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¿Cómo hacer resurgir a las comunidades cristianas o a las congregaciones religiosas que, en nuestro mundo occidental, parecen languidecer a marchas forzadas? El esplendor del pasado es mero recuerdo. La grandeza de una época pierde su tamaño en el espejo retrovisor. Los cantos y laureles del Domingo de Ramos reducen su eco en los repliegues de la memoria. El futuro, tras fases de pasión y muerte, es la tumba vacía. Frente a ella, brota el vértigo de la nada. Los liderazgos se desdibujan. Los discípulos se dispersan. Los tiempos de gloria, de la multiplicación de los panes, de los milagros, de las multitudes… quedan tan atrás. Hay quien sueña en recuperarlos, pero no hay nada que hacer. Algunos se agarran a las formas como si la vida estuviera en ellas. Sombras, solo sombras. El futuro es nuevo. El futuro es distinto. El futuro es imprevisible. Se trata de bajar la guardia o de mantener el tipo, la convicción y la fe en unos parámetros que no dependen de nosotros. 

Primero, la cruz. El imperio de la cristiandad se agrieta por doquier. El recurso de apedazarla permite prolongarla por un tiempo, pero no la exime de su pasión y muerte. La Iglesia de Constantino ha escrito muchas páginas de gloria, pero se ha alejado del perfume del Evangelio. Si no se pierde todo, no se puede ganar todo. La seguridad no puede residir en la consistencia de la barca, sino en la presencia de Jesús en ella. ¡Cuesta tanto ver la vida desde esta óptica! Tenemos demasiado inoculados los virus de la mundanidad espiritual. Éxito, reconocimiento, poder, prestigio, dinero… La cruz habla de fracaso, fragilidad, pobreza, menosprecio… Un dilema que no admite medias tintas.

Segundo, la tumba vacía. Cuando las mujeres y los discípulos quieren llorar la muerte de Jesús, acuden a la tumba. Para su sorpresa mayúscula, la encuentran sin el cuerpo del crucificado. El vacío genera horror, deseos de rellenarlo de cualquier cosa o, también, nos abre a un cielo nuevo y a una tierra nueva. La tentación de las comunidades cristianas, de las congregaciones religiosas, consiste en no saber interpretar los signos. Nadie se ha llevado a Jesús, es él quien quiere llevarnos a una dimensión nueva. Vivir el vacío, afrontarlo de manera creativa, es un paso inevitable. Las tentaciones acechan porque se puede generar frustración y desesperanza. Se trata de una llamada a un cambio sustancial.

Tercero, la vida nueva de la resurrección. Ya nada es como antes. La presencia del Resucitado dará vigor a unos discípulos que se escondieron en las horas difíciles, que temieron a las autoridades injustas, que temblaron ante la insinuación de su origen galileo. Llevar el signo de Jesús les podía conducir a la cruz. Ahora, la cruz les proporciona la fuerza de anunciar el Reino de Dios con humildad, pero sin complejos. Tiempo del Espíritu. Son los signos de la resurrección. Las comunidades cristianas, las congregaciones religiosas, entienden por fin que el discípulo no es más que su maestro. Con humildad. Sin complejos.