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Fue el miércoles 18 de septiembre pasado. “Se había acumulado mucho polvo, la Iglesia estaba demasiado cerrada –dicen que dijo Juan XXIII– y el Concilio Vaticano II abrió ventanas y permitió que entrara aire fresco” Escribió así mi buen amigo Joan Tapia en “El Periódico de Catalunya”, y añadió que, cuando Jordi Pujol pronunció la frase, un silencio expectante imperó en la Llibreria Claretiana de Barcelona. Pujol tuvo la amabilidad de presentar, junto a Josep Maria Carbonell, Pipo, presidente de la Fundación Joan Maragall y figura muy destacada en el PSC, que impulsaron Joaquim Nadal y Pasqual Maragall a finales del pujolismo, mi libro sobre “Los cristianos, ¿en la sacristía o tras la pancarta”. (PPC, Madrid 2013)

Siguió Pujol: “Hubo una gran ilusión cuando el Concilio continuó –pese a las presiones que dicen que hubo para interrumpirlo– tras la muerte de Roncalli y la elección del cardenal Montini, el arzobispo de Milán, que adoptaría el nombre de Pablo VI. Pero cuando se abren las ventanas de una sala y entra mucho aire, los papeles vuelan y quedan desparramados por el suelo. Alguien tiene que recogerlos y ordenarlos –es así– y muchas veces cuesta y no acaba de salir bien. Y el Concilio también fue un gran parlamento que generó pactos y divisiones. Grandes. También había que rehacer la unidad. Quizás no se ha hecho del todo bien y se ha generado insatisfacción” Hasta aquí Pujol.

En las conversaciones posteriores, escribe Joan Tapia, “me sorprendió la intensidad del neo optimismo del catolicismo abierto. Carbonell abrió fuego diciendo que se identificaba con una frase de Pujol: “Soldado fiel del derrotado ejército de Montini” (Es una frase textual del primer libro de las Memorias de Pujol). Y subrayó Carbonell: “que hoy vuelve a respirar”. Pero, se pregunta Tapia, “¿Cuándo perdió el ejército de Montini? ¿Con Wojtyla? ¿Con Ratzinger?. No. Con “Humanae Vitae”, respondió un mosén en la sala. En mi opinión Pablo VI se equivocó rotundamente con “Humanae Vitae”. Pero sería una grave injusticia limitar la figura de Pablo VI a “Humanae Vitae”

Montini siendo Arzobispo de Milán pidió la gracia para los anarquistas Grimau, Granados y Salgado en 1963 y, ya Papa, para los tres militantes del FRAP, Baena, Sánchez Bravo y García Sanz, y dos militantes de ETA político militar, Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegui en Septiembre de 1975. Franco no le hizo y los mandó ejecutar. Tampoco la Brigadas Rojas acogieron su súplica y ejecutaron a Aldo Moro, amigo personal de Montini, en 1978. En medio, al inicio de su pontificado, Pablo VI escribió la gran encíclica del diálogo “Ecclesiam Suam”, hoy olvidada. La encíclica y el diálogo.

Los cambios de la estrategia del pontificado de Pablo VI para con el régimen de Franco se hicieron sentir pronto. Pablo VI, en abril de 1968, pidió a Franco la renuncia al privilegio de presentación de obispos, sin contrapartida alguna. Ante su negativa la Santa Sede endureció su postura y procedió a una lenta pero efectiva renovación del episcopado. Nombró a Enrique y Tarancón para el arzobispado de Toledo, en vez de Casimiro Morcillo, favorito del Gobierno. Tras el fallecimiento de Morcillo (mayo de 1971), Tarancón pasó a Madrid y, sobre todo, unos meses después fuese elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Entre 1964 y 1974 se nombraron 53 nuevos obispos, la mayoría auxiliares, para los que no existía el privilegio de presentación. La muerte de algunos de los mayores más vinculados con el régimen (Pla y Deniel, Eijo y Garay…) favoreció la renovación. Así hubo obispos menos afectos al régimen de Franco. En el País Vasco recordamos, entre otros, a Setién y Uriarte, después tantas veces ultrajados por la actual derechona española.

Este domingo por la mañana, en una ceremonia sobria, Francisco ha canonizado a Juan XXIII y Juan Pablo II. Entre los dos, tras los 33 días de Juan Pablo I, el papado estuvo en manos de Pablo VI. En 1993 se inició la causa de su beatificación. Durará tanto o más que la de Newman. Era un intelectual y ya casi nadie se acuerda. Pero sí los seguidores del empeño de Montini, y del primer Pablo VI, por el diálogo con el mundo. Dicen que su final fue una pesadilla emocional para el buen papa Montini. Pablo VI, al final de su pontificado, en parte dolorido por la malísima acogida de "Humanae Vitae", en parte fruto de su hamletiano carácter de intelectual dubitativo, comenzó a cerrar algunas puertas. Juan Pablo II las cerró del todo y la minoría episcopal y cardenalicia del Vaticano II se hizo mayoría en la cúpula eclesial. Fue la guerra fría entre la Iglesia y el mundo, tenido por intrínsecamente malvado. El papa Benedicto abrió, levemente, algunas ventanas. Y con su renuncia permitió la elección de Francisco quien, siendo él mismo un vendaval, las tiene (casi) todas abiertas. Los montinianos, volvemos a respirar, como apuntaba Carbonell.