán de dinero, el poder, el lujo constituye una tentación permanente que nos aleja de la pobreza evangélica.

Tercero, compartir con los pobres. El Papa escribe: «Estamos llamados a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad.» El abrazo de Francisco de Asís al leproso transformó a los dos. El enfermo vio confirmada su dignidad y Francisco vio transformado su corazón. La distancia crea problemas de conciencia y suscita actitudes de inhibición. Cuando existe contacto de piel a piel, cuando la persona pobre tiene un nombre y una historia, el rechazo se hace añicos y surge la presencia del amor. Las comunidades cristianas tienen una tarea y un compromiso ineludible porque el Evangelio solo se puede vivir desde el corazón del pobre. Una Jornada Mundial para pensar a fondo y el resto del año para llevarla a la práctica.