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Se ha acabado el período navideño y el quehacer vuelve al ritmo cotidiano. Una mirada atenta a lo sucedido permite confirmar la tendencia. La fiesta de Navidad conmemora el nacimiento de Jesús. Su contenido es profundamente religioso. Su mensaje, humano y universal. En torno a esta festividad, se vinculan tradiciones tales como pesebres, villancicos, adornos, regalos, tió, luces… La nueva estrategia, diseñada hace unas décadas, no busca un enfrentamiento rupturista, sino conservar el envase vaciándolo de su contenido. El cambio es sutil y efectivo. Romperlo es demasiado agresivo. En nuestros ambientes, la mentalidad iconoclasta, todavía muy viva en el yihadismo, despertaría rechazo. Por tanto, adhesiones demasiado explícitas. 

Romper las tradiciones comportaría lesionar intereses económicos y sociales que viven a su costa. La oposición sería frontal. Sucedió hace años cuando un gobierno se sacó de la manga la fiesta de la Constitución con el intento de eliminar al carácter festivo de la Inmaculada. El método era la sustitución directa. El fuerte rechazo social consiguió mantener el día 8 de diciembre como festivo, pero los gobernantes, para evitar ser considerados como perdedores, mantuvieron festivo el día 6. El disparate que estamos viviendo desde entonces es espectacular. No existe puente laboral más codiciado en el mundo. Este año va a conseguir su máxima expresión. 

Hoy se mantiene el objetivo, pero se afinan los métodos. Se trata de conservar el envase sin cuestionarlo, pero vaciando su contenido. Se deja sin nada o se sustituye por otro. El vacío o las nuevas propuestas tienen, normalmente, poca entidad. Si se pierde el sentido de la fiesta resulta prácticamente imposible encontrarle profundidad. Todo queda en la superficie. Todo cristaliza en una mueca teatral. Lamentablemente, ciertos colectivos de maestros y profesores colaboran en estas tareas. Negar lo tradicional, pero entusiasmar a los alumnos con el Halloween. Los paisajes nevados sustituyen a los pesebres. La fiesta de Navidad se reduce al solsticio de invierno. Músicas diversas anulan los villancicos, que parecen secuestrados del panorama musical. Las luces este año en Barcelona parecían condenadas a la oscuridad, pero se han encendido por concesión. El colorido y la alegría deben desvincularse de la Navidad, que solo desean mantener por intereses comerciales. En la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona, ocurrió algo parecido. La ceremonia que da sentido a la fiesta fue excluida de un programa cargado con centenares de actos, la inmensa mayoría de los cuales meramente lúdicos. Pequeñas muestras de grandes transformaciones. Con el tiempo, el envase sin contenido no interesa, como tampoco se conserva un móvil sin batería. 

Oponerse a estas tendencias exige no supeditarse a lo políticamente correcto, tarea nada fácil incluso para cristianos inmersos en este tipo de ambientes. El precio: lucidez y valentía.