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El papa Francisco recibió el 28 de enero en la sala Clementina a los participantes en la plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Habían reflexionado sobre el tema de la fidelidad y de los abandonos. En su discurso, afirmó: «Estamos ante una “hemorragia” que debilita la vida consagrada y la vida misma de la Iglesia. Los abandonos dentro de la vida consagrada nos preocupan.» Esta situación no es exclusiva de la vida religiosa. Está presente en los fondos antropológicos de la persona. La vida matrimonial, en su ámbito propio, presenta una problemática similar. No sirve de consuelo, sino de contextualización. ¿Cómo hacer frente a esta hemorragia de la vida consagrada? El relato evangélico de la mujer hemorroísa, como símbolo de la vida religiosa, nos puede proporcionar unas pautas de sanación (Mc 5,25-34).

Primero, una enfermedad casi incurable. Padece la hemorragia desde hace doce años. Gasta todo lo que tiene para curarse. Se pone en manos de muchos médicos y expertos, pero el flujo de sangre no se detiene. El resultado no puede ser más decepcionante: ninguna mejora. Más aún, va de mal en peor. Planes estratégicos, programas de formación, atención psicológica, intentos continuos e infructuosos… no consiguen detener la hemorragia. La vida religiosa experimenta su impotencia ante el problema. El goteo del abandono sigue de manera inexorable. Se llega a pensar que no hay nada que hacer, sino esperar que se detenga por sí solo. El sufrimiento parece crónico, como la misma hemorragia.

Segundo, la sanación a través del contacto. Había oído hablar de Jesús. Llega a pensar que si entra en contacto con él, aunque sea rozándole el vestido, será suficiente para curarse. En medio de la multitud, por detrás, le toca el manto. La hemorragia se detiene en seco y experimenta dentro de sí la curación del mal que le atormenta. La vida religiosa, como la hemorroísa, no tiene otro camino que el contacto con Jesús. Las crisis que ponen en cuestión la fidelidad, el virus de la mundanidad espiritual, la secularización nociva que arruina la fe… provocan continuas hemorragias. Sin el contacto con Jesús se imposibilita la mejora. Con la pérdida de la sangre, la vida se escapa por vericuetos sin sentido.

Tercero, la fuerza de la fe. Jesús provoca una situación incómoda. Quiere saber quién le ha tocado. Apretujado por la multitud, parece una pregunta fuera de lugar. Jesús quiere culminar la curación, no solo física sino también espiritual. La vida religiosa, como la hemorroísa, al prosternarse adopta una actitud de adoración y le explica toda la verdad de sí misma. Las palabras de Jesús son liberadoras: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada del mal que te atormentaba.» La fe es el antídoto contra los abandonos. Sin fe, la hemorragia no se detiene. Sin fe, los votos son caricaturas sin alma o transgresiones sin culpa. Sin fe, la vida comunitaria en fraternidad es mera convivencia y la misión se reduce a tarea.